La historia de Eduardo Fernandez, el Maestrillo.
Estas montañas guardan para siempre la entrañable y emotiva historia de este hombre, Eduardo Fernandez, al que los cortijeros de estas remotos, ásperos y bellísimos parajes rebautizaron alguna vez con el mote del Maestrillo.
Eduardo luchó con los republicanos durante la Guerra Civil, pasando algunos años después encarcelado. Tras vivir en Barcelona, decidió volver al sur. Montado en una bicicleta, recorría los cortijos de la Sierra de Castril, enseñando a leer y a escribir a sus moradores y a los pastores de la sierra. Tiempo después cambió bici por burra, y se adentró en la inhóspita sierra, construyendo con sus propias manos una especie de cabaña donde decidió quedarse a vivir en la más absoluta tranquilidad. Una vez al mes, aproximadamente, bajaba a Castril a lomos de su animal, para comprar víveres con la escasa pensión de la que disponía.
Así, llegó una época en que los lugareños le echaban en falta. Cuando fueron a buscarle, le encontraron postrado en la cama de su cortijillo, muy enfermo. Aunque fue convencido para ingresar en un hospital de Granada, escapó del mismo en cuanto tuvo ocasión, regresando por su propio pie y con edad ya muy avanzada a la paz de su morada. Allí tenía preparado un socavón, habiendo expresado a los amigos que de vez en cuando le visitaban que era su deseo ser enterrado en él por la primera persona que encontrara su cuerpo.
Finalmente, y a la edad de noventa y seis años, falleció hace apenas veinte años en un hospital, encontrándose enterrado en el cementerio de Castril.
Lo poco que queda de las ruinas del cortijillo del Maestro pueden verse aún bajo la imponente montaña de Empanadas (2106 m), en un bonito paraje situado a unos mil quinientos metros de altitud impregnado por el mismo sosiego y paz que debía desprender aquel entrañable paisano.
Para mí fue muy emotivo este último día del 2021 poder charlar con el no menos afable morador del Cortijo del Nacimiento (antes de emprender la ascensión al Morro del Buitre), teniendo la suerte de toparme, por casualidad, con quien había sido uno de los lugareños que había aprendido a leer gracias al buen hacer de Eduardo.
Solo escuché palabras de amor, admiración y agradecimiento por parte de este hombre hacia el Maestrillo (como ellos le llamaban, me dijo). Eduardo bajaba con la burra y pasaba muchos días en los cortijos de la zona, recibiendo cobijo y alimento a cambio de sus enseñanzas y su siempre agradable compañía. A pesar de que (me indicó, con cierta ironía) "se quejara" de tener que beber ese agua de plástico (del grifo) y del alto volumen del jolgorio de los hombres y mujeres que se reunían en el cortijo cada vez que él les visitaba.
Una preciosa historia de humanidad, sin duda, que descubrí y me fascinó hace muchos años gracias al fantástico libro de Juan Carlos García Gallego "Excursiones por el sur de España", publicado por Desnivel en los años noventa.
