Gora

Chinte (469 m)

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Joseba Astola Fernandez
Sarrera data
2017/01/13
Aldatze data
2017/01/13
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El valle de Ricote, el que se dice fue el último reducto morisco de la península, comprende un territorio de pequeña extensión pero marcada personalidad paisajística.  El río Segura aporta el agua; el arte y la encomiable ingeniería hidráulica árabe hizo el resto, creando un complejo entramado de canales, acequias, norias (ñoras) y azudes para convertir al valle en un auténtico vergel, un mar de cítricos, oasis cromático incrustado entre ahogadizas y áridas montañas rocosas que produce un gran magnetismo a quien las divisa desde las alturas.

Cítricos, vid, aceite, esparto y agua alimentan a las poblaciones que integran el también llamado Valle Morisco: Blanca (localidad con gran dinamismo cultural), Ojós (inmersa en el mar de cítricos bajo la pared del Chinte, y célebre por sus bizcochos borrachos de bergamota), Ulea (encaramada bajo la peña vigía de la Pila de la Reina), el propio Ricote (encajado entre la altiva sierra a la que da nombre (1122 m) y algunos vigorosos relieves arcillosos, productor de un vino goloso y único), Villanueva del Segura y Archena, conocida esta última por su popular balneario e iniciando la transición hacia el paisaje mucho más urbanizado e industrial de las poblaciones de la Huerta, que rodean la ciudad de Murcia.

La belleza del valle de Ricote, el Wadi Riqut de los moriscos,  puede pasar desapercibida si uno se limita a pasar cerca sin penetrar en su interior. Si acaso los explosivos relieves que lo resguardan pueden llamar algo la atención desde el extrarradio, cuando transitamos por la autovía hacia Murcia. Pero es necesario pasear por las riberas del Segura o auparse hasta alguna de las alturas que custodian el curso fluvial a su paso por el valle, para empaparse de toda la belleza y el embrujo del paraje. Frágiles terrenos margosos y arcillosos, donde no faltan los bad-lands,  se combinan con calizas y areniscas, modelando  montañas de altitud media que se desploman en verticales paredes de piedra roja, ocre y blanquecina  hacia lo más profundo del valle, ofreciendo un aspecto de atalayas difícilmente alcanzables. Sin embargo, como ocurre en otros rincones de la geografía murciana, la mayoría de rutas asequibles transcurren bajo las grandes manchas de pino carrasco (Pinus halepensis) que se han apoderado felizmente de las vertientes de umbría, aportando una nota de frescor al ambiente, además de ayudar en la sujeción de unos suelos que la mismísima caricia del viento erosiona. 

La Sierra del Chinte desde Ojós. Ascensión por la solana y descenso por la umbría

De entre todos los relieves del valle de Ricote, uno destaca sobre los demás por su innegable magnetismo: la Sierra del Chinte. Denominada también Alto del Solvente, la montaña se desploma sin miramientos sobre el estrecho que el río Segura ha abierto entre las poblaciones de Blanca y Ojós. En contraste con su brutal fachada meridional, la vertiente norteña se presenta con formas mucho más suaves y vestidas de vegetación, en las que el pino carrasco cede el espacio a espartales y romerales en la parte alta. Incluso un cortijo, visible desde la cima y hoy en día tristemente abandonado, proporcionó cobijo y riqueza a alguna familia blanqueña en esta ladera septentrional, a la que se accede con suma facilidad desde las inmediaciones de Blanca por medio de un viejo camino que proponemos aquí para el descenso, permitiéndonos así realizar una interesante travesía circular con principio y fin en la localidad de Ojós. Llevaremos así el sol siempre a la espalda y la luz a favor para disfrutar, de principio a fin, de la fuerza visual del Chinte.

Cuando divisamos el paredón de esta montaña desde la pequeña y pintoresca población (los romanos la denominaron Oxox), podemos intuir que para culminar con éxito, vamos a tener que alejarnos de la montaña, con el fin de ir bordeando las numerosas e inhóspitas ramblas hasta encontrar acceso al cordal cimero. Aunque podríamos cruzar el Segura por un puente cercano a un llamativo edificio rojo con cúpula (que, al parecer, fue un hotel que nunca llegó a funcionar), lo más enriquecedor es dejar el vehículo en Ojós y callejear un poco, tomando finalmente la calle Sargento Melgarejo para dirigirnos al puente colgante que permite el acceso peatonal al otro lado del río.

Tomando entonces la pista que transcurre por la ribera izquierda orográfica del Segura en dirección al Chinte, caminamos plácidamente bordeando un paredón hasta alcanzar un pequeño parque acondicionado con bancos, aproximadamente a la altura del citado edificio rojo con cúpula situado en la orilla contraria. Obviando todas las sendas que entran en los limonares y naranjales que nos rodean, proseguimos cinco minutos más hasta toparnos con la salida natural de la rambla del Chinte, flanqueada a ambos lados por dos grandes muros. Encontramos también un banco y una papelera.

Nos introducimos en la rambla, que puede tener un poco de agua si ha habido lluvias recientes, saliendo enseguida de su fondo gracias a una evidente e inconfundible vereda que, poco después, pasa junto a unos olivos de gran porte, antes de desembocar definitivamente en un antiguo camino que aparece, repentinamente, balizado con flechas amarillas.

A partir de este punto, caminaremos plácidamente durante más de una hora valiéndonos de este carril, que ascenderá suavemente siempre por la margen izquierda de la rambla, realizando numerosos vadeos para superar los sucesivos barrancos que salen al paso. Nos preguntamos si no será morisco su origen, bien estructurado y sujeto por muros de piedra seca para facilitar la marcha entre las inestables laderas, buscando los puntos de abastecimiento de agua, a juzgar por las mangueras que aparecen en algunos momentos de aquí y allá.

Observando algunos pinos que han sido plantados recientemente a la vera del sendero, una señal de madera nos indica la cercanía de la Fuente del Pino, justo en una curva presidida por un enorme bloque rocoso y una pequeña y cercana roca que presenta una característica oquedad. Si nos desviamos unos metros para observarla, descubriremos bajo ella una pequeña virgen y algunos artilugios destinados al culto.

De vuelta al plácido camino, cambiamos por fin de dirección, surcando ahora la solana y tomando rumbo al Chinte que, paulatinamente, se ha ido alejando de nuestra posición, tal es el rodeo que la rambla nos obliga a realizar. Poco después, unos depósitos de plástico delatan la ubicación de la Fuente del Pino, un pequeño manantial a ras de suelo aprovechado  desde su afloramiento. Un tramo escalonado de senda permite acceder a ella, encontrando además una precaria señalización hacia los parajes de la Casa del Martillo y las Navelas, en el interior de la sierra. Sin embargo, nuestra ruta prosigue por la senda que traíamos, justo antes de subir las escaleras talladas en el suelo (flecha verde), alcanzando en poco tiempo una curiosa aunque diminuta cavidad, escondida detrás de una gran y solitaria palmera, de la que perfectamente podría salir a saludar el mismísimo Robinson Crusoe.  Buen lugar para tomar un descanso.

Una última rampa nos deja en la parte alta del cordal, junto a unos viejos postes eléctricos de madera, hasta donde llega una senda que procede, posiblemente, del llano de la Navela y la Casa del Martillo. Solo resta girar a la izquierda y dejarse llevar por la vereda hasta lo más alto del Chinte, para descubrir el vertiginoso cantil que cae sobre el Segura (unos 350 metros más abajo), así como una bonita vista hacia la cercana montaña de la Navela (vértice geodésico, 559 m), la población de Blanca, bajo su Sierra del Solán y parte del pantano hacia el que vamos a descender, en caso de realizar la travesía circular. Más al fondo se distingue la elegante Atalaya de Cieza, el altivo Almeces y la sierra de Ricote, entre otras montañas cercanas.

Para completar la circular, solo tenemos que continuar la senda que prosigue cercana al filo de la montaña, asomándonos de vez en cuando a la impresionante caída. En breve se alcanza el desvencijado cortijo que hemos divisado desde la cumbre, junto al que se conserva un hermoso pozo con cúpula de piedra, rodeado de terrazas de cultivo en estado de abandono. La senda se introduce poco después en un frondoso bosque de pino carrasco, descendiendo por el Barranco de la Navela hasta el área recreativa del mismo nombre (conocido en la zona como “las cocinas”). La pista en la que desembocamos da paso a una carretera asfaltada que proviene de Blanca, si bien enseguida, tomamos el cruce de la izquierda (cartel de la Confederación Hidrográfica del Segura), atravesando un pequeño túnel y apareciendo sobre el azud o presa de Ojós, rodeada de infraestructuras relacionadas con el aprovechamiento del embalse, aunque su origen se debe a los árabes. 1,5 kilómetros de tranquila carretera nos separan de Ojós, pudiendo disfrutar de la vistosidad de los naranjos y los limoneros, así como de algunas hermosa vivienda junto a sus mimados huertos plenos de color y vida.

Valle de Ricote. El de los irreductibles moriscos.

"No olvido una escena en el camino de Guadix a Granada (…) Desde lejos se acercaba un campesino con su asno; en todo, un campesino egipcio. Llevaba una vestimenta que parecía una chilaba, y sólo quien se llame Bestuisi o Awaden puede llevar ese rostro moreno y arrugado. Hasta se envolvía la cabeza con algo parecido a un turbante. (...) Llegó el hombre ante mí, me miró y me hizo un gesto. Yo me levanté. Me hizo un sitio detrás y me llevó a su grupa. No dije una palabra, ni él tampoco, mientras el burro nos llevaba. Sentía que aquel hombre era mi pariente, mi pariente desde hacía mucho tiempo. Cuando llegamos al lugar que yo quería, me apeó, y siguiendo su marcha desapareció por una curva del camino. ¿De dónde llegó? ¿Adónde fue? No lo sé. Nos juntó el camino. El largo camino de Al-Andalus.”(*)

A pesar del paso de los siglos, la presencia de los moriscos valricotíes en este singular rincón murciano, antes de su forzosa expulsión a principios del siglo XVII, se mantiene viva de alguna manera. Buena parte del legado paisajístico, cultural y económico se debe a aquellos árabes, convertidos al cristianismo, que aportaron toda su sabiduría y conocimiento para dar vida a una tierra extremadamente árida y de difícil domesticación.

Desde que Felipe III dictara orden de expulsión, el pueblo morisco se aferró hasta el último segundo a la tierra que tanto había mimado y cuidado, compartiendo el espacio con la población cristiana y soportando la persecución de la Santa Inquisición, que los consideraba herejes por sus convicciones islámicas.

Pese a las fallidas imploraciones y rogativas al monarca, fueron definitivamente expulsados en el año 1615. Sin embargo, hay constancia de que muchos de ellos se resistieron a marchar, permaneciendo en la clandestinidad y en difíciles condiciones de vida con tal de seguir abrazando la tierra que amaban y por la que tanto habían trabajado. Algunos historiadores afirman que se mezclaron incluso con los pueblos gitanos, viviendo en la ilegalidad,  la persecución y la más absoluta intransigencia.

Cabe preguntarse si la historia ha oxigenado las mentes o estas permanecen embotadas cuan rancia conserva en esta flamante Europa del siglo XXI.

Esparteros y estereras

Lejos quedan ya los tiempos en que los esparteros compartían labores montaraces con yeseros, caleros o carboneros en el valle de Ricote y, con toda seguridad, en la montaña del Chinte y los llanos de la Navela.  La tradición alfombrera de la población de Blanca, que llegó a contar con una veintena de fábricas hasta hace tan solo un cuarto de siglo, se mantiene viva a duras penas gracias a la labor de algunos talleres que siguen elaborando alfombras de manera artesanal. Con todo merecimiento, la Plaza de las Estereras homenajea la laboriosa tarea de tantas mujeres blanqueñas, hábiles tejedoras y trenzadoras, que se dedicaron a tan noble oficio.

Acceso: Ojós (2h)   Travesía circular Ojós-Chinte-Azud-Ojós (3h 30 a 4h)

(*)Extracto de la obra Rihlat Al- Andalus (Viaje a Al-Andalus), del hispanista egipcio Husain Mones, publicada en 1963, en el que relata un episodio en un paraje granadino, estableciendo una comparación étnica entre andaluces y egipcios.

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  • item-iconJoseba Astola Fernandez
    2017.eko urtarrilak 13a

    No fuimos capaces de encontrar el comienzo del camino señalizado con flechas amarillas. Ninguna de las personas a las que preguntamos en Ojós nos supo dar tampoco la respuesta.