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“Un día dijo el Ojo:
—Más allá de estos valles, veo una montaña envuelta en un azul velo de niebla. ¿No es hermosa?
El Oído oyó esto y, tras escuchar atentamente otro rato, dijo:
—Pero, ¿dónde está esa montaña? No la oigo.
Luego, la Mano habló y dijo:
—En vano trato de sentirla o tocarla; no encuentro ninguna montaña.
Y la Nariz dijo:
—No hay ninguna montaña por aquí; no la huelo.
Entonces, el Ojo se volvió hacia otro lado, y los demás sentidos empezaron a murmurar sobre la extraña alucinación del Ojo. Y decían entre sí: “Algo debe de andar mal en el Ojo”.
Khalil Gibran
A caballo entre los siglos XIX y XX, Gibran nació en Bsharreh, en la cima de una de las montañas más elevadas del Líbano. Este poeta, pintor y escultor nos dejó infinidad de reflexiones sobre su visión de la vida, entre las que encontramos la entradilla que hemos elegido para dar comienzo a esta entrega de hoy, que marca el número mágico del triple ocho. Un párrafo que nos habla de los sentidos cuya sensibilidad no alcanza para asimilar lo que el ojo ve. Por nuestra parte, vamos a tratar de que el oído escuche, de que la mano palpe, de que el olfato huela, e incluso de que el gusto saboree, para que el corazón sienta.
Cinco son, pues, los sentidos que trataremos hoy de poner en juego para alzarnos a esa prominencia geológica que es la Tuca d’Aiguallut. Esta montaña da forma a los barrancos de Barrancs y l’Escaleta, que, con gran asombro, se unen en una preciosa cascada que vierte sus aguas en el Forau d’Aiguallut, un sumidero natural que las traga, cambiando de cuenca desde la mediterránea hasta la atlántica, ya que resurgen en los llamados Uelhs deth Joèu, en la Artiga de Lin (Valle de Arán).
Nos dirigimos hasta el aparcamiento de El Vado, donde tomamos el bus que nos acerca a La Besurta, aunque también se puede llegar caminando por el sendero, pero hoy preferimos eludirlo dada la ruta que tenemos por delante. Pronto estaremos bajo la influencia de esta montaña, que nos seducirá con su magnética mirada, por si aún nos quedara alguna duda de última hora.
Emprendemos el muy transitado camino hacia el Forau d’Aiguallut, al cual llegamos en media hora. Nos asomamos para que nos escanee con su negro ojo y continuamos superando el desnivel que la naturaleza ha esculpido para dejarnos esta espléndida cascada, donde las aguas hermanadas de los barrancos se precipitan.
Es imposible esquivar la mirada, mucho menos la del monarca de los Pirineos, S.M. el Aneto. El Plan d’Aiguallut es el amplio lecho donde descansaba el glaciar en esta zona, convertido hoy en unas plácidas aguas que serpentean por él, al igual que una familia de patos que lo hace sobre esas aguas que no saben lo que les espera.
Sin terminar de transitarlo, nos encontramos con las indicaciones que nos permiten decidir por qué barranco subir. Nuestra elección ya estaba tomada: seguimos hacia el Coll de Toro por el Barranco de l’Escaleta, al cual nos adentramos después de cruzarlo por una palanca de madera.
A partir de aquí, el camino se empina, encontrando un tramo bien trabajado, con calzadas aprovechando el propio trazado del terreno. Con el permiso de un buen número de vacas, continuamos hasta el desvío que, sin indicación alguna, tomamos para comenzar el ascenso a esta magnética montaña. Hora y media hasta aquí.
Conforme te vas acercando, te atrapa con su fiera mirada. Los amables tramos herbosos del principio pronto se quedan atrás, dando paso al tirano mundo mineral. Parece que es una montaña poco visitada; ella sabrá por qué. No hay camino definido, por lo que hay que agudizar la intuición y, con la ayuda de algún hito, seguir subiendo por donde el terreno parece menos hostil.
Dos horas y veinte minutos de ascenso para salvar los casi 600 metros de desnivel nos dan una idea de la dificultad que ofrece el terreno para avanzar entre canales, grandes bolos graníticos y algún tramo intercalado de pendiente herbosa. La cima tampoco es muy amable, pero habrá que quererla tal como es. La montaña culmina con más piedras grandes, sobre las que hay que hacer equilibrios para asentarse bien y contemplar el majestuoso escenario que se ofrece.
Al poco de disfrutar de la cima, la compartimos con una pareja, también atrapada por la atracción de esta montaña. Tras un rato, decidimos compartir también el descenso, para hacerlo juntos, y cuanto más, mejor, por el riesgo de caída de piedras en los tramos de empinadas laderas. Un descenso que realizamos con sumo cuidado, empleando esos cinco sentidos... o alguno más, porque la intuición juega un papel fundamental. Nos toma una hora y tres cuartos, con toda la cuenca de l’Escaleta a nuestros pies.
Liberados de la tensión, retomamos el camino que habíamos dejado abajo para subir al Coll de Toro, que nos da acceso al ibón que toma su nombre y que desagua en tierras aranesas. Un breve momento que nos sabe a gloria, tras el cual nos ponemos en marcha para dar comienzo al descenso, recorriendo el itinerario de subida, salvo el bucle de la Tuca, naturalmente, que nos lleva a pasar por los mismos preciosos parajes hasta La Besurta, donde tomamos el bus de vuelta a El Vado.
Teníamos más "poyaques" en la recámara para hoy, pero la inesperada dificultad de la Tuca nos ha disuadido, terminando esta ruta de 13,2 km en 8 horas y media, con un desnivel acumulado en torno a los 1015 m D+/- (955 m en Wikiloc), habiendo alcanzado la altura máxima de los 2712 msnm de la Tuca d’Aiguallut, viendo, escuchando, oliendo, palpando y saboreando estos impresionantes entornos.
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