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La Mota (618 m)

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Luis Astola Fernández
Fecha Alta
21/01/2021
Modificado
23/01/2021
5

El núcleo primitivo de Labastida, que alberga calles con denominaciones tan descriptivas como Mota Alta y Mota Baja, se recuesta en la ladera meridional del Cerro de la Mota (618 m), orónimo frecuente (y redundante) que hace alusión, de manera genérica, a una colina o pequeña elevación sobre el terreno; el promontorio es conocido también como Cerro del Castillo.

La primera mención documental del castillo que debió de ocupar la cima del cerro, del que no quedan vestigios reconocibles, data de 1370, cuando el rey Enrique II de Castilla cede a Diego Gómez Sarmiento, señor de Salinas de Añana, las villas de Ocio y Labastida con sus castillos. Es de suponer que la existencia de la desaparecida fortaleza se remontaría muchos años atrás, teniendo en cuenta la ubicación fronteriza de la villa entre los reinos enfrentados de Navarra y Castilla y, antes aún, por su estratégico emplazamiento defensivo frente a las frecuentes incursiones árabes en la comarca. El castillo de Labastida, junto a los de San Vicente de la Sonsierra, Samaniego, Laguardia, Assa, Labraza y Lapoblación, se ocuparía desde época remota de la vigilancia y defensa de las poblaciones asentadas a lo largo de la margen izquierda del Ebro, en la comarca histórica y geográfica conocida desde antiguo como "Subserra" y posteriormente como Sonsierra.

Existen además evidencias arqueológicas de que la ermita fortificada del Santo Cristo (s.XIII), que exhibe su monumental fábrica románica y gótica en un rellano a poniente del Alto del Castillo, se construyó sobre un templo prerrománico anterior, presumible parroquia del primitivo poblado altomedieval; la propia antigüedad de la muralla que cerca la villa hace pensar en alguna fortificación coetánea emplazada en la meseta cimera de la Mota. Posteriormente, durante las contiendas civiles del siglo XIX, el cerro del Castillo y su entorno albergaron un recinto militar carlista, que ha sido objeto de excavaciones durante la última década por especialistas de la UPV/EHU; en el collado al norte del cerro se conservan restos de construcciones que pudieran corresponder a este periodo.

Existe constancia de que la villa albergó en época medieval una pequeña judería en torno a la Plaza del Olmo, topónimo que parece hacer referencia a algún ejemplar de esta especie desaparecido en época ignota. En la actualidad, la plazoleta está ocupada por un pariente lejano de nuestro olmo autóctono, un joven ejemplar de olmo de Siberia (Ulmus pumila), especie foránea resistente a la grafiosis; esta enfermedad fúngica, que se introdujo en nuestro pais en los años 30 del pasado siglo, ha provocado la extinción en pocas décadas de este popular árbol de sombra generosa, lugar de encuentro y foro vecinal y concejil, que presidía hasta hace poco las plazas de numerosos pueblos del interior peninsular. En el descriptivo escudo de Labastida, sobre tres arcos que simbolizan las puertas de la vieja muralla (aún se conservan los portales de Larrazuria y Toloño), y junto a una torre que parece corresponder al extinto castillo de La Mota, se representa la figura corpulenta y lozana del olmo desaparecido, símbolo en heráldica de valores como la amistad, la diplomacia y la confianza.

Desde el punto de vista geomorfológico, La Mota es el primero (o el último) de una serie de cerros de arenisca que forman una modesta alineación en forma de concha, desprendida al sur de la mole del Toloño, cobijando al pie de su ladera oriental los pagos vitícolas de Valderremelluri y la Granja de Nuestra Señora de Remelluri, antigua dependencia de los monjes jerónimos del monasterio de Toloño al menos desde el siglo XIV. A partir del cerro testigo de La Mota (618 m), se alzan hacia el norte las discretas colinas de El Matxinbrao (623 m), El Calvario (633 m) y La Simónica (646 m), con el breve y vistoso apéndice de San Kristobal (645 m) proyectado sobre un territorio dedicado al cultivo intensivo de la vid.

La cima del Castillo, que soporta el vértice geodésico de 4º orden denominado "Labastida", se ha reconvertido en un singular observatorio astronómico, dotado de un práctico planisferio celeste giratorio que permite localizar las constelaciones visibles sobre el firmamento nocturno riojano; un original panel muestra en idiomas castellano, euskera, latín y hebreo "...el cielo que se veía desde este pie del monte Toloño la noche del 20 de marzo de 1242, en la que se dio fuero a esta villa de Labastida". Al final de la reseña, como tenemos por costumbre, se transcribe el texto íntegro del panel, firmado por Marcelo Otsoa de Etxaguen (historiador, docente y miembro del Planetario de Pamplona), que describe con tono erudito y poético a la vez los astros que se observaban desde este lugar en la fecha señalada.

El cordal se presta a un paseo relajado por el excelente camino habilitado desde el casco de Labastida, denominado "Senda del Matxinbrao", utilizado por los bastidarras como zona de esparcimiento habitual; coincide además con las rutas de nordic walking señalizadas a la Ermita de San Ginés y a la Granja, que permiten prolongar el itinerario a conveniencia hacia una u otra vertiente de la serranía e, incluso, hasta las alturas del mítico Toloño (1277 m).

Circular desde Labastida por La Mota, la Senda del Matxinbrao y la Granja de Remelluri

Entretenido y poco exigente itinerario circular, sobre el trazado balizado de la "Ruta a La Granja" del Centro Nordic Walking de Labastida, que permite ascender con breves desvíos opcionales los cerrillos del Matxinbrao, Calvario y La Simónica (el de San Kristobal requiere un esfuerzo extra), visitar el relajante y pulcro entorno de las Bodegas de Nuestra Señora de Remelluri y su ermita de Santa Sabina, la necrópolis altomedieval de Santa Eulalia y los lagares rupestres de San Cristóbal y Marrate.

El recorrido se inicia en los aparcamientos cercanos a Bastida Ikastola, bajo el casco histórico de la villa (525 m), dominado por el promontorio de La Mota (618 m). La monumental fachada barroca de la Asunción (s.XVI) y su descomunal torre son referencias ineludibles para remontar las empinadas cuestas de la población hasta la Plaza del Olmo. En este punto, donde existe un panel de las rutas de nordic walking, se inicia la senda balizada que abandona el núcleo urbano a través del Arco del Toloño.

Para ascender más directamente al Cerro del Castillo, sin embargo, preferimos alcanzar primero la ermita-fortaleza del Santo Cristo, primitivo templo de la aldea medieval, un sobrio y compacto edificio construido con recios sillares de arenisca dorada, en el que destacan al exterior una cornisa decorada con canecillos románicos, la espléndida portada tardorrománica abierta en la fachada sur y un pequeño óculo gótico en el muro de poniente. El lugar es un magnífico mirador hacia las tierras riojanas y los atormentados relieves que se extienden desde Obarenes y los riscos de Bilibio hasta las cumbres de Toloño.

Frente al ábside se estira hacia el este, al pie del cerro, una terraza ajardinada; una escalinata de piedra a la izquierda da paso a un camino acondicionado con peldaños que trepa de manera rápida y algo abrupta por la ladera meridional hasta la meseta cimera de La Mota (618 m), provista de los variados elementos descritos más arriba. La panorámica, magnífica, se amplía hacia los altos puertos boscosos de Ribas y Osluna, las tierras de la Sonsierra perfiladas por los meandros del Ebro y los perfiles nevados de la Demanda y el pico San Lorenzo.

Antes de tocar la cumbrera, habremos tropezado con una especie de tótem labrado en madera, la primera de una serie de propuestas escultóricas al aire libre del polifacético artista y enólogo local Pedro Pablo Amurrio, que nos van a acompañar en el paseo por la Senda del Matxinbrao. La continuación de la ruta no precisa demasiadas explicaciones. En el collado inmediato al norte de La Mota, donde se conservan vestigios de viejas construcciones, una hilera de bancos de madera invita a la contemplación del paisaje riojano; un pequeño panel nos ilustra sobre las variedades de uva más utilizadas para la elaboración del vino D.O.C. Rioja: tempranillo, garnacha, mazuelo, graciano, malvasía y garnacha blanca.

El camino contornea a piso llano los cerrillos del Matxinbrao, Calvario y La Simónica, que se pueden ir coronando sucesivamente con un mínimo esfuerzo por nuestra parte, a la vez que descubrimos las obras del artista bastidense expuestas a lo largo de la senda. En el collado entre las dos últimas cotas, se conserva una infraestructura hidraúlica (acueducto y canal) "para el transporte de agua por gravedad desde los manantiales de la sierra hasta el núcleo de Labastida y sus campos", como reza el panel contiguo. El ingenio, fechado probablemente a mediados del siglo XIX (aunque hay constancia documental de la existencia de una acequia al menos desde mediados del siglo XVI), está construido a base de sillares de arenisca unidos en las testas por medio de un ensamble machihembrado, que sin duda es el origen del bizarro nombre de la senda que estamos siguiendo.

Rebasados todos los promontorios, junto a una viña a plena loma, un poste de señales de la "Ruta Matxinbrao" señala la encrucijada de caminos hacia la ermita de San Ginés, distante apenas 400 metros de este punto, y hacia Remelluri (530 metros); tomamos esta última dirección por una senda en descenso a la derecha, que en breve alcanza los pagos de la Granja de Nuestra Señora de Remelluri (Granja Uzmendi en los mapas del IGN). Tras un pasado con presencia celtíbera y romana, Remelluri entra en la historia como villa fundada en el siglo X por un repoblador de nombre Herramel ("Herramelluri"), época en la que se data la cercana necrópolis altomedieval de Santa Eulalia. Entre los siglos XIV-XVI fue priorato y lugar de invernada de los monjes jerónimos del santuario de Nª Sª de los Ángeles de Toloño.

Tras diversos avatares históricos, en 1967 la granja y sus terrenos son adquiridos por el empresario irundarra Jaime Rodríguez Salís (aficionado a la arqueología y fundador de Arkeolan, entidad cultural dedicada al estudio y protección del patrimonio arqueológico de Euskal Herria), que rehabilita los edificios, recupera los viñedos y crea la prestigiosa Bodega Remelluri, solar de referencia en los caldos de Rioja Alavesa. En la época de reposo invernal del viñedo, este cuidado lugar transmite una placentera sensación de tranquilidad, orden y armonía.

En la remozada ermita de Nuestra Señora de Remelluri (anteriormente dedicada a Santa Sabina, mártir de arcaica advocación), se exhiben (bajo demanda) los cuadros del "santoral mozárabe" que el pintor donostiarra Vicente Ameztoy (1946-2001) creó entre los años 1993 y 2000; en esta iconografía aparentemente irreverente, tratada bajo la peculiar mirada de este artista agnóstico e inclasificable, aparecen retratados como fondo de las imágenes algunos hitos paisajísticos de este apacible rincón riojano.

Un corto desvío desde la ermita por un camino entre las viñas permite visitar la importante necrópolis altomedieval de Santa Eulalia (s.IX-XI) (ETRS89 30 518544 4716340), descubierta por el propio Rodríguez Salís y excavada originalmente por el equipo de Armando Llanos en 1968. Se trata de un numeroso conjunto de tumbas antropomorfas labradas en una plancha de arenisca, con la clásica orientación E-W de este tipo de recintos mortuorios fechados en época altomedieval; un paraje dotado de una belleza serena y solemne.

De vuelta junto al caserón de la granja, recuperamos la traza y alguna baliza de la ruta de nordic walking, que continúa hacia el sur por la pista principal de acceso a la finca procedente de la carretera A-3202 (Labastida-Ribas de Tereso). De camino al asfalto, una bifurcación a la derecha nos permitiría visitar (1 km, ida y vuelta), rodeando el cerro San Kristobal (645 m), el lagar rupestre del mismo nombre (ETRS89 30 517954 4716056), uno de los más interesantes entre el medio centenar de estas cubetas, destinadas al prensado de la uva desde la lejana edad media, descubiertas en el municipio bastidense; a medio camino, junto a una bifurcación que permitiría una trepada abrupta hasta la cima de San Kristobal, existen indicadores para localizar el lagar.

Tras la visita opcional y el regreso a la ruta balizada, una vez pisado el asfalto de la A-3202 otro corto desvío señalizado permite ubicar el lagar rupestre de Marrate (ETRS89 30 517608 4715668), dotado de un pequeño panel que detalla sus características principales. La poco transitada carretera nos devuelve en breve a Labastida, donde finaliza esta entretenida ruta por la montaña y el patrimonio cultural y etnográfico más próximos a la villa sonserrana (la duración, muy variable, dependerá de las paradas y de los desvíos que se realicen para ascender a los cerrillos o para visitar los puntos de interés reseñados: entre 2 y 4 horas)

Acceso: Labastida, a La Mota (20 min)

Anexo

Texto del panel astronómico ubicado en la cima de La Mota (Marcelo Otsoa de Etxaguen)

"Este es el cielo que se veía desde este pie del monte Toloño la noche del 20 de marzo de 1242, en la que se dio Fuero a esta Villa de Labastida.
El 20 de Marzo, 13 días antes de las calendas de abril, de 1242, el Rey de Castilla Fernando III, al que la Historia llama 'El Santo', da fuero a la villa de Labastida; villa de frontera del territorio que recientemente se había incorporado a su reino. Tras caer la tarde, entre las 20 y las 22 horas, cristianos, musulmanes y judíos, villanos y campesinos pudieron ver un cielo como este.
Mientras el rojizo Marte aún es visible bajo la luz crepuscular del oeste, algo más alto, entre los cuernos de Tauro, podemos ver al mayor de los planetas, cuyo brillo hace palidecer a Aldebarán, el ojo enrojecido del toro, que centellea bajo el gigante gaseoso, encabezando la V de las Hyades.
Cerca del Sur, la estrella más brillante del cielo de la noche, Sirio, nos recuerda el invierno que se va. No lejos de ella distinguimos a Orión con su cinturón y sus dos estrellas de colores, Rigel y Betelgeuse, que junto a Proción, del Can Menor, y el propio Sirio, forman un hermoso triángulo equilátero. Más al Norte, los gemelos Cástor y Pólux siguen la estela de Tauro. Sobre el Sureste, Saturno, el señor del tiempo, rivaliza en brillo con Basiliscos, nuestra actual Régulo, que forma parte de la pata delantera de Leo. En el Este, la luz de un Arturo recién salido destaca sobre un horizonte ya completamente negro, por el que lentamente aparece Spica de la zodiacal Virgo.
Será la primera de las dos noches de ese año que durarán doce horas. Esa misma noche, los aún desconocidos Neptuno y Plutón viajarán también entre las estrellas del Zodiaco. Cuando, al amanecer, sonrían las tinieblas nocturnas dejando entrever los blancos dientes de la Aurora, la primavera se abrirá sobre Labastida." (Marcelo Otsoa de Etxaguen. 2011)

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