Gora

Llagarinu (1.688 m)

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Joseba Astola Fernandez
Sarrera data
2016/11/12
Aldatze data
2019/03/29
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"Donde las Hurdes se llaman Cabrera"

“…en invierno, ¿sabe usted?, se acaba la comida, nos morimos de frío y no podemos salir de estas peñas. Y si una tiene que parir, revienta. Y si alguien se pone enfermo, se muere, porque el médico está muy lejos. Y si viene el médico es igual, porque la botica está a muchas leguas y las penicilinas esas que dan cuestan mucho y no tenemos dinero para comprarlas. ¡Y mire, mire cómo andamos vestidos y cómo andan esas criaturas!¡Y las vacas, más secas que una cabra!”

En su viaje a pie por la indómita comarca de la Cabreira, allá por los tempranos años sesenta, el escritor berciano Ramón Carnicer (1912-2007) caminó durante varios días de aldea en aldea, rodeando la bonachona panza del Llagarinu, montaña que, más que elevarse, permanece tumbada en medio de este apartado rincón leonés.  En su experiencia, Carnicer se encontró (y dio a conocer) una comarca ancestral de profundas raíces y marcado carácter rural, acentuado por un aislamiento secular que había derivado en un modo de vida tan sencillo como complicado, donde la riqueza en ningún caso alcanzaba mucho más allá del pan y el agua, en una tierra hostil y de difícil domesticación.

Fruto de aquellas andanzas, Ramón Carnicer engendró una obra cruda y realista, que enfadó e incomodó mucho a los poderosos de la época al reflejar las durísimas condiciones de vida que se venían soportando en este terruño apartado del mundo, obviado y borrado de los mapas,  perdido entre montañas, mal comunicado y abandonado a su suerte por las autoridades de turno.

Pero en la rudeza de “Donde las Hurdes se llaman Cabrera”, una de las obras más relevantes de Carnicer, cuyo sonoro y explícito título a nadie deja indiferente, no faltan tímidos brotes de ternura y sensibilidad, quién sabe si impregnados, quizás, de las entrañables historias escuchadas en los seranus, aquellas reuniones familiares  en torno a la lumbre en las gélidas noches del invierno cabreirés, o bajo un templado baño de luna estival junto a las casas, donde se compartían relatos, cuentos y leyendas de incalculable valor.

La Cabreira de hoy

La Cabreira, las “Hurdes leonesas” (apelativo que, según Carnicer, se escuchaba en boca de sus habitantes), ha sido siempre una tierra de supervivencia, de sufrimiento, de condiciones extremas que sería injusto achacar solamente a su intrincada orografía y al histórico aislamiento que ha marcado el devenir de la comarca. De la vergonzosa dejación a la que se han visto sometidos sus habitantes por parte de las instituciones gobernantes en los diferentes períodos, cabe preguntarse si, en pleno siglo XXI, se ha revertido realmente aquella alarmante situación de una forma plenamente satisfactoria para sus cada vez más escasos habitantes.

Lo único cierto es que, aun hoy, resulta difícil sustraerse a la atmósfera de tristeza, abandono y vejez que se ha apoderado de las caleyas y rincones de muchas de las aldeas de la Cabreira.  La comarca envejece a pasos agigantados, acudiendo a un progresivo deterioro en el que el implacable paso del tiempo y la desidia de los que mandan se llevan consigo un patrimonio sociocultural único, como ya ocurriera con los viejos caminos, los payares de teitu y las conjuntadas viviendas de piedra y madera, que asisten impotentes  a su propio desmoronamiento. Todo ello hace que la Cabreira no logre desprenderse, de ninguna de las maneras, de ese halo de infortunio que la ha caracterizado, como si estuviera condenada a permanecer por siempre en una cruel miseria que ni ha merecido ni merece.

El Llagarinu, vigía de la Cabreira

Cuatro puertos, uno por cada punto cardinal, es preciso superar para alcanzar la Cabreira: los Portillinos (N, 1900 m) si se accede desde el Bierciu (Bierzo), cruzando los Aquilanos; Fonte da Cova (W, 1788 m), viniendo desde las ourensanas tierras de Valdeorras, acariciando el macizo de Trevinca; Llama´l Sierru (S, 1841 m), si se pretende llegar desde las zamoranas tierras de Senabria (Sanabria), faldeando el Vizcudiello; y el Pto. del Carbayal (E, 1341 m), proveniente de la meseta, previo paso por tierras de la también singular Valdería, constituyendo el mejor acceso rodado, junto a la carretera de Puente de Domingo Flórez (NW, salida natural del río Cabrera hacia el Sil y único acceso que, aunque sinuoso, no salva puertos).

La loma del Llagarino, o llomba´l Llagarinu, como se cantaría alegremente en cabreirés (variante de raíz astur-leonesa que vuelve a resurgir gracias a la encomiable labor realizada por algunas asociaciones defensoras de la llengua asturllionesa*), es una montaña abombada apostada en el centro geográfico de la Cabreira. Empequeñecida por las más espigadas y célebres sierras que rodean la singular comarca leonesa, constituye sin embargo un perfecto mirador hacia aquellas hermanas mayores, además de cobijar en su regazo algunas recónditas aldeas que tristemente agonizan, luchando contra el envejecimiento, el olvido y el inexorable paso de los años, que hace tiempo ya dejaron de sumar en estos lares.

Antes desaparecieron  las viejas rutas de comunicación, hartas de esperar los mimos y cuidados del paisanu y la administración, engullidas entre un mar de urces, escobas y feleitus, enterradas bajo descomunales pistas, borradas por el fuego, cuando no devoradas por los fieros colmillos de bulldozers o arrancadas sin compasión por monstruosos dumpers que se han comido y comen el paisaje cabreirés a dentelladas de pizarra, conducidos y manejados por un muy mal entendido progreso.

La otrora salvaje naturaleza de la comarca sucumbe, sin remedio, a los intereses imparables de la industria pizarrera, cuyo estridente ruido industrial hace ya décadas que retumba en el valle en clave de réquiem por las formas más tradicionales de vida cabreireses; labores durísimas y no reconocidas ni recompensadas (seamos francos) que se han visto sustituidas por los no menos ingratos trabajos de cantería, los cuales constituyen prácticamente el único sustento, a día de hoy, para la juventud de la Cabrera, a costa de una salvaje destrucción medioambiental sin vuelta atrás que ha dejado y dejará su huella impresa en el paisaje para las generaciones venideras.

Ascensión al Llagarinu

Desde la elevada y casi moribunda aldea de Trabazos (1155 m) podemos acercarnos a la base del Llagarinu haciendo uso de una descomunal pista que, en honor a la verdad, regala pocas emociones al caminar, tales son sus dimensiones. Esta vía parte del final de la sinuosa carreterilla que alcanza Trabazos desde las cercanías de Encinéu de Cabreira, dejando aquella aldea a la izquierda y permitiendo aparcar al final del tramo asfaltado, tras pasar por algunas casas de construcción posterior a los magníficos ejemplos de arquitectura popular cabreiresa que encontraremos en la pedanía trabazuda. Unos rústicos carteles de madera indican la dirección a seguir para alcanzar algunas poblaciones vecinas como Castrufunoyu (Castrohinojo), Forna o Udoyu (Odollo). Esta última es la que cruza la montaña del Llagarinu y, por lo tanto, la que seguiremos. Cabe mencionar que compartiremos parte de la ruta con el camino a Peña Bellosa, una pequeña prominencia no visible y bastante alejada del pueblo, envuelta en leyendas de tesoros de moros adonde acudían los ñiñus del pueblo a fantasear y jugar.

Sin embargo, es mucho más interesante comenzar la ruta dejando el vehículo en el citado lugar y retrocediendo unos metros para adentrarnos, ya a pie, en la aldea de Trabazos, dirigiéndonos al barrio de Pico Llugar, donde tomaremos la estrecha, empinada y pintoresca Calle Real. Esta rúa ofrece aún buenos ejemplos de la arquitectura popular cabreiresa, en forma de irregulares corredores de madera, hornos cilíndricos sobresaliendo de las fachadas, techumbres de pizarra o escaleras exteriores de piedra negra que daban acceso a la vivienda. Impregnados de la melancolía que rezuma cada desmoronado rincón de esta preciosa calle, abandonamos Trabazos por lo poco que queda de un viejo camino, para alcanzar en breve la horrenda pista que conduce a la parte alta de la sierra.

Superado el depósito de aguas y una pequeña alberca, el ancho camino rotura en suave desnivel la ladera meridional del Llagarinu, dando vista pronto a la desvencijada caseta de vigilancia de incendios que corona la cumbre, antes de alcanzar el amplio Portillo de los Conforcos. Ni que decir tiene que se trata de una ruta idónea para ser realizada en condiciones invernales, bien pertrechados de raquetas o esquís de travesía.

Inmersos en un paisaje austero de piornales, urces y algunos abedules y robles dispersos, alcanzamos el portillo, encrucijada de caminos, donde se localiza un corral para ganado y un curioso artilugio sobre la pista (ya en desuso, a juzgar por el estado de abandono del vallado contiguo) con cables colgantes  para asustar e impedir al ganado pasar al otro lado.

Abandonando aquí todo camino, nos lanzamos a la conquista directa del Llagarinu, buscando los mejores pasos entre el matorral, progresando sin dificultades reseñables, hasta auparnos a la loma, adonde llegan unas viejas huellas de rodadas de automóvil. Solo queda coronar la peñita donde se asientan el vértice geodésico y una destartalada caseta de observación de incendios, cuyo vigilante hace ya mucho tiempo que dejó de visitar esta céntrica atalaya cabreiresa. Un pequeño abrigo pastoril se asoma a la ladera septentrional de la montaña, donde aún pueden verse algunos reductos de robledal y pinar, muy castigados por la voracidad de las llamas que proliferan con demasiada frecuencia en estos parajes desprotegidos. Aunque no es visible desde la cima, se encuentra en esta vertiente la pequeña aldea de Manrubiu (Marrubio), con interesantes muestras de arquitectura rural. Otro posible punto de partida para asomarse al Llagarinu.

En lo más alto de esta sencilla montaña es momento de disfrutar del sepulcral silencio de la genuina comarca llionesa, recreando la vista con las montañas que rodean la Cabreira por todos sus flancos, algunas de ellas tan célebres como el Talenu (Teleno), el Vizcudiellu (techo de Zamora), Faeda, Picón, Pena Survia, Pena Negra y la célebre Pena Trevinca (techo de Galicia). Más cerca, las caídas meridionales de los Montes Aquilanos (Cabeza la Yegua, Pico Tuerto, Funtirín…) donde se asientan y se divisan algunas elevadas y pequeñas aldeas, como Castriellu y Ñoceda de Cabreira. En esta última población, que cuenta aún con un gran tejo junto a su iglesia, dejó plasmado Carnicer, en el relato de su viaje, un sencillo y entrañable pasaje lleno de dulzura y crudo realismo, que leemos mientras disfrutamos del silencio y la brisa otoñal, sentados en el vértice del Llagarinu:

 “Mientras observo una de las casucas y me dispongo a fotografiarla, percibo unas ahogadas risas infantiles. Se repiten una y otra vez entre cuchicheos, y acercándome a la casa, las localizo tras el agrietado pilar de pedruscos que sostiene uno de sus ángulos. Con la mano en la boca y apretándose unas contra otras, aparecen al fin cuatro niñas. La mayor debe de tener seis o siete años; las otras, cuatro o cinco. Dos de ellas son muy rubias. Una ya descalza, y las demás llevan zapatos o botas de goma de una sola pieza. Al decirles que voy a retratarlas, echan a correr hacia el pilar y se esconden de nuevo. Pero vuelven a salir en cuanto me alejo, porque sería una lástima no ver lo que hace el hombre del bastón y el sombrero de paja. Me siguen desde lejos y poco a poco acortan la distancia. Si les pregunto algo, apiñan las cabezas, ríen avergonzadas y hacen ademán de retroceder a su escondite. Pero al final acaban por convertirse en alegres lazarillos que no me perderán de vista hasta el oscurecer. Ya sé cómo se llaman: Amelia, Basilisa, Enedina y Ludivina. Tan líricos nombres resultan más sorprendentes bajo la capa de mugre, tierra y mocos que cubren los vestidos y la cara de las niñas. La alegría de mis acompañantes crece por momentos, y no hay duda de que lo están pasando muy bien.
Palmotean y saltan, y escoltado por ellas llego a una explanada donde se alza la escuela.(…)Cuando las niñas se colocan en el escalón de entrada a la escuela para que les haga una fotografía, pasa una mujer conduciendo un carro y me pregunta si puede poner en el grupo a su hija. Le digo que sí y la baja del carro. Esta lleva un pañuelo a la cabeza y se llama Doralina.”

 Acceso: Trabazos (1h 30min)

*Son extractos de la obra de Ramón Carnicer Blanco  titulada “Donde las Hurdes se llaman Cabrera” ( Ed. Seix Barral, Barcelona 1964 - Gadir Ed., Madrid 2012)

* Especial mención merecen varias asociaciones (Furmientu, Facendera pola llengua, La Caleya y El Teixu) que se afanan por mantener viva la llengua asturllionesa, trabajando activamente en su defensa y su divulgación, en sus diferentes variantes y ámbitos geográficos, los cuales se extienden incluso por algunas comarcas zamoranas que rozan la línea fronteriza con Portugal.  
Algunos ayuntamientos, como el de Trueitas (Truchas), han adoptado, con gran acierto, la medida por la que todas las pedanías situadas en su término municipal cuentan con rótulos en bilingüe, atendiendo así a la demanda de muchos vecinos y amigos defensores de esta llengua secular.

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