Añado una interesante propuesta de ascensión a Santa Elena, que realicé el pasado viernes 15 de junio. Muy importante señalar que la época ideal para hacer el recorrido es justo ahora. La primavera ha sido lluviosa y permite mantener unos prados henchidos de agua, y con abundante hierba. Si lo hacemos en fechas más adelantadas del verano, el recorrido perderá mucho encanto, por tratarse de una zona bastante árida y escasamente arbolada.
El punto de partida es la aldea de San Martín de Jubera (802 m.) prácticamente desaparecida en los años 70 del pasado siglo, pero que como muchas otras ha experimentado un leve renacer en los últimos 15 años, ayudado por la construcción de la carretera que comunica con la cabecera del municipio, Santa Engracia de Jubera. Primero fue una pista forestal, luego carretera asfaltada la que facilitó el acceso hasta el lugar, que hasta entonces sólo era posible por un camino de herradura remontando el barranco de San Martín. El último nacimiento se produjo nada menos que en 1957, y fue el de mi compañero de trabajo Pedro César Caceo Barrio. El lugar nunca llegó a estar totalmente deshabitado, aunque a punto estuvo de ello, pues a finales del siglo XX sólo quedaban dos personas. Hoy la situación ha cambiado; hay bastantes casas arregladas, pero utilizadas básicamente los fines de semana.
Iniciamos la ruta remontando el barranco de San Martín por su margen izquierda. La senda discurre en un plano ligeramente elevado paralelo al río, con signos de evidente deterioro por falta de mantenimiento. Atravesamos unos prados encharcados, llenos de flores de primavera y abundantes setas senderuelas, pero amenazados por el avance imparable de los matorrales, que de forma lenta pero inexorable, acabarían cerrando el camino, si no fuese por la presencia de una pequeña cabaña ganadera de vacas y caballos que mantienen accesible el camino. El arroyo canta claro y fuerte, pues pese a tratarse de un curso de escaso caudal, se comporta como río adulto, al tener que sortear el obstáculo que suponen los estratos inclinados de areniscas rojas del Cretácico Inferior transversales al curso del río. La fuerza del agua y el tiempo consiguen labrar un paso acanalado en la roca por donde atravesar los estratos, formando pequeñas cascadas que caen en las numerosas pozas que jalonan el recorrido. Pasamos por los corrales de Pedro Castilla, recientemente restaurados con mucho esfuerzo por un joven descenciente del pueblo. Saltando entre piedras, atravesamos el arroyo hasta contactar con una pista forestal que bordea un pinar de repoblación. Seguimos por la margen derecha del barranco, y unos 100 mt despues descendemos unos metros hasta el punto en el que se juntan dos barrancos. Tomamos el de la derecha según la dirección de la marcha, hacia el W, despreciando el que viene del Sur. Aquí el camino se empina ligeramente, y discurre paralelo al barranco entre jaras y cantuesos en flor. Estos días primaverales nos acompañará el canto de numerosos pajarillos, y no será extraño vernos sorprendidos por el vuelo de alguna perdiz.
Llegamos a la aldea de El Collado situada a 1090 metros. (1 h 30´), y que hace honor a su nombre al estar situada en un collado que separa los barrancos de San Martín y Santa Engracia. Inmediatamente saludo a todos sus habitantes a día de hoy: Marcos Moya, con el que coincidí brevemente como compañero de trabajo 20 años atrás, y su esposa Lucía, ambos exfuncionarios, que después de jubilarse se asentaron definitivamente en el lugar. Aquí cuidan unas pocas ovejas y una punta de cabras, hacen quesos, y disfrutan de la vida , pues según palabras de Lucia, "no hay mejor sitio en el mundo para vivir que El Collado". Hoy no encontramos al resto de la población permanente, Auspicio Caceo "El Auspi", y Vicenta Barrio, padres de Pedro César, al que situamos como último niño nacido en San Martín. Y es que el Auspi , nacido en El Collado, se fue a casar a San Martín, y allí vivió unos años. Después emigró a Logroño, para trabajar en las fábricas, hasta que llegada la jubilación se fue para El Collado, donde pasaba todo el año, acompañado unas veces por su esposa, y otras veces sólo, dedicando el tiempo a labrar todos los huertos del pueblo. Los años no perdonan y ahora, alcanzados los 90 años, sube para el Collado en el buen tiempo, permaneciendo el invierno en la capital. Por cierto, los dos matrimonios, protagonizan un capítulo del libro "Los Ultimos", de Paco Cerdá, sobre la despoblación en la montaña española.
Me despido de Marcos y Lucía, y seguimos la ruta. Pasadas las ruinas de la iglesia, subimos hasta el cementerio, y tomando una senda entre las jaras, alcanzamos la primera cima del día: Peñas Sarnosas, de 1.152 mt. (15') En la cima, el tradicional montículo de piedras, en ausencia de vértice geodésio o buzón montañero. Descendemos por la misma senda, y enfrente,al otro lado del barranco de Santa Engracia podemos observar las ruinas de otra de las aldeas de Santa Engracia de Jubera, Bucesta. Apenas queda media docena de casas, pero tiene la particularidad de poseer dos iglesias. Tomamos la pista que sale en dirección Norte y luego Noreste, hasta observar a nuestra derecha el objeto de la marcha, la cima de Santa Elena (45´). La subida es sencilla, y las vistas desde la cumbre magníficas: al Norte, la Sierra de Cantabria y Codés, con el Valle del Ebro, y por los otros aires, las montañas de Cameros Viejo y Alpujarras Riojanas. Si fijamos la vista al NW, podremos observar dos de las dolinas u hoyas de Zenzano: La Redondilla (o Corrondilla) , es la mayor con un diámetro de 180 metros, y la más pequeña se llama de La Cueva. Desde aquí no se aprecia la otra hoya, llamada de La Covaza, situada a pocos centenares de metros de Zenzano en dirección W.
El paisaje se vuelve más árido, y el suelo está colonizado prácticamente por las jaras, a las que los habitantes de la zona denominan "estepas", y que han servido tradicionalmente como combustibles en las cocinas de las casas, dada la escasez de arbolado en el contorno. La pista desciende suavemente hasta llegar a los Corrales de las Ciruelas (30´), y unos metros mas adelante, al otro lado del barranco de Santa Engracia, damos vista a la aldea de Santa Cecilia, semivacía de habitantes, y dedicada básicamente a explotación ganadera.
A partir de aquí tenemos dos opciones: Seguir la pista hasta alcanzar la carretera que lleva a San Martín, teniendo en cuenta que los últimos dos km. se hacen por asfalto, o bien , y preferiblemente, abandonar la pista en el momento en que veamos la aldea de San Martín a nuestra derecha en el fondo del valle, y recurrir a las múltiples sendas que descienden hacia el barranco combinadas con una pista semiabandonada, y por los términos de Las Conejeras, o el Corral de San Martín, conectar con la senda inicial del recorrido, hasta llegar a San Martin (1 h.). Total del recorrido 4 horas.
Antes de la construcción de la carretera, el único acceso a San Martín de Jubera, partía del pueblo de Jubera, en dirección a la Ermita de la Virgen del Prado y las Minas de Jubera. Pasadas las minas, una senda apenas marcada hoy en día, nos lleva a un mágnífico puente que permite atravesar la considerable hondonada del Barranco de San Martín. A partir de aqui el camino está en buen estado, y primero paralelo a la margen izquierda del rio, y luego por su derecha nos lleva suavemente hasta San Martín. Digno de mención es el puente de acceso a esta aldea, de un ojo, semicircular, construído en cal y canto, y rehabilitado recientemente por la Asociación de Vecinos de San Martín de Jubera. Esta variante del recorrido, incrementa la duración total de la travesía en unas dos horas.