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Santa Ana (967 m)

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Joseba Astola Fernandez
arrow-iconFecha Alta
11/01/2017
arrow-iconModificado
11/01/2017

En el siglo XVI, un grupo de franciscanos decidió retirarse a la umbría de la Sierra de Santa Ana (a media docena de kilómetros al sur de Jumilla), levantando allí mismo un convento. Más allá de las reliquias de arte sacro que atesora, el recinto está inmerso en un área de variada, rica y longeva flora, en la que destacan algunos cipreses de tres siglos de vida, que alcanzan una altura considerable, pinos carrascos de más de cien años, con troncos de gran envergadura (uno de ellos dejó de vivir recientemente, en verano del 2016, cayendo a plomo junto al edificio religioso) o un madroñal en las huertas del convento, que lleva casi medio milenio regalando sus llamativos frutos dulces.

No se sabe si las alegrías de San Pascual Bailón, que debió pasar alguna temporada en el convento y del que se dice que acostumbraba a bailar mientras oraba, venían provocadas por causas puramente vocacionales o por la influencia del goloso manjar rojo recolectado en el secular Arbutus unedo de la huerta…

“Cuando estuve en Jumilla, una de las veces que sentía ganas de hacer oración, me salí a los alrededores del convento para explayarme. Creyendo que estaba solo, me puse a hablar en voz alta, gritando, cantando, suspirando, arrodillándome, levantando los brazos al cielo e, incluso, besando los troncos de los árboles por la gran alegría que sentía dentro."

Las visitas a la parte no clausurada del convento de Santa Ana del Monte (que es su nombre completo ), así como al museo, están reguladas por horarios.

Ascensión a Santa Ana (967 m) y Picacho (937 m) por la Senda Botánica de Santa Ana

La Senda Botánica de Santa Ana (SL-MU 17), balizada en verde y blanco, realiza un corto paseo circular, con principio y fin en el convento, que transcurre bajo la umbrosa cara norte de la sierra, dejando a su paso numerosos carteles explicativos de la rica flora del paraje. Aladierno, coscoja, espliego, encina, jaguarzo, jara, lentisco, uña de gato, ajedrea, zapatillas de la reina, romero… Son solo una pequeña parte del muestrario natural del que disfrutaremos en este jugoso sendero, el cual nos va a ayudar a alcanzar el collado abierto entre las dos principales elevaciones de la sierra: Santa Ana y Picacho, cuyos paredones caen directamente sobre la ubicación del edificio religioso y las casas de recreo que se extienden por sus alrededores.

Partiendo de la puerta del convento, caminaremos a mediodía del muro que delimita su perímetro, encontrándonos al paso el centenario y lustroso ejemplar de pino de Alepo, o carrasco (Pinus halepensis), que luce en todo su esplendor bajo la atenta mirada del Picacho y su cruz. Cruzando la pista, que es a su vez uno de los caminos de la Veracruz (señalizado como GR-251),  tomamos la Senda Botánica junto a un depósito de agua, caminando por su agradable trazado entre la vegetación circundante. Pasado un pequeño pilón tallado en la roca, bajo una fuente seca, no tardamos demasiado en llegar a la bifurcación en que la senda propone una bajada más directa hasta el convento. Cincuenta metros más adelante (señal) encontramos el Rincón de las Tres Cruces, construidas en madera e instaladas sobre las rocas, bajo la vertical pared de Santa Ana. El SL cede el turno entonces a una trillada senda con viejas marcas de PR que, tras pasar por una pequeña estrechura a la que un viejo cartel nombra como Puerta del Pepu, nos permite, mientras divisamos los repetidores de la cima y un curioso ojo natural en un extremo de la pared, alcanzar el collado entre las dos cimas a las que nos dirigimos.

Hay que señalar que, al igual que en tantas otras sierras murcianas, el pino de Alepo, o pino carrasco, es la especie predominante en estas laderas de umbría, felizmente repobladas con esta fragante especie. No obstante,  son varios los incendios acaecidos en esta sierra, siendo el de 1978 el más grave de todos ellos (ardieron 400 has. y hubo que desalojar a los frailes y a los vecinos de los alrededores del convento).

Una vez en el collado (0,45), no tenemos más que tomar la vieja senda, aún sustentada por pequeños muros para adaptarse al terreno, y dejarse llevar por ella hasta salir a la carretera de servicio a los repetidores. El visible vértice geodésico se encuentra, por suerte, algo apartado de los artilugios metálicos, junto a una gran caseta de vigilancia forestal. Hasta él llegamos, monte a través, si así lo deseamos (1,00)

Destaca la panorámica hacia la cercana y altiva Sierra del Carche, así como las tierras de secano de esta comarca célebre por sus vinos, en medio de las cuales se encuentra Jumilla, bajo la Sierra del Buey.

De vuelta en el collado (1,15), una dura pero breve rampa surcada por una senda nos deja en la cima del Picacho (1,25). Escasos metros nos separan de la cruz, que se asoma al precipicio sobre el convento en un saliente algo más bajo. Para alcanzarla habrá que superar un estrecho paso no exento de cierta emoción, con caída considerable a ambos lados, totalmente desaconsejable si la roca está mojada o húmeda.

Para el descenso, existe la opción de continuar la evidente senda que se introduce en la sierra, dando un considerable rodeo para regresar al convento por el Collado Perdido, por medio de la pista del GR-251, tras pasar por la Fuente de la Buitrera y rodear una altura en la que, al parecer, existen restos de un poblado ibero.

Hay que señalar que, en las cercanías del Pico del Maestre (826 m), en el sector occidental de la sierra, es posible visitar los restos de un poblado ibero, existiendo a su vez varias necrópolis de la Edad de Bronce en torno al mismo paraje. Una buena excusa para volver en otra ocasión, sin duda.

Acceso: Convento de Santa Ana (1h a Santa Ana, 55 min al Picacho)

*Micó, Julio, ”Yo, Fray Pascual Baylón”, Fraternidad de hermanos menores capuchinos, Alicante, 2001

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