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Arabí (1.065 m)

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Luis Astola Fernández
arrow-iconFecha Alta
09/01/2017
arrow-iconModificado
13/01/2017

El Arabí (1065 m) es uno de los enclaves más emblemáticos de la Región de Murcia. Montaña atractiva desde el punto de vista geológico y paisajístico, importante por sus notables valores ecológicos y ambientales, extraordinaria atendiendo a sus aspectos arqueológicos, históricos o artísticos, e impregnada además de una buena ración de enigmas, misterios y curiosidades, cualidades que la convierten sin duda en un interesantísimo destino montañero, cultural y lúdico para toda la familia.

Se trata de un pequeño macizo aislado en el extremo más septentrional de la región de Murcia, en la comarca del Altiplano, donde el paisaje empieza a contagiarse de la inmensa horizontalidad (a veces engañosa) que caracteriza a las llanuras manchegas; de hecho, el Arabí se sitúa en el término municipal murciano de Yecla, pero lindante con el albaceteño de Montealegre del Castillo. Desde el punto de vista ambiental, el Arabí es un auténtico milagro vegetal en un territorio reseco, expuesto a todos los vientos y calcinado por el implacable sol de la estepa murciana; un islote verde cubierto de una densa masa forestal de pino carrasco y coscoja, que emerge de una llanura ocupada por los tradicionales cultivos mediterráneos de secano: cereales, almendros, olivos y, fundamentalmente, viñedos de la variedad Monastrell, que producen los recios caldos de la D.O.Yecla y una buena parte de la D.O.Jumilla.

El Monte Arabí, Patrimonio de la Humanidad y Monumento Natural

Además de una montaña airosa y de perfiles agradables, el Arabí es un extraordinario enclave arqueológico que conserva huellas de las gentes que lo habitaron hace 10.000 años, durante el periodo Mesolítico; las pinturas rupestres de los abrigos rocosos del Canto de la Visera I y II y del Abrigo del Mediodía la inscriben dentro de la declaración como Patrimonio de la Humanidad por parte de la UNESCO de todas las manifestaciones de arte rupestre levantino, otorgada en 1998. En el cercano cerro del Arabilejo (912 m) se conservan también algunos restos de un poblado fechado en la edad de Bronce (2000 A.N.E.); resultan especialmente interesantes, y enigmáticos respecto a su finalidad, los abundantes petroglifos grabados en las losas de piedra de la vertiente meridional del Arabilejo.

Pero, probablemente, la mayor singularidad del Arabí tiene que ver con aspectos geológicos, que han propiciado, junto con el resto de valores naturales, culturales, históricos y etnográficos que presenta, su reciente declaración por parte de la Comunidad Autónoma de la Región de Murcia como Espacio Natural Protegido con la categoría de Monumento Natural (Decreto nº 13/2016, de 2 de marzo); esta figura sitúa al Arabí al mismo nivel que lugares tan emblemáticos y espectaculares como el Complejo kárstico de Ojo Guareña (Burgos), la Playa de las Catedrales (Lugo), el Roque Nublo (Gran Canaria), la Ciudad Encantada (Cuenca), las Médulas (León), el Desfiladero de las Xanas (Asturias) o los Glaciares del Pirineo Aragonés (Huesca). El propio decreto justifica esta protección, que afecta a casi 600 ha de superficie del Monte Arabí, en los siguientes términos:

"Los valores naturales más destacables del Arabí son las importantes y singulares formaciones geológicas forjadas por la meteorización física y química. El resultado es un modelado alveolar característico en nido de abeja. Además de un modelado kárstico, conformando lapiaces, simas y grutas, como la Cueva del Tesoro y la Cueva de la Horadada. También es de destacar la presencia de una gran diversidad de fauna marina fósil, compuesta de dientes de tiburón, equinodermos, braquiópodos y bivalvos. Además, son características las biocalcarenitas con intercalaciones de cuarzo hematoideo (cuarzo rojo), también denominado jacinto de Compostela."

Al margen de declaraciones y de reconocimientos oficiales, el Arabí es un monte encantador; algunos espíritus especialmente sensitivos pretenden que también es un monte encantado. Quizás sea preferible apelar al rigor científico, a la humana capacidad de asombro y admiración hacia las maravillas naturales y telúricas, y al propio escalofrío que es capaz de generar cualquier manifestación de la belleza (y este remoto rincón está repleto de ese tipo de encantos), antes que lanzarse a navegar por el oscuro y proceloso océano de los fenómenos paranormales, mágicos o esotéricos para interpretar las sensaciones especiales que es capaz de despertar el Arabí en cualquier persona abierta a la percepción de la belleza.

Desde la Casa del Guarda del Arabí

Para alcanzar el inicio de la ruta, que se sitúa en el aparcamiento cercano a la Casa del Guarda del Arabí, hay que seguir desde Yecla la carretera MU-18-A, en dirección a Montealegre del Castillo, hasta rebasar el hito kilométrico 14, donde se toma a la izquierda un ramal señalizado con un gran panel "Monte Arabí. Arte Rupestre Levantino"; hay que circular durante 5,7 km por este estrecho carril pavimentado, entre campos de cereales, viñedos y barbechos, con la solitaria silueta del Arabí siempre a la vista, hasta los blancos edificios de la Casa de Don Lucio. Una discreta chapa metálica, con una lacónica inscripción "Monte Arabí", marca el inicio a la derecha de una polvorienta pista agrícola que, entre jóvenes viñedos y olivares tratados con mimo (hemos visto recolectar la aceituna a mano, una por una, como si fuesen cerezas o cualquier otra fruta delicada), recorre aún 2,5 km hasta alcanzar el aparcamiento de la Casa del Guarda.

Alternativamente, es posible tomar en Yecla la carretera MU-404 en dirección a Fuente-Álamo, más estrecha y en peor estado que la anterior, que tras algo más de 15 km encuentra a la derecha un panel "Monte Arabí. Arte Rupestre Levantino", similar al reseñado más arriba; la CRA-11 "Traviesa del Arabí", que es la misma cinta asfaltada procedente de la MU-18-A, utilizada en sentido contrario, conduce en 1,3 km a la finca "Casa de Don Lucio", donde enlazamos con la descripción anterior del itinerario al aparcamiento de la Casa del Guarda.

Junto al desleído panel que informa someramente sobre el espacio que vamos a visitar (820 m), una barrera corta el acceso rodado por la pista que, en tres minutos, nos coloca junto al Pino de la Casa del Guarda del Arabí, un monumental pino carrasco (Pinus halepensis) de 3,34 m de perímetro, declarado árbol singular; hay algunas mesas instaladas bajo la casa, al amparo de grandes estructuras destinadas a protegerlas del implacable sol murciano.

Junto al panel del sendero PR-MU 91 "Sendero circular Arabí" situado tras el edificio, que utilizaremos parcialmente en el descenso de la cima, continúa (N) una pista de tierra sin señalizar, que enseguida tropieza con una balsa artificial (Proyecto anfibio) y cambia de dirección al W, para encontrar una segunda alberca destinada a favorecer la cría y propagación de los potenciales anfibios de este espacio natural (Sapo partero, Sapo de espuelas, Sapo corredor, Sapo común, Sapillo moteado, Rana común).

Junto a este último estanque, abandonamos la pista por un descarnado camino ascendente a la derecha (NW), que se introduce en la rala foresta que tapiza esta vertiente de la montaña; el camino asciende suavemente y sin posibilidad de pérdida entre el pinar de carrasco, que cobija un sotobosque de coscoja, romero, enebro y grandes macollas de esparto (Stipa tenacissima), una gramínea utilizada antaño para la confección de numerosos útiles agrícolas (cestas, serones, cuerdas, redes, alpargatas...). Una vez rebasado el canto de la cresta que desciende desde la cumbre, el camino sube por la tendida cuesta occidental hasta coronar la despejada y rocosa cima del Arabí (1065 m), marcada por el pilón geodésico y cortada a tajo sobre la vertiente oriental.

Un buen palco desde donde identificar nuestros próximos objetivos a pie de monte y otear el horizonte bajo el tibio sol de diciembre.

La fascinante Cueva de la Horadada

La arista septentrional está recorrida por un fresco sendero, que desciende entre los pinos que consiguen medrar sobre la dura roca, apenas revestida por un delgado manto de tierra. Prestando atención en algunos puntos algo confusos, los hitos permiten seguir sin excesivas dificultades la traza que, tras recorrer la cresta hacia el norte, acabará girando repentinamente para transitar a media altura por la ladera oriental de la montaña. Vendrá bien un poco de intuición para elegir, en una zona donde los árboles ralean y afloran grandes placas de roca viva, el sendero que nos aproxime sin perder altura a uno de los puntos que pondrá a prueba nuestra capacidad de asombro: en el centro de una desnuda plataforma caliza un solitario pino hace equilibrios junto a una enorme boca abierta directamente en el suelo de roca. Resulta inevitable acercarse con precaución al borde y, salvando el vértigo, asomarse al agujero, para descubrir desde su rota cúpula el inmenso vacío extraplomado de la Cueva de la Horadada; el lugar es sobrecogedor.

Salvado el sobresalto inicial, la ventana nos desvela una voluminosa sala que recuerda una gran tinaja de paredes abombadas y tonos ocres y grises, iluminada por el sol de mediodía que se cuela por el amplio portal abierto al fondo. Urge bajar por el sendero que se desliza al sur y descolgarse a la izquierda por una trocha abrupta que, tras ignorar una oquedad que, dadas las circunstancias, se antoja casi vulgar, va en busca del prodigio anticipado desde el agujero de la bóveda. El prodigio, en efecto, existe y su espectacularidad supera todas las expectativas, por lo que prefiero ahorrar calificativos para no quedarme corto en la descripción. El enclave es, sencillamente, fascinante y sublime; espero que tengas la fortuna de visitarlo en soledad o en compañía de personas que, como tú, sepan apreciar el silencio y la belleza.

El encantamiento, por desgracia, no es absoluto. Como ocurre en tantos lugares concurridos, las paredes de la Horadada aparecen profanadas por multitud de firmas cuyos autores, anónimos a pesar de todo, pretenden perpetuarse pregonando a los cuatro vientos su escasa cultura y nula sensibilidad. Es de esperar que el tiempo, y los mismos procesos erosivos, físicos y químicos, que han modelado esta maravilla natural y los caprichosos relieves alveolares que decoran sus muros, sean capaces de borrar este bochornoso muestrario de la estulticia humana.

Un paseo por la Prehistoria del Arabí

Al pie de la Cueva de la Horadada enlazamos con las marcas del PR-MU 91 "Sendero circular Arabí", que nos van a llevar de vuelta a la Casa del Guarda, pasando antes junto al yacimiento de los Cantos de la Visera y junto al campo de petroglifos del Arabilejo, dos de las manifestaciones de época prehistórica presentes en este espléndido espacio natural y cultural. Un recio y contundente cercado metálico, que habremos podido observar durante gran parte del recorrido, protege de posibles agresiones o expolios los abrigos que cobijan las muestras de arte rupestre levantino de los Cantos de la Visera; junto a representaciones de tipo naturalista (ciervos, toros, caballos, aves, cabras...) es posible observar figuras de tipo esquemático. Lamentablemente, la distancia entre el vallado y los abrigos impide visualizarlas, incluso utilizando prismáticos; las visitas guiadas, gestionadas a través del Museo Arqueológico de Yecla, se organizan a partir de un grupo mínimo de 15 personas, lo que en la práctica convierte la contemplación de las pinturas en un objetivo casi imposible para los visitantes ocasionales.

Con cierta frustración, ascendemos la escalinata que da continuidad al PR-MU 91 por el trazado recientemente modificado, que va circunvalando la espigada mole del Arabí en dirección al Arabilejo, evitando algunos tramos en proceso de regeneración forestal. Un panel junto al sendero, a los pies del cerro por su ladera SE, nos advierte de la existencia de los curiosos y enigmáticos petroglifos, ligados al poblado de la edad de Bronce (s.II A.N.E.) asentado cerca de la cima del Arabilejo.

Multitud de cazoletas, canalillos y grabados serpentiformes cubren la superficie de varias lajas de piedra caliza, creando sugerentes composiciones de las que se desconoce su auténtico significado y utilidad, aunque las teorías más plausibles parecen relacionarlas con ritos del agua y con la fertilidad de tierras y rebaños.

Desde el Arabilejo, la Casa del Guarda, inicio del PR, se alcanza en cinco minutos, y el aparcamiento cercano, en otros cinco. El recorrido total, pausado y contemplativo, de esta densa y extraordinaria ruta nos ha ocupado 3,30 h. Con más tiempo es posible desviarse del itinerario para conocer otros lugares igualmente interesantes, de toponimia sonora y sugerente: el Abrigo del Mediodía, la Cueva del Tesoro, el Pocico de la Buitrera, la Puerta de la Iglesia...; o perderse un poco entre la vegetación, fuera de los senderos, para intentar sorprender alguno de los muflones de Córcega (Ovis musimon) que campan en libertad por el Arabí, escapados hace unos cuantos años de algún coto cercano.

Acceso: Aparcamiento Casa del Guarda del Arabí (45 min)

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  • item-iconLuis Astola Fernández
    El 11 de enero de 2017

    Agradezco muchísimo el comentario, Fernando, y más viniendo de una persona que ama tanto la montaña como tú; alegra saber que alguien más se molesta en leer lo que escribimos y aprecia el esfuerzo que supone hacerlo; si lo que cuento te resulta, además, provechoso o entretenido, ¿qué más puedo pedir?. Un abrazo...

  • item-iconFernando Zabaleta
    El 11 de enero de 2017

    Luis, tus aportaciones a Mendikat, más que reseñas, son verdaderas lecciones magistrales. Sabes por donde te mueves y creas interés y curiosisdad  en todos tus comentarios. Contigo se puede aprender.