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Castillo (819 m)

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Luis Astola Fernández
Fecha Alta
21/06/2017
Modificado
08/07/2017
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Esta pequeña montaña del entorno de Medina de Pomar, en la comarca burgalesa de las Merindades, es un perfecto ejemplo de que aún existe espacio para la sorpresa en estos tiempos en los que pareciera que lo conocemos todo y que ya no quedan lugares hermosos por descubrir, incluso cerca de casa.

El Castillo (819 m) culmina una corta sierra caliza, desgajada al S de Pelada (962 m), situada en medio del triángulo formado entre las humildes aldeas de Rosío y Villamor, y la antaño importante villa de Salinas de Rosío, en una especie de tierra de nadie perdida en los límites del territorio medinés con el valle de Losa.

Una auténtica joyita, sorprendentemente inédita (no hemos encontrado ni una sola línea escrita sobre este misterioso Castillo, sin historia y sin restos visibles de fortaleza o castro que justifiquen su nombre), que parece contar, sin embargo, con cierto arraigo a nivel local; eso sugiere, al menos, la existencia de un precioso sendero que recorre la solana al pie de la cresta desde el cementerio de Salinas de Rosío, y que acaba difuminándose en las cercanías de la cima. Montañita de andar cómodo y sin sobresaltos, con aires de montaña importante, que exhibe en su airosa cresta atrevidos picachos, posadero habitual de buitres y criadero de alimoches.

Traemos aquí esta cumbre desconocida con todas las dudas del mundo, con el deseo de que su divulgación no contribuya en absoluto a su deterioro; ojalá se mantenga, como hasta ahora, libre de pintura, de balizas, de paneles, de hitos y, puestos a pedir, hasta de waypoints.

En su delicioso "Viaje a pie" (Ed.Juventud. Barcelona, 1986, recientemente reeditado), el gran Julio Villar expone con palabras sencillas, como todo lo que hace y dice, un auténtico manifiesto sobre el respeto debido a los lugares que recorremos: "Voy con pocas cosas... y con mi andar nada cambio. O casi nada. Me gusta que sea así. De otra forma no hubiese dado ni un solo paso". Una forma de andar, liviana y sin dejar huellas, por la vida, por las montañas en general y por esta humilde maravilla burgalesa en particular. Espero que tu visita al Castillo no cambie nada..., o casi nada.

Desde Salinas de Rosío

Se esperaría encontrar en esta villa, ligada desde época romana a la explotación y el comercio de la sal, algunos restos de la actividad que le dio nombre. Lo cierto es que las eras para la extracción por evaporación de este mineral, de importancia estratégica en la antigüedad, yacen ocultas bajo una capa de tierra en una parcela situada entre el núcleo urbano y el río Salón, topónimo de evidente etimología relacionada con la industria salinera. Lo mismo ocurre con un mosaico de época romana localizado en la década de los 60-70 del pasado siglo junto a las antiguas salinas, que aguarda su adecentamiento y puesta en valor cubierto de tierra como sistema más seguro contra posibles expolios. La villa salinera conserva sin embargo, junto a algunos detalles de arquitectura popular, restos de su pasado esplendor en su maciza parroquial de San Juan Bautista, en la monumental fuente de su plaza o en las poderosas arcadas que se conservan en un lienzo del antiguo hospital o palacio.

La ruta propuesta, circular como suele resultar más deseable, se inicia precisamente junto a la añeja fuente (635 m), sin agua al menos en la fecha de la visita, situada tras la iglesia, en la parte alta del pueblo. Una pista hormigonada asciende con decisión al E en busca del cementerio, ubicado en un pintoresco emplazamiento, en un colladito entre las discretas Peña Cuervo (721 m) y Peña de San Isidro (718 m); se pueden visitar ambas con escaso esfuerzo, para disfrutar de la amplia panorámica, en el primer caso, y de la emoción de trepar sin riesgo a su bloque cimero,en el segundo.

Desde el cementerio, donde desaparecen las marcas del GR 1, que se dirigen en descenso a Villamor, se aprecia el senderillo que nos va a guiar por la ladera de mediodía, al pie de la cresta, en dirección a las cotas más elevadas de la pequeña sierra, situadas en su extremo más oriental. Junto a un grupo de coscojas, bajo un cabezo calizo, descubrimos una primera cerca de alambre, que no nos impide el paso.

La cresta, siempre cercana, es una sucesión de prominencias rocosas que no es preciso alcanzar en ningún momento, salvo que apetezca asomarse a otear el paisaje de la otra vertiente. Cada vez que lo hacemos, a pesar de nuestro empeño en caminar con paso leve y sigiloso, los buitres, ordenados y solemnes, se lanzan al vacío al notar nuestra presencia; con movimientos algo rígidos, sin un solo aleteo, la pareja de alimoches que nidifica en los riscos que miran al norte, traza figuras erráticas sobre nuestras cabezas.

La cima, situada al final del cresterío, se hace esperar. El senderillo se difumina y prácticamente desaparece, pero caminamos sin dificultad y sin posibilidad de pérdida, siempre a levante, sin hitos, sin pintura, sin cintas colgadas de las ramas, buscando el mejor paso entre los grupos de coscojas. Finalmente, una alambrada en terreno herboso nos corta el paso. Cruzamos bajo el alambre, porque no hay paso habilitado, y trepamos al inmediato promontorio, el último y el más elevado de la cresta, donde se alza la cima del Castillo (819 m); lugar tranquilo, con algunos árboles que nos defienden del sol y que no impiden atisbar rincones sugerentes entre las ramas; los buitres, incansables, continúan su ronda, sin un ruido, casi al alcance de la mano.

Descendemos de la cima hacia el E, no necesariamente por la misma cresta, que a ratos se empina demasiado, siguiendo trochas de ganado entre el arbolado; las ramas de las coscojas aparecen literalmente invadidas por barbas de capuchino, con largos flecos colgantes de color verde grisáceo. Más pronto que tarde, los rastros acaban convergiendo en un buen camino que se orienta al N-NW, al pie del Castillo, a la vista de los tejados de Rosío; a nuestra derecha, al otro lado de los cultivos que cubren la amplia vaguada, se extiende la fachada occidental de la Pelada (962 m).

Sin llegar al fondo del valle, una alambrada marca el punto donde hay que girar en ángulo recto a la izquierda, para seguir el camino de tractor que corre entre campos de cereales al W, bajo las pendientes herbosas de la sierra que acabamos de recorrer; libres de nuestra incómoda presencia, los buitres vuelven a reunirse, silenciosos y circunspectos (solo parecen perder los papeles en presencia de carroña), en sus posaderos habituales sobre los cortados. Demasiado pronto (la montaña es pequeña, la ruta, corta), volvemos, tras circunvalar completamente la sierra, a las calles de Salinas de Rosío, con sus fachadas adornadas de olorosos rosales (1,30-2,00).

Acceso: Salinas de Rosío (45 min)

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Comentarios

  • item-iconLuis Astola Fernández
    El 26 de junio de 2017

    Muchas gracias por la aclaración, Carmelo. Los nombres de las peñas están tomados directamente de la cartografía del IGN, que en cuestión de toponimia no es precisamente fiable. Si no te importa, contacto contigo por el correo personal para aplicar las correcciones oportunas con el mayor rigor posible

  • item-iconCarmelo Ruiz Septién
    El 24 de junio de 2017

    Soy natural de Salinas de Rosio y me gusta mucho la presentacion. Unicamente decir que la que llamaís Peña San Isidro siempre a sido Peña Cuervo. La Peña San Isidro, a su vez, es la primera que se encuentra llegando al macizo desde el cementerio. Y la que está detras de este ultimo, Santa Bárbara. Subiré alguna foto. Muchas gracias.