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Peñón de Peñarroya (777 m)

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Joseba Astola Fernandez
Fecha Alta
09/04/2016
Modificado
18/04/2016

Es una visión extraña, curiosa. Una especie de triángulo brillante levitando en el cielo. En medio una franja oscura, sin iluminar, que la separa de las luces nocturnas de Peñarroya. No hay castillo, fortaleza ni monumento alguno que alumbrar. Se trata, nada más y nada menos, que del remate cuarcítico del Peñón de Peñarroya, al que varios focos, potentes y controvertidos, apuntan cada noche con su chorro de luz, haciendo que la montaña flote en el cielo oscuro del Alto Guadiato.

Parte inseparable de un mismo decorado, el Peñón y Peñarroya, Peñarroya y su Peñón. Un peñón no muy grande, a pesar del aumentativo de su nombre, auténtico símbolo del pueblo por el que vela, cuya ubicación delata desde la lejanía.  Un Peñón morada de gentes en tiempos prehistóricos, como así lo atestiguan las pinturas rupestres que cobija en la cueva de Abrigo Carmelo (o de la Virgen), pertenecientes al periodo Calcolítico (hace unos 4.000 años). Un Peñón testigo a su vez de tristes acontecimientos y emotivas historias en el último año de la Guerra Cívil, periodo del que guarda vestigios, como un nido de ametralladoras bien conservado en la cumbre, con techumbre de hormigón y doble ventana. O como la gran cruz que preside la cima, controvertida y polémica hasta nuestros días, la cual esconde en sus cimientos una historia tan sencilla como sorprendente, que conviene situar en un contexto socio histórico muy concreto.

Sería además imperdonable e incompleto abandonar Peñarroya-Pueblonuevo sin conocer lo que queda de su historia más reciente, el pasado minero e industrial al que la Ciudad está tan ligado como a su propio Peñón (basta con ver el escudo de la localidad). El corto circuito-ascensión que se propone invita a perderse antes o después entre los impresionantes restos arquitectónicos del recinto conocido como Cerco Industrial, conjunto de decadentes ruinas de un complejo que pasó de escribir las más brillantes líneas de una  pujante historia de porvenir,  a observar, en la actualidad, la precaria situación sociolaboral de una población que conoció mejores tiempos.

Circuito-ascensión al Peñón de Peñarroya

Aunque la Ciudad de Peñarroya-Pueblonuevo es un solo núcleo desde que se unieran ambas villas en 1927, la carretera N-432 separa Peñarroya (al N, al amparo del Peñón) de Pueblonuevo (al S).

Iniciamos la ascensión desde el edificio de la Fuente de La Poza, que se encuentra al oeste de Peñarroya, a las afueras del núcleo habitado. Podemos aparcar junto a la fuente o, incluso, un centenar de metros más arriba, junto a la anchísima pista. Vamos a alcanzar la cumbre por la vertiente suroccidental, realizando el posterior descenso por la umbría de la peña y la cara E, para localizar las cuevas por unas veredas claras, pero no señalizadas.

Algo más arriba de La Poza cruzamos la rambla (canalizada en hormigón) y pasamos junto a unos eucaliptos y dos tinajas gigantescas. Encontramos entonces una construcción con la techumbre cilíndrica, a la izquierda de la cual parte una ancha y pedregosa pista que asciende entre el profundo aroma de las jaras que la rodean. Aunque esta nos llevaría hasta la suave loma que vemos a poniente del Peñón (donde se encuentra una pantalla-repetidor), resulta mucho más interesante abandonarla, cuando pasamos junto a unas afloraciones rocosas a la derecha, para caminar monte a través, entre olivos dispersos y una gran variedad de flores (cantueso, jaguarzo, jara…) si nos encontramos en primavera. Perdemos unos metros de desnivel para cruzar la vaguada que nos separa del Peñón por su cauce seco, y seguido, ascendemos para dar con un camino que nos va a llevar hasta la cima.

Otra opción para alcanzar este punto es tomar una tímida veredilla que parte justo detrás del edificio de techo cilíndrico y transcurre cercana a la citada vaguada para ascender después hasta dar con el camino que se dirige a la peña. Ambas rutas convergen, además de presentar una orientación sencilla y bastante evidente.

Alcanzado el camino que se dirige al Peñón, y a medida que se va estrechando y convirtiéndose en senda, pasamos bajo los cables y los potentes focos que iluminan la parte rocosa de la montaña cada noche. Poco a poco nos vamos acercando a la roca y a la cruz, hasta que una senda nos invita a alcanzarla fácilmente, entre las rocas. Si el día es nítido, divisaremos en la lejanía el sector donde se encuentra el Tentudía (techo de Badajoz). No obstante, nos encontramos muy cerca de la provincia extremeña. Destacan también los cerros de la Sierra Morena cordobesa, el Valle del Guadiato, con la cónica figura del peñón donde se asienta el castillo de Belmez, la sierra de Espiel (escuela de escalada) y, cercana a esta, los llamativos relieves de Peñaladrones, La Chimorra… Para descubrir Peñarroya-Pueblonuevo en toda su magnitud deberemos merodear algunos metros por las peñas.

Afrontamos el descenso por la cara norte y este de la peña, bajo sus paredes, que en algunos puntos superan los cincuenta metros de altura. Para ello, dirigimos nuestros pasos a la cercana y visible loma de hierba situada al N de nuestra rocosa posición, visitando previamente el nido de ametralladoras. Enseguida descubrimos una marcada senda que comienza a descender, mientras va bordeando la peña justo por su base. Variada y abundante vegetación nos rodea, incluido el límite de un olivar que hasta aquí llega. Descendiendo plácidamente por la clara vereda, permaneceremos atentos para localizar una marcada senda que se dirige en ascenso hacia la pared. Alcanzamos así la primera de las cuevas, la de la Botella, que invita a ser visitada si se cuenta con los medios oportunos.

Volviendo a la senda principal, algo más abajo, otra senda también muy evidente nos deja en breve frente a los barrotes que protegen la concavidad del Abrigo de Carmelo o de la Virgen. Este lugar se encuentra protegido desde que fuera declarado BIC en 1985. Sin embargo, encontramos sorpresivamente la puerta abierta, lo cual nos permite contemplar alguna de las muestras de pintura rupestre, además de una pequeña foto de la Virgen. Descubrimos, en el techo, la muestra que mejor se conserva y que, al parecer, representa figuras esquemáticas animalísticas y antropomorfas. La fragilidad y fácil accesibilidad de las pinturas, además de los numerosos "graffittis" aquí y allá, hacen necesaria una adecuada restauración y conservación, que parece que se va a llevar a cabo en breve, con el cerrado definitivo de la valla.

Terminamos el recorrido retomando la vereda, la cual, tras pasar por debajo del cable y los focos de iluminación, atraviesa un olivar y termina en un ancho camino de reciente construcción, desembocando en este junto a una arqueta y un corto  tramo de pista, ambos hormigonados. Desechando el camino, que parece llevar al pueblo, y evitando los vallados que cierran fincas privadas, la fácil orientación (hemos pasado a escasos metros en la subida) y un terreno que no opone resistencia, nos hacen perder altitud para alcanzar enseguida la vaguada y el cercano edificio cilíndrico del comienzo.

La curiosa historia de la cruz del Peñón

Durante el año 1939, estando Peñarroya-Pueblonuevo bajo el control del bando franquista, el Peñón fue testigo de duros combates entre sublevados y republicanos. Cinco años después, concretamente el 3 de mayo de 1944, se erigía en su cumbre una cruz de, aproximadamente, cinco metros de altura, a la que se añadió en dos de sus costados unas placas con la inscripción “Justi in perpetuum vivent” (Los justos vivirán para siempre).

Es fácil caer en la suposición, pues, de que se trata de una cruz levantada en honor a los caídos por el bando afín al caudillo, como otras tantas a lo largo y ancho de la geografía peninsular. Pero, al parecer, no es así. Esta polémica controversia ha llegado hasta nuestros días, difundiéndose incluso el rumor de que dicho símbolo iba a ser derribado, en virtud de la nueva Ley de Memoria Histórica por la que todos aquellos símbolos que conmemoran la exaltación de la sublevación militar, la Guerra Civil o la dictadura deben ser retirados. La polémica ha llegado incluso al escudo de la Ciudad de Peñarroya-Pueblonuevo, en el que, junto a la pala y el pico, símbolo de la actividad minera tan ligada a la población, aparece el Peñón, coronado por la cruz a veces, lo cual es motivo de discusión.

La verdadera historia de la cruz pertenece a Augusto Cabrera Lasala, un carpintero peñarriblense que un buen día decidió erigirla. Este hombre se había quejado al ayuntamiento de que, en el almacén del pueblo, le habían cobrado mayor cantidad que la estipulada oficialmente por el cemento que había adquirido para construirse una casa. Finalmente, optó por invertir el dinero que se le había entregado en concepto de indemnización en la construcción de la cruz, ascendiendo él mismo todo el material hasta la cima, acompañado por dos albañiles,  en una camioneta sin frenos. En la construcción de la cruz fueron utilizados, incluso, restos óseos diseminados por la zona desde la contienda.

Recogemos aquí un fragmento del libro de memorias escrito para la familia por su hijo, Augusto Cabrera López, y dado a conocer por su nieto, Eduardo Cabrera Blázquez.

“… Augusto Cabrera Lasala, que no disponía de tanto dinero, pero volaba más alto, se le adelantó, construyendo con sus propias manos una gran cruz de perfiles de hierro en “U”, soldados y rellenos de hormigón, con una peana de tres escalones, en donde se podría leer en placas de fundición “Justi in perpetuum vivent” y la montó en el vértice geodésico de toda la comarca donde se celebraron los mayores combates, más alta aún que el bunker que hacía de observatorio y nido de ametralladoras.

Y declaró en la Plaza Pública que aquella Cruz tenía dos brazos, a derecha y a izquierda y que era de todos, rojos y azules y que él no era capaz de distinguir a quien pertenecían los restos humanos con que había rellenado la cimentación.

Los rojos le mandaron recado, de que en cuanto la terminara lo colgarían del brazo izquierdo y el famoso Jefe de Policía pretendió detenerlo y prohibir su construcción…”

El impresionante Cerco industrial de Peñarroya-Pueblonuevo

Cuentan que, antes de que ambas villas se unieran, un perro llamado “Terrible” encontró, junto a su dueño, las primeras vetas de carbón que posteriormente dieran tanta fama y riqueza al pueblo. De aquel animal tomó el nombre la nueva población surgida al amparo de las minas: Pueblonuevo del Terrible.

A finales del siglo XIX la empresa francesa SMMP (Sociedad Minero-metalúrgica de Peñarroya) se instala en la comarca. Los ricos yacimientos de hulla y plomo, junto a la idónea ubicación del pueblo para recoger y transportar el mineral procedente de otras partes de Ciudad Real y Córdoba, son el motor que originan el levantamiento del Cerco, un importante y descomunal complejo industrial que llegó a contar con central térmica, fundiciones, papelera, hornos, fábrica de yute, industrias químicas y una buena red de ferrocarriles mineros y comerciales…

En el primer cuarto del siglo XX el Cerco se convierte en el principal núcleo minero-fabril de toda la península y uno de los más importantes de Europa, siendo la de los años veinte la década de mayor auge. Peñarroya y Pueblonuevo se unen en un solo municipio, mientras gentes provenientes de los más diversos lugares (incluso desde Italia y Portugal) llegan a la zona en busca de trabajo, multiplicando la población por cuatro en apenas veinte años (de los 7.000 habitantes de 1920 se pasó a 30.000 en 1940).

Sin embargo, en la segunda mitad del siglo comienza  un paulatino deterioro del tejido industrial. Los franceses se retiran en los años 60, vendiendo el complejo a una empresa que se dedica únicamente a desguazar las mayores estructuras metálicas y la maquinaria para llevarlas a otras zonas de la península.

El declive imparable, del que solo sobreviven algunas explotaciones mineras, moviliza a los mineros en 1999, en la histórica “Marcha Negra”, de la que se obtienen algunas reivindicaciones. Pero la historia minera cordobesa tiene su triste final en el 2010, año en que se cierra el último yacimiento de carbón, dejando en herencia a los 11.000 habitantes con que cuenta actualmente la Ciudad del Valle del Guadiato un futuro realmente incierto.

El Cerco es hoy en día un impresionante esqueleto de lo que fue, aunque se han acometido en los últimos años trabajos de restauración ambiental (las vías de ferrocarril han sido convertidas en vías verdes). El paseo por las instalaciones y oscuros descampados encoge el alma, como si una devastación nuclear hubiera tenido lugar. Sobreviven a duras penas algunas de las altas chimeneas que funcionaron a pleno rendimiento hace ya mucho tiempo, mientras que otros edificios de interesante estilo arquitectónico industrial se desmoronan a merced de los vientos.

Se mantiene en Pueblonuevo el llamado Barrio Francés, en cuyas casas ajardinadas de estilo neoclásico (hoy muy transformadas, salvo honrosas excepciones que han mantenido los patrones arquitectónicos de antaño) se instalaron los mandatarios de la empresa, estableciendo una especie de apartheid con el pueblo obrero. Se construyó además un hermoso jardín que perdura para disfrute de los vecinos, así como  otros edificios, como la sede administrativa de la SMMP (convertida hoy en día en residencia de mayores) o el hospital (actual centro de salud). El mismo Eiffel dejó su impronta en el edificio de La Papelera, recuperado y reconvertido hoy en museo geológico-minero y sede de la Mancomunidad Valle del Guadiato.

 

Acceso: La Poza (40´)  (Menos de dos horas la vuelta completa)

 

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Comentarios

  • item-iconJoseba Astola Fernandez
    El 9 de abril de 2016

    (lacruzdetodos.droppages.com). Un interesante rincón de internet donde Eduardo Cabrera Blázquez comparte textos autobiográficos escritos por su padre para la familia acerca de la construcción de la cruz por parte del abuelo, además de otros documentos más recientes donde se desmienten algunas afirmaciones de índole política y se pretende zanjar definitivamente la polémica en torno a la cruz. Acompaña los textos con preciosas fotos más y menos antiguas.