Gora

Cabezas del Llano (1.352 m)

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Luis Astola Fernández
Sarrera data
2016/09/28
Aldatze data
2018/08/09
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Con milenaria paciencia, el río Caracena ha excavado en el extenso altiplano de La Lastra un hondo surco, el afamado Cañón de Caracena, hasta conseguir desgajar de su matriz primigenia al pequeño macizo de Las Cabezas. En la localidad soriana de Tarancueña llaman Las Cabezas a la redondeada loma ocre que, cada tarde, se empeña en ocultarles el sol; y más en concreto a un pequeño promontorio rocoso, que los buitres utilizan como posadero habitual, situado a la izquierda de lo que parece el punto más elevado de la colina.

En realidad, Las Cabezas es un conjunto de tres suaves lomas, de altitud muy pareja, que culminan en la situada más al oeste, invisible desde el pueblo, denominada Cabezas del Llano (1352 m). Al sur de la cota principal se proyecta un alargado apéndice que, por el Alto de la Cañada (1331 m), acaba afilándose en el Pico de La Calahorra (1324 m), perfilando el horizonte de Tarancueña a poniente. Se trata de cerros amplios, de laderas algo pronunciadas pero breves, que conservan aún algún recuerdo de la intensa actividad ganadera que ha moldeado durante siglos su paisaje hasta convertirlas en los desolados calveros, casi sin rastro de arbolado, que se observan en la actualidad. Hacia el norte, el altiplano de Las Cabezas es un erial casi yermo que pierde altura suavemente hasta resolverse en la profunda cuña formada, alrededor de la encumbrada localidad de Caracena, por los barrancos de la Garganta y de los Pilones, y por el propio Cañón de Caracena.

El itinerario circular propuesto desde Tarancueña permite coronar la cima de Cabezas del Llano (1352 m), conocer la monumental Caracena y su montaraz entorno y rastrear, de vuelta a Tarancueña, las señales del GR 86 "Sendero Ibérico Soriano", que recorren el fondo del apacible y pintoresco Cañón del río Caracena. Recorrido algo exigente por su longitud (alrededor de 17 km y más de 4 horas de duración, que los abundantes puntos de interés a visitar alargarán previsiblemente), pero con desniveles muy llevaderos.

Desde Tarancueña

Una calle hormigonada circunvala por el sur la parte baja del pueblo hasta tocar la ribera arbolada del río Caracena (1115 m). Tras vadear el estrecho cauce del arroyo, el camino se orienta hacia el amplio collado abierto entre el Alto de la Cañada/La Calahorra y Cabezas del Llano. Hay posibilidad de acortar la ruta buscando entre árgomas los mejores pasos para alcanzar la Taina de Cuesta Conejos, visible a media ladera de la loma central de las tres que componen el grupo de Las Cabezas; solo una de las cabañas se mantiene en aceptable estado y muestra señales de seguir en uso. Se abren hermosas perspectivas de las colinas gemelas de Cabeza Ribas (1305 m) y Alto de los Collados (1308 m) y, mucho más cerca, de la estrecha cuerda de La Calahorra (1324 m) y Alto de la Cañada (1331 m).

Con el objetivo siempre a la vista, se sube atrochando por la ladera al ancho cuello entre las dos Cabezas más occidentales, y se gana sin más la aplanada cima de Cabezas del Llano (1352 m), coronada por un vértice geodésico. Sobresaltada por nuestra imprevista llegada, un águila real se lanza en silencio al vacío y planea sin un aleteo hasta perderse de vista.

Por el páramo hasta Caracena

No es necesario tener la proverbial agudeza visual de las rapaces para otear, algo alejada hacia el NW (4 km a vuelo de pájaro), la mancha grisácea del Castillo de Caracena, que hemos elegido como próximo destino; es importante fijar bien las coordenadas, la orientación o los puntos de referencia precisos para alcanzarlo sin enredarnos en alguno de los barrancos que lo circundan porque, en cuanto comencemos el descenso por la tendida ladera septentrional del Cabezas, perderemos de vista el castillo.

Una prolongada y algo monótona navegación por la parda paramera, atravesando una fallida repoblación de pinos y algunos terrenos de cultivo, nos sitúa en la cabecera de los resecos barrancos que fluyen hacia el norte. Allí, entre viejas paredes de piedra que antaño fueron tenadas y corrales, unas marcadas roderas cruzan perpendicularmente nuestra ruta; para soslayar los barrancos, que nos obligarían a remontar luego hasta el castillo, ya atisbado fugazmente, tomamos con decisión a la izquierda el carretil, que nos ha de llevar a la ancha pista que recorre la lomada entre los barrancos de la Garganta y de Los Pilones.

Al final de la loma se levanta la voluminosa estructura del Castillo de Caracena, construido en el siglo XV por Juan de Tovar sobre una obra musulmana anterior. La visita a la maltrecha fortaleza, situada en un emplazamiento poco convencional, nos descubrirá su compleja arquitectura, adaptada a la naciente artillería (doble cerco de murallas, gran torre del homenaje, troneras en T y orbe,...), y algunos detalles ornamentales no demasiado habituales, como el uso en la base de las garitas, en las troneras y en algunas esquineras, de piedra arenisca roja bien labrada, que contrasta fuertemente con la blanca caliza del sillarejo con el que se ensamblan los muros.

Ya sin castillo que la defienda, abordamos a la villa de Caracena (2,30) desde arriba, por donde menos se lo espera; sobre el abigarrado conjunto destacan sus dos iglesias románicas, una a cada extremo del pequeño núcleo medieval. La iglesia de San Pedro, la primera que nos sale al encuentro, muestra su típica galería porticada compuesta por siete arcos (en origen tenía nueve, pero perdió dos al acortarse la nave), sostenidos por columnas dobles o cuádruples; las del arco de entrada se enroscan sobre sí mismas (columnas torsas), al modo de las que festonean los claustros de Santo Domingo de Silos y San Pedro de la Rúa (Estella-Lizarra), la catedral de Burgo de Osma o el Monasterio de la Vid (La Vid y Barrio, Burgos). Por su estructura y por la coincidencia de temas tratados en sus canecillos y capiteles, presenta muchas similitudes con la coetáneaa ermita de Santa María de Tiermes (finales del s.XII). Fue declarada Monumento Nacional en 1935.

En el breve callejeo por Caracena descubriremos rincones que conservan cierto aire antiguo y hasta señorial; en la recoleta plazuela, la ornamentada picota o rollo jurisdiccional (barroco, siglo XVIII), y el macizo caserón que albergaba la cárcel, recuerdan su condición de cabeza de la Comunidad de Villa y Tierra de Caracena. La iglesia de Santa María, más compacta y sobria que la de San Pedro, tiene a cambio una hermosa ubicación, en una terraza cortada a pico sobre el cañón.

Regreso por el Cañón del Caracena

La senda que recorre el Cañón del río Caracena es una derivación (Losana-Caracena) del GR 86, "Sendero Ibérico Soriano", un formidable GR que desvela el territorio soriano en 933 km y 34 etapas, entre su inicial itinerario circular y las variantes y derivaciones propuestas. Hay que localizar pues, junto a la carretera, en la parte baja del pueblo, las señales que indican el inicio de la ruta, y limitarse a seguir, a contracorriente a lo largo de 6,5 km, las marcas de pintura hasta Tarancueña.

El espléndido Puente de Cantos, de origen altomedieval, nos pone en contacto con el riachuelo, que consigue mantener un pequeño reguero de agua incluso en pleno estiaje. El sendero serpentea al ritmo impuesto por el cauce y se ve obligado a vadearlo en varias ocasiones. En el primer tramo, que transcurre entre paredes no demasiado elevadas, se forman algunos pequeños sotos con chopos, sauces, álamos temblones y hasta algunos frutales y nogales; es el sector más plácido del barranco, con el murmullo y los reflejos del agua acompañando al sombreado sendero.

Luego va desapareciendo el arbolado, los flancos de la hoz se tornan más ásperos y abruptos y el cañón gana en grandiosidad. El paraje de Los Tolmos, donde el río efectúa un amplio meandro, la garganta se ensancha y dos grandes peñascos ocres (Los Tolmos) emergen enhiestos desde el fondo de la vega, es sin duda el punto más espectacular de todo el recorrido. Se conservan restos de un asentamiento de alguna tribu del Bronce Final y Hierro, cuyos miembros eligieron este recóndito y abrigado lugar para establecerse hace 3500 años. El entorno, hermoso y evocador, es idóneo para dedicar un tiempo a la contemplación o a la ensoñación... Las marcas del GR proponen continuar la ruta a través de un elegante arco labrado en la roca, capricho natural que pone el broche de oro a este sugerente rincón.

A partir de Los Tolmos los cantiles rocosos se van retirando a la parte más elevada de las laderas y el cañón pierde algo de carácter. El senderillo se abre paso entre la tupida vegetación de ribera que oculta completamente el cauce; el sonido del agua, que sigue fluyendo bajo los carrizos y las espadañas, ayuda a sobrellevar la monotonía de este tramo medio. Dos buitres posados en el altivo mirador de la Peña del Águila observan con indiferencia a la pareja de corzos que, mientras trepan ladera arriba, rompen con sus roncos ladridos la calma del barranco.

Finalmente, a la altura de un antiguo molino, el valle se abre y la senda se convierte en pista. Si el día ha sido caluroso, después del largo paseo se agradecerá una parada junto a la fuente de Tarancueña, que sin embargo aún se hará esperar (4,30).

Accesos: Tarancueña (1h); Caracena (1h 30min)

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