Para ayudar a culminar con éxito esta bonita cumbre, sorprendentemente ignorada por las escasas publicaciones escritas sobre las montañas riojanas, y cuyo buzón fue colocado allá arriba nada menos que en el año 1976 (G. M. Bilibio) señalar, por una parte, que la carretera LR-113 no cuenta ya con la numeración kilométrica a la que se hace referencia en la reseña, lo cual deja a la localidad de Mansilla de la Sierra como mejor punto de referencia para echar a andar.
Por otra parte, la ascensión desde Mansilla al Pico Culillas se efectua, tal y como se describe, por la larga loma que desciende del pico, saliendo de la parte alta del pueblo por una pista (portilla) que abandonamos de inmediato para progresar por el encinar buscando y alcanzando pronto la parte alta de la cuerda, prosiguiendo después placenteramente por el suave lomo (sendas de ganado y terreno limpio entre chaparral y robledal). Tras dos breves y casi anecdoticos descensos, se llega a una sima y a una zona en la que el terreno parece haber sido excavado (posibles restos de minas, antaño presentes en la zona). Divisamos entonces la inclinada y definitiva cuesta que nos llevará hasta la cumbre, pudiendo observar un tramo boscoso que deberemos atravesar, y que será el que nos imponga más dificultades, antes de alcanzar la parte más rocosa y entretenida de la ascensión (tramo final). En la actualidad, este tramo arbolado (un bonito aunque asalvajado robledal) se encuentra muy vestido de vegetación, pudiendo encontrar dificultades para pasar entre el sotobosque si no se encuentra la única y muy tímida traza de paso existente. La ausencia de hitos es total, siendo la mejor referencia inicial un tronco seco tumbado en el suelo, justo a la entrada del bosque, hasta el que llega una sendita que luego desaparecerá. Tras introducirnos en el robledal, trazaremos primero una diagonal ascendente hacia la izquierda, gracias a un pequeño tramo desprovisto de vegetación. Unos metros después, no quedará más remedio que lanzarnos directamente hacia arriba, abriéndonos paso entre el matorral de brezo y retama que abunda entre los robles. Tras unos primeros metros algo penosos y lentos, encontramos (septiembre de 2017), al poco de introducirnos en la cerrada vegetación, unas viejas y deterioradas cintas blancas de plástico, caídas en el suelo y muy separadas entre sí. Colocamos algunos hitos (poca piedra, insuficientes y de continuidad poco segura) y algunos pequeños trozos de papel en las ramas (para guiarnos en el descenso). Tras algo más de cinco minutos se puede llegar a intuir, no con total claridad, una tímida senda o traza de paso, marcada esporádicamente con las viejas cintas y algunas piedras sospechosas de haber formado parte de algunos cairns, terminando por salir del bosque no muy lejos ya de la parte alta del pico. El tramo final se realiza sin inconvenientes, debiendo superar antes de la cima dos promontorios rocosos y entretenidos (engañan, haciendo creer que son la cumbre) en los que hay que usar las manos sin mayores contratiempos. Una orquesta de ciervos berreando (ascendimos por la tarde) rompían felizmente el silencio y la calma. Señalar, por último, que atravesar el tramo boscoso (en subida) viene a costar entre quince y veinte minutos de tiempo, no más, por lo que la lucha, si no se encuentra la veredilla, no será eterna ni del todo imposible.
