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Carbaineu (1.588 m)

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Luis Astola Fernández
arrow-iconFecha Alta
10/08/2017
arrow-iconModificado
10/08/2017

Carbaineu (1588 m) es una de las espléndidas montañas que conforman la profunda cubeta donde se agazapa la aldea de Perlunes (en la variedad de bable hablada en Somiedo pronúnciese Pertsunes); en Aguino y Corés conocen esta cima como Peña Blanca, mientras que los más viejos de Perlunes se refieren a ella como Llano Corral (Chano Corral, en somedano).

El valle de Perlunes se desarrolla al pie de la elevada Sierra del Páramo (Mocosu - 1998 m), enmarcado por los dos poderosos cordales que se prolongan desde ella hacia el N. El que cierra el flanco oriental actúa como divisoria de aguas con el valle del río Somiedo, con dos cotas airosas e inconfundibles: Peña Mochada (1659 m) y Peña Cerridiel (1484 m); el ramal occidental se prolonga a partir del collado Cerreo (1475 m) por las alturas de El Torno (1606 m), La Cuguruza (1514 m), Carbaineu (1588 m), Alto Vildeu (1539 m) y Carbachinos (1486 m), con una bifurcación más septentrional que, por el Prao Niseiro (1394 m), establece el interfluvio con el valle del Pigüeña.

La triste y verdadera historia del viejo camino del Furao

Desde la cima de Carbaineu se desprende al SE un afilado crestón calizo, que se prolonga con idéntica fisonomía por la vertiente contraria hasta las alturas del pico Cerridiel (1464 m). Con paciencia geológica, las aguas licuadas de las nieves del Páramo, que afloran más arriba de las ruinas de la braña de Fontaguín, encauzadas en el impetuoso arroyo Perlunes, han conseguido cercenar la dura muralla pétrea y labrar entre ambas montañas la impresionante Hoz del Furao; el río se precipita luego, desfiladero abajo, buscando la aldea de Aguino y las estrecheces de Fincalculo, para engrosar el caudal del Somiedo, aguas arriba de La Malva.

Hasta no hace muchos años, y desde tiempo inmemorial, el acceso a Perlunes desde Pola de Somiedo y Aguino se colaba por las angosturas del Furao y trepaba con un trazado insólito y sabio, solo apto para caballerías bien templadas y carros tirados por vacas, hasta la hermosa vega donde se asienta la antigua aldea vaqueira; más de una vez tropezamos en aquel paraje encantado y estremecedor con el rastro reciente del oso, en forma de gran excremento, aún tibio y humeante, adornado con abundantes huesos de cereza.

En 1981, con la loable intención de salir de su secular aislamiento, los vecinos de Perlunes decidieron construir "en sestaferia" (trabajo vecinal para mantenimiento de caminos, conocido en otros lugares como vereda o auzolan) la actual carreterilla que hoy gana las casas de la aldea. Para evitar las estrechuras y los recuestos de la hoz del Furao, se trazó en la ladera que mira a Aguino un pronunciado zigzag y se horadó a golpe de barreno el túnel que cruza la barrera caliza que desciende desde Carbaineu, sobre la margen izquierda del desfiladero.

Lamentablemente, la ausencia de control de la obra por parte de la administración se alió en este caso con la ignorancia, la falta de sensibilidad y cierta dosis de rabia acumulada a lo largo de siglos de aislamiento y olvido, y la mayor parte de los escombros procedentes de la perforación del túnel acabaron ladera abajo; el mágico paraje quedó completamente desfigurado y el ancestral camino del Furao desapareció sepultado bajo toneladas de rocas y de desidia. Recuerdo con dolor e impotencia este triste episodio que, por circunstancias que no vienen al caso, me tocó vivir personalmente. Aún es posible reconocer desde la altura algunos rastros de su magistral trazado que, de haberse salvado de una destrucción tan gratuita e inútil, aparecería con letras destacadas en las guías excursionistas de Somiedo.

Paradójicamente, la anhelada carretera, que sin duda contribuyó a mejorar el acceso y las condiciones de vida de los habitantes de Perlunes, se convirtió también en herramienta para acelerar su despoblamiento, al facilitar el abandono de la aldea, al reclamo de la vida urbana, de algunos de sus mejores paisanos. Como una triste metáfora del fin de un mundo rural que algunos llegamos a conocer y a vivir, la carretera de Perlunes acabó con el camino del Furao, cargado de connotaciones ancestrales, y provocó también la muerte de unos modos de vida, de unas costumbres y de unos esquemas de relación vecinal basados en el apoyo y en la colaboración entre los paisanos, que dejaron de tener sentido al desaparecer su aislamiento con el mundo exterior. Pero estas son ya historias para ser contadas en otro lugar.

Parque Natural de Somiedo. Osos y turistas

El de Perlunes es uno de los valles secundarios del concejo asturiano de Somiedo, que geográficamente se estructura en torno a cuatro valles principales, denominados como los propios ríos que los forman: Valle de Saliencia, Valle de Lago, Valle de Somiedo y Valle de Pigüeña. El río del Lago y el de Saliencia desaguan en Pola y en La Malva, respectivamente, en el cauce del Somiedo, que se une en Aguasmestas con el Pigüeña y recorre bajo esta última denominación el Concejo de Belmonte, hasta desembocar en el Narcea a la altura de San Martín de Lodón.

Declarado Parque Natural desde 1988, Reserva de la Biosfera desde 2000 y ZEC (Zona Especial de Conservación, de la Red Ecológica Europea "Natura 2000") desde 2014, Somiedo es un vasto espacio natural (casi 300 km2) concebido fundamentalmente para la conservación del hábitat del oso pardo (Ursus arctos); se calcula que entre el 40 y el 50% de la población osera del sector occidental de la Cordillera Cantábrica, que abarca desde los Ancares hasta los concejos asturianos de Teverga, Proaza y Quirós, se cobija entre las espesuras de Somiedo.

Al reclamo del oso, y de otros innegables encantos naturales y paisajísticos de este prodigioso espacio natural, en los últimos años el número de visitantes se ha multiplicado en Somiedo de manera exponencial, propiciado además por el aumento de la oferta hostelera y por la interesada promoción comercial del sector. Esta circunstancia provoca ciertos desequilibrios y contradicciones, aparentemente insalvables con los modelos actuales, cuando se trata de compatibilizar la protección del medio con la promoción turística, es decir, la conservación de la vida natural con su explotación económica.

En algunas épocas del año y en determinados lugares, Somiedo soporta un excesivo número de turistas, en su mayor parte urbanitas bienintencionados, con una curiosidad legítima y sin duda amantes de la naturaleza en un sentido amplio y difuso, pero turistas, al fin, con todas las connotaciones peyorativas del término. Demasiados coches en La Farrapona o en Valle de Lago; demasiados puntos desde donde grupos de turistas ávidos acechan durante horas la madriguera del oso, para intentar avistarlo a través de potentes prismáticos o de cámaras equipadas con aparatosos teleobjetivos; demasiados atletas (más de 600 en la última edición del "DesafiOSOmiedo", entre maratonianos y ultra-trail) alterando sin ninguna necesidad, y con el aparente beneplácito de todas las autoridades competentes, la tranquilidad de un espacio natural protegido...; resulta paradójica la ilimitada capacidad del ser humano para acabar destruyendo casi todo lo que toca. Y Somiedo no es una excepción...

Somiedo, mucho más que osos

El excesivo protagonismo otorgado al oso casi consigue eclipsar al resto de la fauna existente en Somiedo; algunas de las especies presentes en las montañas somedanas, sin ser tan mediáticas como el emblemático plantígrado, resultan también excelentes indicadores de la, todavía, buena salud de este espacio natural. El urogallo cantábrico (Tetrao urogallus cantabricus), casi desaparecido en la comarca durante las tres últimas décadas, a pesar de la existencia del parque natural; el lobo (Canis lupus), la nutria (Lutra lutra), el rebeco (Rupicapra pyrenaica); y otros animales más discretos, como el desmán (Galemys pyrenaicus), el mirlo acuático (Cinclus cinclus), el águila real (Aquila chrysaetos)..., habitan en los bosques, ríos y peñas de este privilegiado rincón de la Cordillera Cantábrica.

La rápida progresión del corzo en Somiedo se ha visto dramáticamente frenada en los últimos años, igual que está ocurriendo en otros lugares peninsulares, entre otras posibles causas, por la Miasis faringea, enfermedad producida por un díptero (Cephenemyia stimulator), cuyas larvas invaden las cavidades mucosas (boca, nariz, faringe, tráquea...), debilitando al animal parasitado y dejándolo a merced de todo tipo de depredadores y peligros potenciales.

El ciervo, por su parte, fue introducido en 1970 en el valle de Pigüeña con fines cinegéticos; tras un progresivo aumento hasta la década de los 90 -recuerdo haber contado, a mediados de los 80, una manada de 62 ejemplares corriendo en fila india por la Fana de Pigüeces, en la ladera occidental del Prao Niseiro (1394 m)-, la población de venado en Somiedo ha disminuido drásticamente en los últimos 25 años. Desde 1966, Somiedo da nombre a una extensa Reserva Nacional de Caza, que ocupaba 870 km2 y se extendía además por los concejos de Teverga, Proaza, Quirós y Lena; en la actualidad, el territorio somedano sigue incluido en la Reserva Regional de Caza de Somiedo, actividad aparentemente compatible, con algunas restricciones, con su consideración como Parque Natural, Reserva de la Biosfera y zona ZEC de la UE.

De Pola de Somiedo a Perlunes por Aguino

Desde la carretera AS-227, a la entrada de Pola de Somiedo, sale una pista asfaltada (señalizada a Aguino, 3 km y Perlunes, 6 km), que serpentea en fuerte pendiente hasta el collado de Aguino, dejando atrás los escasos restos del tenebroso Castillo de Alba (s.XIII); en el mismo alto se ha instalado un mirador con información ornitológica y panorámica, desde donde contemplamos por primera vez la boscosa ladera nororiental de Carbaineu (1588 m), aquí denominado Peña Blanca. Un pronunciado descenso desde el collado nos sitúa en la escondida aldea de Aguino, que parece desmoronarse poco a poco.

Un puente con una precaria señal nos enfila río arriba hacia el desfiladero del Furao, cuya pared occidental se salva a través del túnel que destruyó el viejo camino de acceso a Perlunes. Un tramo algo más tendido entre prados, antaño un cortinal sembrado de escanda y otros cultivos, nos lleva por la amplia y luminosa vega hasta las primeras casas de la aldea. Pese a su ubicación algo remota y a altitud elevada, Perlunes es un pueblo relativamente grande, que ha sabido conservar y renovar la mayoría de sus casas, molinos, hórreos y paneras, a pesar del despoblamiento sufrido en las últimas décadas. Además del núcleo principal, distribuido en torno a su pequeña y rústica iglesia de San Xuan, a partir de la escuela el caserío se bifurca en dos barrios: el Brañueto, que se estira río arriba por ambas orillas, y las soleadas Cuendias.

La buena salud de la fauna que puebla el parque natural exige proteger los sectores más sensibles, especialmente las áreas de cria y alimentación del oso, de la presión que supondría una excesiva presencia humana. Esto conlleva la creación de amplias zonas de acceso restringido que, en el caso de Perlunes, inmerso en una naturaleza boscosa y salvaje, llegan hasta la misma puerta de las casas. La mayoría de los terrenos que se extienden en torno al pueblo, especialmente los bosques y peñas del gran circo que cierra el valle hacia el sur, están vetados salvo para los ganaderos y el personal vinculado al Parque.

Para el simple montañero, discreto y escrupulosamente respetuoso con el medio, esto supone la prohibición de ascender desde Perlunes (lo que no deja de resultar un agravio comparativo respecto a la permisividad y las facilidades otorgadas a las agresivas y masificadas carreras de montaña, aunque se desarrollen por áreas arbitrariamente declaradas como no restringidas) al Mocosu (1989 m) y a la sierra del Páramo, al Torno (1606 m) o a la maravillosa Mochada (1659 m), que cuenta incluso con buzón de montaña y exhibe un perfil puntiagudo obsesivamente atrayente.

A Carbaineu desde Perlunes

Así las cosas, iniciamos hacia terrenos libres de restricciones la ruta a pie, junto a la antigua escuela de Perlunes (1088 m), reconvertida en vivienda por Celia y Lolo "Fernandón", un recio paisano de Villar de Vildas (Vitsare, le llaman los oriundos) que utiliza los montes y prados de Perlunes como braña estival para su numerosa vacada. Por la rampa hormigonada de Las Cuendias, se pasa junto a una fuente de fresca agua con lavadero y se deja atrás, en la parte más alta del pueblo, un precioso conjunto de casinas escalonadas de piedra donde, hace muchos años (y me consta que sigue ocurriendo actualmente, en una convivencia ancestral y saludable entre el oso y el paisano somedano), el oso chambión que se comió la miel de los truébanos de Cesáreo dejó marcada su huella en el barro del camino, para que la descubriésemos a la mañana siguiente con un escalofrío de miedo y de emoción.

Al final de las casas, continúa el camino de carros, ancho y en buen uso, que asciende suavemente entre prados de siega, a la sombra de los fresnos, hasta las cabañas de La Ragua. Pasada una primera bifurcación (a la derecha una gran cabaña de piedra rojiza que amenaza ruina inminente), se sigue el camino por la vaguada, junto a dos cabañas más sencillas en buen uso; enseguida, la senda aparece cortada y con vegetación cerrada, pero el tramo a salvar es muy corto y, tras el obstáculo, el camino continúa, algo menos pisado, entre prados que han visto desmoronarse sus muros de cierre.

Nuestra vereda desemboca en otra más ancha, entre las dos últimas cabañas de la vachina. Descartamos la de la izquierda, que ostenta una horrorosa cubierta blanca de fibrocemento, que marca la ruta hacia el cercano Cochau de Pertsunes, Decuchada o Alto Collado (1378 m), abierto entre las alturas de El Tornu (1606 m) y La Cuguruza (1517 m). Seguimos en cambio la pared de piedra que cerca un jugoso prado en dirección a la cabaña techada de teja que lo corona. Sin llegar a alcanzarla, tomamos la senda de ganado que se desgaja a la izquierda y salva a media ladera por terreno despejado un redondeado chombo, en dirección hacia la parte alta del bosquete de Sobrandio.

Por encima de los últimos árboles, una empinada vaguada trepa hasta el collado Carbaineu (1433 m), de praderas querenciosas para el ganado, entre La Cuguruza y el propio pico Carbaineu (1588 m), ya en la divisoria hidrográfica con la cuenca del Pigüeña. Un buen camino, en su inicio pista ganadera, asciende hasta aquí desde Corés, por las cabañas de Fontisiecha y la Braña'l Monte, en un tiempo ligeramente superior al empleado desde Perlunes. Solo resta salvar al NE los 150 metros de desnivel que nos separan de la cima, siguiendo un sendero de ganado que zigzaguea hasta la cota sudoriental (1579 m) y recorriendo luego la inofensiva cresta hasta el hito de piedras que marca la cima de Carbaineu (1588 m), aunque el punto más elevado se encuentra en un atrevido saliente rocoso próximo.

Si hemos elegido un día despejado, Carbaineu es un mirador espléndido de Somiedo, un territorio erizado de montañas y hendido por profundos valles, con inmensas extensiones de oscuros hayedos donde sabemos que encuentra cobijo el oso. No hemos venido a Somiedo a verlo, mucho menos a acecharlo; pero, como llevan haciendo desde siempre por estas tierras vaqueiros y xaldos, hemos recorrido las sendas que recorre y hemos pisado por donde pisa, sin molestarlo. Y eso nos basta.

Con tiempo por delante y una buena planificación, es posible alargar notablemente la excursión: bien descendiendo a Aguino por los arruinados corros de La Falgueirúa y por viejas sendas en trance de desaparecer; bien continuando por los Cochaus al Alto Vildeu (1539 m) y, por el collado La Trapa, descender a Pineda por la braña de Orticeda u Ortigueiru; o a Pigüeña atravesando el hayedo encantado de la Enramada; o a Pigüeces por la Pena Don Cuova (1109 m) y la Braña Motiz, o ascendiendo primero al vértice del Rubio o Prao Niseiro (1394 m).

En el regreso a Perlunes por la misma ruta seguida en el ascenso (los viejos caminos de carro y las sendas de ganado que enlazan prados y cabañas permiten ligeras variantes), la vista se recrea en la perfecta armonía de este delicioso valle, enmarcado por las alturas veladas del Páramo, por la esbelta Peña Mochada (1659 m), bella y prohibida, y por el airoso Pico Cerridiel (1464 m), refugio de rebecos.

Señardá: El final de una generación

Caminando entre las casas de Perlunes, nos asalta inevitablemente el recuerdo de Cesáreo, paisano serio, emprendedor y respetado por vecinos y foráneos; de su mujer, Luzdivina, tan fuerte y a la vez tan frágil, a quien visitamos ayer en su retiro casi conventual de Trascastro; de Regino y de Cesarín, de aquella todavía unos guajes, que heredaron el espíritu trabajador de sus padres, han sabido aprovechar el tirón turístico de Somiedo y regentan con éxito honestos negocios hosteleros en Pola y Perlunes.

Tenemos la inmensa fortuna de volver a saludar, después de tantos años, a Juan "Gametoso", una auténtica fuerza de la naturaleza, capaz de enderezar, con un golpe de riñón, un carro volcado cargado de hierba, con vacas y todo; cada verano regresa con su dulce Soledad, incapaz de reñirle sus excesos, al pueblo de donde marchó llorando ("había que dar estudios a la hija"), después de romperse la espalda haciendo la carretera del Furao.

Recordamos a Manuel de las Cuendias, el anciano bueno y juicioso, cuya palabra era ley cuando arbitraba en los conflictos entre vecinos; a Manolo Carlisto, personaje viajado, histriónico y lenguaraz, divertido en la anécdota breve, e insoportable cuando repetía la misma historia por enésima vez; a Lolo "Segunda", a María "del Tsiebro", a Adriano, el vaqueiro del Pevidal, en el concejo de Salas...

Y, sobre todos ellos, echamos de menos a Manolón del Terruco, vaqueiro noble, terco y socarrón, que invernaba en Carriceu, en el concejo de Belmonte, y hacía la alzada a Perlunes en primavera con su punta de vacas y su manada de yeguas, a las que adoraba. Manolón nos presentó en sociedad en Perlunes, un pueblo al margen del mundo y de sus enredos políticos, pero receloso de las verdaderas intenciones de unos jóvenes, por añadidura vascos, que a principios de los convulsos años 80 pretendían vivir entre ellos y como ellos. Además de contribuir a vencer la lógica reticencia inicial de los vecinos, nos enseñó a cabruñar la gadaña y a segar en los prados de la Sidiecha sin clavarla de punta en la tierra, a ferrar la burra, a utilizar el cepillo, la garlopa o el guillame para trabajar la madera, y mil cosas más...

Lo que nunca consiguió, a pesar de su empeño, fue hacerme subir las pindias cuestas del Furao, Cerreo o la Decuchada con zancadas largas y pausadas, como caminaba él, con una vara de avellano en la mano, mordisqueando una ramilla de sauco y bromeando con su inmenso vozarrón. Con su eterna retranca, siguió burlándose y llamándome montañero cuando yo pretendía ejercer de aprendiz de paisano. Manolón del Terruco, el último vaqueiro de alzada de Perlunes, me regaló su confianza y su amistad.

Hace ya un tiempo, un mal ictus le oscureció el cerebro, le torció la sonrisa y le borró Perlunes para siempre...

Accesos: Perlunes (1h 45min); Corés (2 h); Aguino(1h 40min)

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