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Si hablamos de Córdoba desde un punto de vista montañero, a buen seguro la brújula y la mente apuntarán hacia el sur de la provincia, allí donde se alzan las bellísimas montañas de la comarca de la Subbética, presididas por la giganta cordobesa: La Tiñosa.
Sin embargo, la blanca caliza y el paisaje kárstico de este sector comparten espacio provincial con otras sierras mucho más desconocidas, no tan vistosas ni visitadas, pero enmarcadas en un vasto, salvaje y escasamente poblado territorio donde se desarrolla una rica flora y una fauna realmente interesante, destacando la presencia de lobo, lince ibérico, águila real, cigüeña negra y la tercera colonia andaluza de buitre negro (65 parejas). Agárrense, que vienen curvas. Nos vamos a la Sierra Morena cordobesa.
La comarca se extiende al oeste de la provincia, quedando delimitada por el curso del Guadiato (N, a excepción de algunas sierras importantes al norte de este río), el del Guadalquivir (S), la ciudad de Córdoba (E) y el río Retortillo (O), tras el cual se encuentra cercano el Parque Natural de Sierra Norte, ya en la Sierra Morena sevillana.
La Sierra Morena cordobesa que, a pesar de su escasa población, comprende ocho municipios, es un extensísimo tapiz de bosque mediterráneo, principalmente encina, alcornoque y pino piñonero, donde el paisaje se arruga en cerros y montañas de relieves poco vigorosos pero no por ello exentos de belleza. Actividades como la fabricación de corcho, la apicultura y la ganadería forman parte importante del modo de vida de la comarca. Aparte de estos nobles oficios, parecen ser importantes los ingresos provenientes de la actividad cinegética, en forma de monterías, alquiler de monte público, etc. Es por esta razón que encontramos, a lo largo y ancho de la Sierra, numerosísimos vallados que delimitan grandes fincas privadas, cerradas a cal y canto en la mayoría de los casos. La polémica y, en algún caso, los pleitos, no son ajenos a la zona, al encontrarnos caminos de utilidad pública que han sido usurpados y, en consecuencia, prohibidos al caminante.
Algunas montañas relevantes de la Sierra se encuentran presas dentro de estos terrenos, por lo que acceder a ellas no es fácil, dentro de la “legalidad”, al menos. Tal es el caso de Erillas (896 m), máxima elevación del sector que nos ocupa, situada en los dominios de la finca Las Erillas, o el Cerro de la Señora (887 m), recluido dentro de la finca Los Posteruelos. Mención especial merece el pequeño Castro y Picón (o Castripicón, 649 m), en la finca Castelpicón, el cual, a pesar de ser “chiquito”, destaca y es fácilmente reconocible desde muchos puntos gracias a su forma picuda y a una característica banda rocosa que le distingue de las demás montañas.
Ascensión al Cerro de las Cruces (888 m)
Es un verdadero placer, pues, poder ascender a una cima con total libertad, sin tener que saltar vallados ni caminar con la respiración entrecortada por la tensión, mientras maldecimos el egoísmo de aquellos que provocan que tengamos que andar así, como en el caso del Cerro de las Cruces. Este monte se encuentra cerca de Villaviciosa de Córdoba (693 m), una de las poblaciones más elevadas de la provincia, situada prácticamente en el centro del sector cordobés de Sierra Morena, a la que se accede por diversas rutas desde la ciudad califal. Aunque la más rápida es la que viene de la carretera N-432 (dirección Badajoz), mucho más sugerente es olvidar las prisas, armarse de paciencia y llegar al pueblo por una preciosa y solitaria carreterilla local que parte de la capital y pasa por Santa María de Trassierra (población donde Góngora ejerciera de cura), retorciéndose en mil curvas, sorteando barrancos y acariciando la base del “pequeño” pico de Castro y Picón.
Los 888 metros del Cerro de las Cruces la convierten en la segunda altitud de la comarca, después del vértice de Erillas y sin tener en cuenta algunas de las montañas que quedan al norte del río Guadiato, como La Chimorra (959 m) y otras que superan los 900 metros, que quedan un poco al margen del sector que nos ocupa.
Aunque se puede ascender desde Villaviciosa, realizando una travesía larga por la amable loma noroeste de la montaña, elegimos, en nuestro caso, asomarnos a su vertiente meridional, la más agreste y vistosa, para rodear casi por completo el Cerro y acabar ganando la cima por el lado de poniente. Para ello, recorremos unos cuatro kilómetros por la carretera CO-3405 (antigua CO-110, que también se dirige hacia Córdoba por el Puerto del Aire, aunque no está señalizada como tal), hasta encontrar una pista asfaltada a la derecha, justo antes de llegar al antiguo km 38 (clásico mojón de carretera amarillo y blanco a la vista). Recorremos por ella algo más de 1,5 km hasta un puente sobre el arroyo Linares, donde aparcamos. En este punto otra pista, esta vez de tierra, desciende suavemente entre olivos y alguna casa dispersa. Tras cruzar un paso canadiense, la pista baja de manera más pronunciada hasta colocarse al nivel del arroyo Linares, que hemos traído en todo momento a nuestra izquierda (0,20). Se podría llegar aquí con cualquier vehículo sin mayores problemas y aparcar a la vera del camino.
Permanecemos atentos para abandonar la pista y tomar un camino que surge a la derecha (O), junto a una gran piedra, el cual se encuentra cerrado con una sirga y un candado. Introduciéndonos en un pinar llegamos en apenas veinte metros a una trifurcación, continuando por el camino central y principal, en suave ascenso. Tras un breve llaneo, antes de que el camino comience a descender (0,30), giramos radicalmente a la derecha, tomando otro que asciende más decididamente. Enseguida (0,35) se nos junta otro ramal por la derecha, que ignoramos, afrontando un breve tobogán a modo de “montaña rusa” hasta que damos vista a una vieja construcción en ruinas (0,40).
Abandonando el camino en el punto en que desciende, afrontamos con paciencia el visible y ancho cortafuegos que supera la dura pendiente de la cara meridional del Cerro de las Cruces, tomando dirección NO. Hemos descubierto ya los canchales y las caídas de esta vertiente, que llevamos a la derecha mientras ganamos metros entre una florida y aromática presencia de jaras y cantuesos, además de carrascas, que van apropiándose poco a poco del cortafuegos, dándole un aspecto bastante naturalizado y agradable.
Alcanzado un primer collado, ya en el cordal, continuamos rodeando la cada vez más cercana cumbre, siguiendo una vereda que asciende ya de forma más suave, surcando la vertiente occidental del Cerro hacia su ladera septentrional. Pocas dudas ofrece ya el itinerario, de lógica orientación y buen camino, jalonado por algunos ejemplares dispersos de alcornoque. Finalmente alcanzamos el vértice geodésico (1,10), situado en equilibrio sobre las oscuras rocas de arenisca, predominantes en el entorno.
Divisamos un horizonte de bosques y más bosques, entre los que destaca airoso el Castro y Picón. El profundo arroyo Linares nos separa del cercano Cerro de Peñas Pardas (836 m), cuya prominente silueta hemos visto durante la ascensión, y al que también se puede subir sirviéndonos de alguno de los cortafuegos que lo roturan. Destacan en la lejanía los vigorosos relieves de la Subbética y otras montañas jienenses, como el Ahillo.
Aunque la tentación existe (se puede intentar), obviamos cualquier otra posible ruta de descenso, por miedo a toparnos vallas de fincas privadas u olivares, optando por retroceder plácidamente sobre nuestros pasos.
Acceso: Puente sobre el arroyo Linares (Villaviciosa de Córdoba) (1h 10min)
