Ir arriba

São João da Fraga (1163 m)

remove-icon
Joseba Astola Fernandez
Fecha Alta
10/05/2017
Modificado
10/05/2017
1

“Cuentan que hace mucho, muchísimo tiempo, amaneció con el día una minúscula capilla incrustada en lo alto de una peña. La construcción era blanca como las nubes, tan inmaculada que brillaba con luz propia en el atormentado lienzo gris de la sierra. Los habitantes del pueblo miraban atónitos aquel puntito blanco en el cercano horizonte, mientras se preguntaban a quién se le habría ocurrido la idea de levantar una ermita en tan inhóspito lugar.

Si alguien lo supo alguna vez, los días, los años y los siglos de encargaron de borrar el recuerdo. Aún así, los paisanos de aquella aldea decidieron portar hasta la capilla la pequeña estatuilla de un santo para que cuidara a las reses del fiero lobo que frecuentaba hambriento aquellos lares, prometiendo, a cambio, rendirle culto cada solsticio estival para agradecerle su protección.

Y así, cada comienzo de verano, los aldeanos suben a rezar, comer, beber y bailar en su honor hasta bien entrada la noche de São João. “

Impregnados del aire místico que sopla en este apartado rincón de la tierra de Tras-Os-Montes, o afectados quizás por el sol primaveral de la tarde en que nos aupamos hasta lo más alto de la peña granítica de São João da Fraga, lo cierto es que no se nos ocurre sino una especie de sencillo cuento (a mitad de camino entre ficción y realidad) para presentar a esta singular montañita transmontana.

Algo de cierto tiene el relato: que un puntito blanco llama la atención en el inhóspito marco gris de la espigada Serra do Gerês cuando se le mira desde la aldea de Pitões das Júnias es indudable. La capillita que culmina la peña se encuentra casi a la misma altitud que el pueblo, aunque separada a bastante distancia por un bellísimo barranco boscoso por donde escapan las frías aguas de la sierra hacia el pequeño Barragem (embalse) de Paradela, al sur. No es menos cierto que la peña de São João es un brazo rocoso y alargado que escapa del complejo, y a veces irreal, mundo granítico de los picos de Gerês, semejando un lagarto petrificado por los siglos, quizás ocelado, por aquello de que abundan en estos parajes de cuento tanto o más que los temidos lobos. Pétreo reptil de São João, empequeñecido por las montañas vecinas de las que emerge pero con una grácil peca blanca que adorna su cabeza y le diferencia de las demás.

No es ficción tampoco que nadie en el pueblo sepa (y el que lo supo no lo recuerda) quién construyó aquella pequeña ermita en lo alto del pedrusco, como tampoco lo es el hecho de que,  desde hace ya mucho, muchísimo tiempo, que los duros habitantes de este genuino rincón transmontano, remoto donde los haya, celebran por San Juan la llegada del verano con una alegre romería que arranca de buena mañana y termina con las últimas luces del atardecer. Ritual en el que, tras portar la estatuilla del santo hasta la ermita y celebrar los consiguientes ritos eclesiásticos, la comitiva retrocede hasta el carvalhal de Porto da Laje, casi en lo más hondo del barranco que separa montaña y aldea, donde dan buena cuenta de opíparos asados que acompañan con aguardientes antes de dar paso a las danzas y bailes en un ambiente festivo. El antropólogo y folclorista algarveño Manuel Viegas Guerreiro lo plasmó de esta manera tan deliciosa en su obra "Pitões das Júnias. Esboço de Monografia Etnográfica" (1981) (dedicada por entero al rico patrimonio de ritos, costumbres, creencias y supersticiones de este entrañable pueblo trasmontano), que transcribimos en lengua portuguesa para preservar la dulzura del texto original:

“A manhã do dia 25 veio com a luz do sol. Ás 8, 9 horas sai-se para a capela do Santo: uma penosa caminhada de quase duas horas, que os velhos não aguentam. A gente derrama-se pelos trilhos da serra, como rebanho solto, alegre, rumorosa. Frio nas alturas, calor no fundo dos barrancos, paisagem portentosa: rochas agressivas, chão recamado de flores de tojo, de urzeira, de giesta, de carqueja, de mil florinhas de todas as cores. O mato cena-se sobre a via pedregosa. Um “brasileiro”, de uns 70 anos, valoriza a robustez e evoca o tempo de pastor por aquelas serras. Tempo duro. Socos pesados, coroça encharcada, à busca de um poco de mato que a neve não cobrisse.

<Aquilo é que eran tempos! Hoje é todo uma riqueza! Nada falta: capas de oleado,botas de borracha…>"

Pitões das Júnias, muros de granito que detienen el tiempo

Dormitando en su altiplano a 1070 metros de altitud, la dulce serenidad de los prados que rodean a esta pintoresca aldea portuguesa de tan recia y sonora denominación contrasta con el quebrado paisaje de pitones graníticos que la enmarcan.  Alejada de todas partes, ajena a los devenires del tiempo y de las prisas, Pitões das Júnias planta cara a la vida como solo los sufridos habitantes de este enclave transmontano de la Región de Barroso saben hacerlo. El granito es dueño y señor de sus rúas, evocadores rincones donde no faltan buenas y adornadas fuentes, recias paredes y tejados donde solo el liquen se atreve a desafiar a la piedra, rústicos espigueiros (hórreos) de seis pilares y alguna llamativa cruz celta que recuerda algunos de los pueblos que por aquí dejaron su impronta.

Se podría pensar que los relojes se detuvieron alguna vez entre los robustos muros de las casas, si no fuera porque algún negocio de hostelería y un par de acogedoras tabernas ayudan a mantener viva la aldea y su acervo. El vecindario, sabedor del potencial etnográfico, paisajístico y cultural que emana casi de cada esquina de su pueblo, se esmera con el propósito de evitar que este rincón caiga en el olvido de aquellos lugares que tienen la desgracia (o la fortuna, quién sabe) de quedar lejos de todo. Orgullosos de la riqueza cultural que atesoran, organizan entrañables encuentros anuales como el “Fiadeiro dos contos”, en el que se relatan cuentos e historias en la calle, como se hacía antaño en el serão (serano) para amenizar los duros anocheceres invernales, junto al hogar encendido, o la despedida del sol del estío en las rúas, a la fresca. Tradición esta que también se daba en otros remotos enclaves leoneses, zamoranos, salmantinos…

 De Pitões a la peña de São João da Fraga por el viejo camino de romería

Preciosa y no demasiado exigente ruta desde el primer hasta el último suspiro, la excursión a São João comienza con una considerable pérdida de desnivel (unos 200 metros que, lógicamente, habrá que remontar a la vuelta) para ascender definitivamente (300 metros) hasta la peña que acoge la ermita, después de haber cruzado las alegres aguas del arroyo de Beredo, sumergido en la frondosidad del bosque.

Un amplio espacio para aparcar a la entrada de la aldea nos dispone a caminar por su rúa principal, descubriendo a ambos lados interesantes muestras de la arquitectura local. Algunos carteles de madera indican direcciones diversas, entre ellas la del pico Fontefría (1458 m), uno de los pitones graníticos que forman parte de la estampa de fondo de la aldea. El Fontefría es importante vértice fronterizo con tierras ourensanas; no en vano, a pesar del tradicional aislamiento de Pitões das Júnias, conviene saber que algunas carreteras locales permiten cruzar la frontera hispano-lusa desde la comarca ourensana de A Baixa Limia con relativa rapidez  y comodidad, siendo la de la transfronteriza Portela de Pitões la que ofrece mejor acceso.

Toda la zona que recorremos queda englobada dentro de los límites del Parque Nacional de Peneda-Gerês (en la parte portuguesa), correspondiendo al Parque Natural de Baixa Limia-Serra do Xurés las tierras de la vertiente galega. Ambas están así mismo reconocidas como Reserva de la Biosfera Transfronteriza. A pesar de estas figuras de protección, muchos siguen siendo aún los graves atropellos ecológicos que sufren las comarcas de ambas partes de la raya, la mayoría en forma de fuegos y quemas incontroladas que se hacen evidentes en muchos de los parajes que recorremos, a pesar de que, afortunadamente, el paso del tiempo haya permitido una aceptable regeneración de la cubierta vegetal.

Abandonamos Pitões por una ancha estrada de pequeños cubos de granito, tan habitual en los centros urbanos y rurales de todo Portugal. El camino desciende acompañado de un muro que protege mullidos praderíos donde pacen parsimoniosamente algunas vacas, entre las que, con suerte, quizás podamos encontrar alguna de raza local barrosa, caracterizada por su descomunal cornamenta.

Tras algunas curvas, siempre en descenso, alcanzamos un puente de madera sobre las aguas del arroyo das Aveleiras (0,45). Este es el primero de tres arroyos que habremos de cruzar antes de acometer la definitiva subida a la peña. Los adoquines del firme dan paso entonces a la traza del antiguo camino, formado por grandes piedras de granito que no tardan en alcanzar el paraje de Porto da Laje (0,50), un parque de meriendas bien dotado de mesas, bancos y alguna vieja parrilla en medio del carballal; nos encontramos en el escenario donde tiene lugar la parte festiva de la romería del solsticio estival.

Desechando un ramal ascendente a la derecha, la ruta prosigue cuesta abajo, totalmente inmersa en la Fraga de Beredo, donde cobra protagonismo el roble carballo (Quercus robur), acompañado de algunos acebos dispersos. Alcanzado por fin el punto más bajo de la excursión (1,05 - 880 m), unas grandes piedras ayudan a saltar sobre las aguas del arroyo de Beredo. En las cercanías, un puente de madera (construido quizás para facilitar el paso de los romeros al portar la estatua del santo) permite también vadear el río, convergiendo poco después con nuestro camino.

Acompañamos un tramo a las aguas del arroyo antes de realizar un giro hacia la izquierda que nos va sacando poco a poco y de manera suave de la frondosidad del robledal. Colorido matorral de brezo, carqueja, tojo y gamones (como bien describe Manuel Viegas en su texto) toman el relevo a los árboles, acompañándonos hasta el tercer arroyo (1,30), donde volvemos a tener la opción de cruzar por un rústico puente de madera (señal) o, algo más adelante, saltando entre las enormes piedras colocadas a tal efecto.

Afrontamos entonces la rampa que, por un terreno de bloques y firme de granito, y bien pertrechada por numerosos hitos de piedra (que en Portugal llaman mariolas) y algún cartel didáctico sobre Pitões das Júnias (cuyas casas divisamos allá arriba, detrás nuestro), nos va a guiar sin pérdida hasta un hermoso pasillo bajo los gigantescos bloques rocosos que anticipan la llegada al tramo final. Topamos entonces con los sorprendentes escalones colocados para facilitar el paso hacia la cima. Los primeros peldaños, elaborados con grandes piedras de granito, ceden el paso a una sorprendente escalinata tallada en la mismísima roca. De esta maravillosa manera alcanzamos la sencilla y coqueta capillita blanca de São João da Fraga (2,10).

Con igual asombro pero mucha más gracia y magia describe  M. Viegas en su relato este tramo:

A capela carrega-se no alto de uma fraga, e dai o seu nome, que forma abismos para todos los lados. É antiga como a romagem.

Acede-se ao cimo por escadaria aberta na rocha a golpes de pico. Obra de gigantes. E os blocos de granito de que é feita capela? E levá-los para lá? E porqué ali tão longe? Os grandes espíritos sempre povoaram as alturas, mas a resposta aqui é também a fé em S. João, que livra a fazenda dos lobos.”

Las inhóspitas y espigadas montañas de la Serra de Gerês-Xurés se nos muestran en un bellísimo marco que invita a desprenderse de relojes y a detener el tiempo para entregarse por completo a la contemplación y al disfrute del silencio. Como aquellos monjes que moraran en el Mosteiro de Santa Maria das Júnias, cuyas escondidas ruinas no acertamos a divisar desde aquí.

Las evocadoras ruinas del monasterio de Santa María das Júnias

Los aires de misticismo o cierta carga espiritual que soplan por estos lares trasmontanos empujaron también a los eremitas que aquí se instalaron, allá por el siglo IX, buscando el aislamiento que solo los lugares más remotos pueden ofrecer.

En el siglo XII se construyó el Mosteiro de Santa María das Júnias, cuyas evocadoras y fantasmagóricas ruinas podemos apreciar aún hoy en día no lejos de Pitões. Los monjes que allí vivieron, dependientes del monasterio ourensano de Santa María la Real de Oseira, se rigieron por las normas cistercienses, llegando a poseer un amplio territorio cuya riqueza les permitió ampliar las dependencias del edificio con el tiempo, construyendo un claustro de cuya galería aún perduran tres arcadas. La iglesia, de estilo románico, data del siglo XVII, constituyendo el edificio mejor conservado. Son apreciables además la enorme chimenea donde se encontraba la cocina, además de otras dependencias al aire libre que corresponderían a las celdas monacales.

La decadencia y el abandono total sobrevinieron en la primera mitad del siglo XVIII, coincidiendo casualmente (o no) con la desamortización de Mendizábal que afectaron también al monasterio de Oseira y a la vida monacal en general.

En el libro de Manuel Viegas se recoge el siguiente texto, en relación con el monasterio y la peña de São João:

“Frei Crisóstomo, abade do Mosteiro das Júnias e pároco da freguesia, informa em 1758: <…tem perto do lugar a hermida do Santo Arcanjo, de S. João, na fraga do Gerês… Só há romagem no dia de S. João.>”

Las ruinas de Santa María das Júnias, Monumento Nacional de Portugal desde 1950, se ubican a escasos tres kilómetros de Pitões, escondidas junto a un precioso paraje a orillas del arroyo Ribeiro de Pitões, un poco antes de que este se desplome en una vistosa cascada que sí se llega a apreciar en la lejanía desde la peña de São João. Se accede a ambos parajes (señal y balizas amarillas y rojas de los trilhos portugueses) por la pista que parte del cementerio de Pitões, caminando el último tramo hacia el monasterio por otro de esos subyugantes caminos enlosados que tan bien se conservan en Portugal. Un enorme roble y las ruinas de un molino acompañan a las preciosas ruinas, entre cuyos muros de granito, invadidos por el musgo, han encontrado los lagartos ocelados el retiro perfecto para vivir en paz.

 Ponte da Misarela, historia, leyenda y superstición

El Ponte da Misarela se encuentra a algo más de una decena de kilómetros al sur de Pitões en dirección a Braga, en las estribaciones meridionales de la Serra do Gerês. Se alcanza a pie desde la aldea de Ferral, siguiendo otro magnífico camino enlosado de posible origen medieval, aunque los paisanos aseveran que se trata de una calzada romana.

Este impresionante puente medieval, construido para sortear el profundo y escarpado barranco del arroyo Rabagão, en el camino entre las aldeas de Ferral y Ruivães (pertenecientes a los Distritos de Vila Real y Braga, respectivamente), consta de un solo arco situado a una altura considerable del arroyo (unos quince metros), cuyas aguas forman una vistosa cascada junto al monumental arco.

El Ponte de Misarela ha sido testigo de varios acontecimientos históricos acaecidos en el siglo XIX, entre ellos la sangrienta batalla en la que un fornido grupo de ochocientos guerreros de la región de Barroso derrotaron al ejército de Napoleón en 1809.

Las leyendas quedaron grabadas también en la piedra, llegando alguna de ellas a convertirse en una más de las supersticiones que colman este rincón portugués. Cuentan que San Gervasio y Santa Senhorinha pasaron una noche por el puente camino de Compostela. Desde aquel entonces, y a decir de la gente local, no ha mucho tiempo que todavía acudían al puente mujeres embarazadas y temerosas de un parto difícil quienes, acompañadas de familiares, celebraban un ritual a media noche invocando a un ser; al aparecerse este realizaba un bautismo prenatal con la única condición de que si la criatura nacía niño, sería llamada Gervasio, y si nacía niña, Senhorinha. Parece ser que no son pocos los Gervasios y Senhorinhas en la región de Barroso y el Concelho de Montalegre…

El Ponte da Misarela es conocido también como Ponte do Diabo. Un malhechor, en su huida, invocó al diablo para que le construyera un puente para cruzar, entregándole su alma como pago. Tiempo después, fue un fraile quien hizo lo propio, con la salvedad de que este exorcizó al puente tras cruzarlo, arrojándole agua bendita y haciendo desaparecer al demonio engullido por las rocas. Historia que, con ligeras variaciones, se repite en otros puentes del diablo de la península.

Acceso: Pitões das Júnias (2h 10min)

Catálogos

Imágenes

Tracks

Comentarios