Ir arriba

Peñaparda (674 m)

remove-icon
Luis Astola Fernández
arrow-iconFecha Alta
14/03/2017
arrow-iconModificado
14/03/2017

Peñaparda (674 m) es una preciosa cumbre, injustamente olvidada, situada en el centro de un circo de montañas (Buradón, La Dehesa, San Mamés, San Cristóbal) que, pertenecientes al concejo de Salinillas de Buradón (Término municipal de Labastida), miran hacia tierras riojanas. El nombre de Peñaparda alude, evidentemente, al tono pardusco que adquiere la montaña vista desde el sur, aunque habría que matizar que eso solo ocurre los días brumosos o grisáceos; con ambiente luminoso, y más a la caída del sol, Peñaparda adopta unos cálidos tintes ocres y rojizos muy característicos, que justifican el topónimo Peñarroja que también parece asignarle la cartografía a escala 1:5000 de la Diputación Foral de Álava.

Además de por su cromatismo camaleónico, Peñaparda es una montaña sorprendente por otros motivos. Para empezar, su cota más elevada no está donde aparenta, ni siquiera donde la ubican los mapas del IGN, sino en una blanca peña caliza que emerge al extremo N de un colladito unido a la cresta principal, con cuyos tonos ocres contrasta fuertemente y a la que supera por menos de 2 metros. Se trata por tanto de una cima bicéfala; utilizando un símil del mundo animal, lo que desde la vertiente meridional simula una gran giba de camello, desde el extremo opuesto se convierte en doble joroba de dromedario.

La (presumible) atalaya o faro medieval de Peñaparda

Pero lo más destacable de este peñasco calcáreo, a punto de rodar ladera abajo, que alberga la cima de Peñaparda (674 m), es su más que probable condición de atalaya o de puesto de vigilancia medieval, una avanzadilla oriental del antiguo castillo que corona el abrupto promontorio de Buradón (532 m), con cuyo emplazamiento se comunica visualmente.

Peldaños tallados en la roca

Varios detalles invitan a aventurar esta hipótesis. El más notable, el hecho de que en el acceso natural y más evidente a la cima, en su vía normal por así decirlo, se descubren varios escalones tallados en la roca, trazando una especie de zigzag que facilita enormemente el ascenso; estos peldaños recuerdan, incluso en mejor estado de conservación, a los que se observan en otros emplazamientos cercanos que responden a la misma tipología que el de Peñaparda, como en el ya mencionado castillo de Buradón (622 m), en el también desaparecido castillo de Toro, situado en la cumbre de la Peña del Castillo (1432 m) o en la singular atalaya de la homónima Peña del Castillo, de Marquínez.

Recinto cimero

La breve plataforma cimera de Peñaparda, por otro lado, presenta una apariencia natural, lógica después de tan largo periodo sin ser utilizada para su primitiva función de vigilancia. Pero una observación reposada sugiere que la culminación de la peña quizás no sea tan natural como parece, sino que puede haber sido acondicionada artificialmente para permitir una estancia prolongada con cierta comodidad. De hecho, la cima forma una especie de nicho o de recinto excavado en la caliza, de fondo completamente plano, protegido en su flanco septentrional por la propia roca, quizás con su superficie desbastada, que puede servir alternativamente como asiento, respaldo, balaustrada donde apoyarse o, incluso, como somera muralla defensiva o como cobijo contra el viento dominante en la zona.

Sillarejos aparejados a soga y tizón en el muro oriental

El colladito abierto entre la cresta principal y la roca exenta donde sitúo la cima y el posible puesto de vigilancia, aunque invadido por la vegetación (brezo, jara, boj, coscoja, romero, sabina negra...), muestra signos patentes de ocupación en fecha remota. Dos muros de piedra paralelos, desmoronados y muy rebajados, aunque conservan algunos tramos con hiladas de sillarejos bien ensamblados, forman una especie de cabaña sensiblemente rectangular que ocupa toda su superficie, quizás un pequeño recinto fortificado de carácter defensivo. Los abundantes fragmentos de teja roja de aire vetusto, diseminados aquí y allá, sugieren una posible utilización en fechas posteriores (sin ir más lejos, las guerras carlistas del siglo XIX tocaron también esta zona). Una pequeña oquedad resguardada y bien orientada, que socava la base de la peña y presenta señales (huesecillos roídos, escarbaduras...) de uso actual como cubil de algún animal no identificado, pudo ser el precario habitáculo destinado a "cuerpo de guardia", donde el centinela libre de servicio podría calentarse y descansar hasta el siguiente turno.

Covacho al pie de la cima

Resulta sorprendente que en pleno siglo XXI, y en una región tan antropizada y tan estudiada como la que nos ocupa, no exista a día de hoy ninguna cita publicada, ni siquiera una simple mención, acerca de esta posible fortificación medieval de vigilancia, pero lo cierto es que la presente reseña en Mendikat parece ser la primera referencia documental sobre la supuesta atalaya de Peñaparda. Como es preceptivo en estos casos, nos hemos puesto en contacto con expertos del mundo de la Arqueología para recavar una evaluación profesional del hallazgo; de igual manera, lo hemos notificado al correspondiente departamento de la Diputación Foral de Álava, para que, tras su visita y si lo consideran pertinente, procedan a catalogarlo y a protegerlo mediante su incorporación al inventario de Zonas de Presunción Arqueológica.

A la espera de que se realicen las pertinentes prospecciones que certifiquen su identificación y su mayor o menor relevancia desde el punto de vista arqueológico e histórico, nos atrevemos a aventurar (desde la mirada del aficionado curioso, aunque profano en la materia) algunas hipótesis. Este hallazgo de Peñaparda respondería a la tipología de las atalayas, fortificaciones o puestos de vigilancia apostados en promontorios elevados y de acceso dificultoso, destinados al control de bienes y personas que se desplazaran a través de los caminos sobre los que se ciernen.

Bilibio y Buradón

Enlazada visualmente con las fortalezas de Buradón y de Bilibio hacia poniente, y con las de Toloño y Herrera hacia levante (sin descartar la posible existencia, en una zona de relieve tan abrupto y con vegetación tan enmarañada, de alguna otra aún sin descubrir ni documentar), Peñaparda sería un puesto de vigilancia intermedio (un "faro", según feliz expresión del arqueólogo José María Tejado), que utilizaría el fuego y el humo para comunicarse con los puestos vecinos en caso de alarma. Posiblemente ligada al antiguo poblado de Buradón, ubicado junto al Ebro en la vertiente alavesa de las Conchas de Haro, la atalaya de Peñaparda sería uno más de los emplazamientos defensivos situados en el linde entre los territorios de Al-Andalus y los embrionarios reinos cristianos surgidos en el norte a partir de la Reconquista; la lista al respecto, ciñéndonos a la región que nos ocupa, es amplia: Petralata, Pancorbo, Cellórigo, Bilibio, Buradón, Toloño, Herrera, Vallehermosa, Toro, Marañón, Aguilar... Línea defensiva que, en épocas posteriores, establecería la cambiante frontera entre las enfrentadas monarquías navarra y castellana, al menos hasta los inicios del siglo XIV.

Su cronología, sin salir del terreno de la conjetura, debiera corresponderse con las de sus vecinos, el castro y castillo de Buradón, y con el propio castillo de Bilibio, situado en la ribera contraria del Ebro, que parecen certificar su devenir histórico desde época visigoda hasta la plena Edad Media. En concreto, la primera referencia documental del castillo de Buradón parece remontarse al año 964 (aunque su origen debe de ser bastante anterior), y se sabe que aún existía y era objeto de trueque al menos hasta finales del siglo XIV o principios del XV; hay que suponer que la supuesta atalaya localizada en la peña cimera de Peñaparda responda a similar cronología que la de su posible matriz.

(Agradezco enormemente al arqueólogo riojano José María Tejado, uno de los mayores expertos en este tipo de fortificaciones, su visita al yacimiento y las jugosas explicaciones aportadas in situ, en una hermosa tarde de marzo; y a la arqueóloga Maite-Iris García-Collado, que se interesó por el tema y nos puso en contacto).

Ascenso a Peñaparda desde las Conchas de Haro

El acceso más cómodo y evidente a Peñaparda se efectúa desde la vertiente riojana del desfiladero de las Conchas de Haro. Para alcanzar el punto de inicio, una vez traspuesto el túnel que horada las Conchas en dirección a Haro y Logroño por la N-124, hay que tomar a 1,2 km la salida señalizada a Briñas y Labastida; en la rotonda a dos niveles, efectuar un cambio de sentido y volver a tomar dirección Vitoria por la N-124, hasta localizar un cartel que indica "Vitoria 39" y, 200 metros más adelante, un gran panel de la Diputación que anuncia la entrada en Araba-Euskadi. Exactamente junto a este visible panel, entra a la derecha una amplia pista sin señalizar, que debemos tomar (los mapas al uso rotulan en el lugar un Barrio arroa/Barranco Barrio), con abundante espacio para aparcar (475 m).

Hay que seguir (NW-N) la pista suavemente ascendente que, al llegar al alto, se bifurca; tomamos a la derecha (E) y llaneamos entre cuidados viñedos al pie de la ladera meridional de Peñaparda (674 m), que aparece escoltada por dos enormes torres eléctricas y afeada por la despiadada cicatriz que las comunica. Sin hacer caso de los desvíos que se dirigen a los viñedos, continuamos por la estrada principal hasta un pozo de registro vallado relacionado con el gaseoducto, que anticipa un ramal a la izquierda (0,18) por el que nos desviamos (N).

El camino, a tramos arrasado por el agua, se enfila entre los viñedos hacia el collado abierto al W de San Mamés (767 m), circunvalando por oriente una vistosa montañita, hermana menor de Peñaparda, que algunos mapas identifican (registramos el topónimo con todas las reservas) como Cima de Buradón y que un viticultor de Salinillas que faenaba justo a sus pies me nombró como Zancobe Arriba (657 m). Sin llegar al collado hacia donde se dirigen los postes amarillos del gasoducto, que da paso en la otra vertiente al Barranco Valinera, en un pronunciado recodo del camino nace a la izquierda (hito, pintura roja, cintas de plástico)(0,30) un senderillo que rebasa por el N la mencionada cota de Zancobe y se aúpa al collado (633 m) situado al NE de Peñaparda (674 m), envuelto por el pinar.

Abandonamos en este punto la senda balizada, que desciende por la otra vertiente, y atravesamos el ralo pinar hacia el SW siguiendo algunos rastros de paso. Al salir del arbolado, no es difícil localizar una difusa trocha que serpentea entre los arbustos y asciende por la lomada al punto culminante de la llamativa cresta rojiza que desde abajo tomábamos como la cima de Peñaparda; una oxidada base metálica, con indicios de haber sustentado en algún momento un enjuto palo de madera (¿cruz, bandera...?), parece empeñarse en consolidar el error.

Antecima y cima de Peñaparda

Pero el cercano peñasco calizo desgajado al N de nuestra posición, inicialmente descartado como cima, no deja de reclamar nuestra atención y, aunque por poco, parece ser más elevado. Descendemos pues al inmediato collado, invadido con los restos de muros y de tejas mencionados más arriba, y trepamos con cuidado el primer tramo de la peña, vertical, pero con buenas presas y nada expuesto (F); a media pared asoma la sorpresa de los ancestrales peldaños tallados en la roca, que nos elevan cómodamente al recogido nicho cimero de Peñaparda (674 m), donde han conseguido medrar varias preciosas sabinas negras (Juniperus phoenicea). La cima es un nido cautivador y muy sugerente donde dejar pasar el tiempo sin prisas; como en cualquier atalaya que se precie, las vistas en todas las direcciones son indescriptibles.

Se puede variar el descenso para efectuar un recorrido circular, aunque ello nos obligará a efectuar un pequeño rodeo, a remontar en algunos tramos y a dudar en algún punto poco evidente. Desde el collado del pinar, seguir (NW) el sendero descendente marcado con pintura roja y cintas de plástico hasta topar con una pista transversal, que tomamos a la izquierda para ir rodeando Peñaparda en sentido antihorario; alguna charca fangosa infestada de huellas de jabalí y algunos árboles ahusados en su base por el continuo roce de su tosco blindaje hablan de la abundancia por estos pagos de este perseguido suido.

La pista alcanza la base de una torre del tendido eléctrico, al inicio de la cresta rocosa que culmina hacia el W en el castillo de Buradón (622 m), desciende abruptamente y vuelve a ascender hasta la siguiente torre eléctrica, situada en la vertical de la roja cresta de Peñaparda. Justo bajo ella, tomamos una empinada trocha que se descuelga por la pendiente en dirección a los viñedos que adornan el piedemonte. Al llegar a su altura, elegiremos la mejor manera de salvar este tramo confuso para llegar nuevamente a la pista donde iniciamos la ruta (1,30 el recorrido completo sin paradas).

Acceso: Barranco Barrio, Ctra.N-124 (dirección Briñas), km 38,2 (50 min)

catalog-iconCatálogos

images-iconImágenes

track-iconTracks

comment-iconComentarios

  • item-iconHugo Fernández
    El 15 de marzo de 2017

    Muchas gracias, Luis, por la recomendación. No dudes que, en cuanto la agenda me lo permita, me acercaré a visitar tu descubrimiento. 

  • item-iconJavier Urrutia
    El 15 de marzo de 2017

    En la reseña ya se señala esa circunstancia. La realidad es que La Deresa parece ser, más bien, una variante en la pronunciación del término que un error orotográfico, ya que el topónimo se documenta tal cual: González de Salazar, Juan Antonio, Cuadernos de toponimia Alavesa III, RIoja Alavesa, Toponimia de Salinillas de Buradón (15-62), 1986. Por tanto, no es un error tipográfico originado en la cartografía del IGN. El topónimo también se señala en la cartografía foral.

    En Araba, al S de Vitoria-Gasteiz, también tenemos, muy cerca del vertedero de residuos sólidos urbanos, la variante Desa para la voz Dehesa. Aunque existan pronunciaciones locales que expresen Madrí o Graná, debe escribirse Madrid y Granada, por lo que aquí sería aplicable el mismo caso y considerar, en efecto, La Dehesa.

  • item-iconRobín García Saiz
    El 15 de marzo de 2017

    Existe una probabilidad media-alta de que la apelación "La Deresa" para la cima cercana situada al norte de ésta, no sea sino un error de tipo tipográfico cometido probablemente originariamente por el IGN y amplificado/reproducido por OpenStreetMap , por Mendikat y por el excelente artículo con dibujos muy ilustrativos, sobre el monte también cercano, San Mamés, de Iñigo Muñoyerro en el periódico El Correo Español. Hubiera de ser "La Dehesa". Me baso en que sólo varía una de las ocho letras en juego y que, además; "La Deresa"; no parece corresponder a toponimia alguna en nuestros territorios, ni tener significado alterno según el amigo, siempre estadístico, Google.

  • item-iconLuis Astola Fernández
    El 14 de marzo de 2017

    Muchas gracias, Hugo y Ángel; si podeis, haced hueco en vuestra agenda para visitar Peñaparda, es un lugar encantador que transmite muchas y buenas sensaciones

  • item-iconAngel Gil Garcia
    El 14 de marzo de 2017

    Magistral reseña.  La interesante peña del castillo de Markinez y su fantástico entorno esta por reseñar, merece ser tratada por un buen  ejecutor. Saludos Luis.

  • item-iconHugo Fernández
    El 14 de marzo de 2017

    Enhorabuena Luis, tanto por el hallazgo, como por la reseña.