Gora

Lastra de Labros (1.372 m)

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Luis Astola Fernández
Sarrera data
2017/10/18
Aldatze data
2018/03/13
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El Puntal de la Lastra, o Lastra de Labros (1372 m), es la cima más elevada de un pequeño macizo situado en el confín septentrional de la Sexma del Campo, en la comarca del Señorío de Molina, en el apartado rincón donde Guadalajara toca los límites de Soria (Comarca de Arcos de Jalón) y de Zaragoza (Comarca de Calatayud); integrada por varias cotas de similar altitud, la cumbre más popular, además de La Lastra, es la conocida localmente como Moncayuelo, coronada por el vértice de El Medio (1366 m), mientras que la más aparente parece responder al nombre de Las Mojoneras (1369 m).

Esta modesta sierra forma parte de un vasto sistema orográfico de moderada altitud que se extiende al N de la sierra de Selas, y constituye una importante mancha boscosa que rompe la continuidad de los cultivos de cereal y girasol del altiplano molinés. Extensos sabinares de sabina albar (Juniperus thurifera), el árbol totémico de las resecas sierras ibéricas, visten las laderas más pedregosas, mientras que densos marojales, encinares y quejigales tapizan el interior del macizo, en los terrenos donde han podido formarse suelos algo más profundos y donde se registran periódicos atisbos de humedad.

Labros

La localidad de Labros podría considerarse como uno de los lugares paradigmáticos de lo que en los últimos tiempos ha dado en llamarse "la España vacía", la "Serranía Celtibérica" o "la Laponia del sur"; conceptos variopintos que pretenden describir una misma realidad: comarcas enteras del interior peninsular convertidas, en las cinco últimas décadas, en auténticos desiertos demográficos, pueblos que se han vaciado hacia las ciudades, de donde han desaparecido las personas, el ganado, los modos ancestrales de cultivo y de vida, las costumbres populares y, lo que quizás sea más doloroso, el propio sustrato cultural, las últimas raices que nos unían a nuestro ser más natural y primigenio.

Labros, sin embargo, ha querido escapar a ese destino común de los pueblos de las Serranías Celtibéricas, condenados al olvido y a la muerte. Sigue siendo un lugar casi vacío (solo media docena de vecinos en invierno, nos comentan), pero sus antiguos pobladores luchan por mantenerlo culturalmente vivo.

En 1981 se creó la "Asociación de Amigos de Labros", que dos años después comenzó a editar, bajo la dirección del escritor local Andrés Berlanga, el periódico "Labros", una publicación de periodicidad anual, apenas cuatro páginas volanderas, que cubre información local y aspectos históricos y etnográficos del pueblo. Asociación y periódico han logrado cohesionar a los vecinos, residentes o emigrados que regresan muchos fines de semana y todos los agostos, en torno al proyecto común de mantener vivo el pueblo a partir de la recuperación y de la puesta en valor (para ellos mismos, y para los foráneos que sepan apreciarlo) de su memoria cultural y de sus singularidades etnográficas.

Ojeando las páginas de la publicación, se asiste en directo al devenir de los últimos 35 años de la vida en Labros: el robo de una columna con su capitel de la portada románica de la iglesia (2002); la ansiada restauración de la iglesia de Santiago y de la propia portada (2005); la razonada oposición popular a la implantación de un parque eólico (parque diabólico, le llaman) en el monte cercano al pueblo (2003); el recuerdo de la última maestra y del cierre definitivo de la escuela (1969); el sentido desencuentro por la desaparición del "Portegao", usado como centro cultural, para la construcción del bar y del consultorio médico; las fiestas populares; las "comedias" representadas cada verano por una insólita "Compañía de Teatro de Labros"...

Por el periódico han desfilado también todos los humildes elementos patrimoniales que entretejen la historia y la vida cotidiana de un pueblo: el horno comunal, los pajares y las parideras ("paideras" les llaman ellos), el Pósito Real, los dos castros celtíberos y los restos del castillo, los seis pairones ("peiriones", en Labros), la fragua, las caleras, las neveras, los hornos colmeneros, el tejar, las parideras de barda y la Paridera de teja, las sabinas del sabinar, el recuerdo del dulzainero labreño Lorenzo Cetina (1644), "gaitero de por vida a cambio de doce reales de plata", como reza una placa a la entrada del pueblo... Labros es un ejemplo sencillamente admirable de supervivencia cultural en la "España vacía".

Como colofón, merece la pena leer una de las obras más celebradas del reconocido escritor labreño Andrés Berlanga, recientemente fallecido (2018), uno de los impulsores de la "Asociación de Amigos de Labros" y del periódico: "La Gaznápira" (1984), una entrañable novela de temática rural ambientada en la imaginaria aldea de Monchel (antiguo despoblado al norte de Labros, del que aún se conserva el topónimo, y trasunto del propio Labros), que ha merecido estudios lingüísticos por la riqueza de palabras y giros del habla local que utilizan sus protagonistas.

A la Lastra desde Labros

Si no fuera por el entorno natural y la geografía humana que lo rodea, la Lastra de Labros (1372 m) sería una montaña anodina y no demasiado atractiva. La torreta de comunicaciones que la corona desde la década de los 60 (el anuario labreño, en su número de 2007, también recoge su historia), y la larga raya del carretil que corta el monte hasta la cima, no mejoran la primera impresión. Pero la Lastra tiene su paseo, para el que aprovecharemos un tramo del sendero circular PR-GU 11 "Milmarcos-Labros-Ermita de Santa Catalina", de la Red de senderos del Geoparque, balizado e inaugurado en junio de este mismo año (2017) por el Club Senderistas de Milmarcos.

El panel del PR se localiza en la zona baja del Labros (1260 m), junto al pairón de San Isidro y la placa homenaje al dulzainero Lorenzo Cetina. Ascendemos, al albur o siguiendo las marcas blancas y amarillas, hasta la remozada parroquial de Santiago, con su celebrada portada románica, y luego al inmediato cerrillo donde se ubicó el castro celtíbero y una posterior fortificación medieval; aún se conservan recios muros sin argamasa y otros restos de la estructura defensiva, en medio de un rústico conjunto de pajares y paideras. Las balizas del sendero pasan junto al cercano depósito de aguas y continúan sin confusión posible por el camino que recorre la lomada, entre sabinas aisladas.

Las señales enlazan con una ancha pista que sube desde el pueblo, antes de comenzar el descenso hacia el mirador del Balconcillo, ubicado en el Alto del Medio o Moncayuelo (1366 m). Es el momento de abandonar el PR y tomar a la derecha las roderas que remontan con suavidad hasta la visible torreta de comunicaciones que culmina el puntal; por detrás del vallado, se alcanza el estilizado hito que marca la cima de la Lastra de Labros (1372 m)(0,30). Al otro lado, el sabinar viste de verde añejo las lomas del Moncayuelo.

Podemos retornar por el rectilíneo carretil aglomerado que da servicio a la antena o retroceder hasta la pista que hemos abandonado en el ascenso y seguirla hacia abajo; en ambos casos toparemos con el pairón de las Ánimas de las Saleguillas, uno de los menos longevos del término (está fechado en 1827), pero quizás de los más renombrados, varias veces aludido en "La Gaznápira" de Andrés Berlanga (en la zona llaman saleguillas a las piedras donde se deposita la sal para el ganado que pasta en el monte). Labros está a tiro de piedra, detrás del poblado de pajares y parideras que lo cerca por esta vertiente(0,50).

La ermita porticada de Santa Catalina

"Santa Catalina hermosa que estás en Camino Real,
por delante las sabinas, por detrás el chaparral" (Popular)

No hay que abandonar la comarca sin visitar la ermita de Santa Catalina, situada al paso del PR-GU 11 entre Labros y Milmarcos, a 5 km por la carretera CM-2107. Rodeada de sabinas y casi invisible, Santa Catalina es una joyita románica del siglo XII, bastante huérfana de ornatos, pero con una deleitosa galería porticada construida con piedra arenisca de tonos dorados. En el correspondiente panel del sendero PR, el escritor Mariano Marcos Yagüe, otro de los artífices (aunque oriundo de la vecina Hinojosa) del milagro cultural de Labros, nos regala una emotiva y evocadora descripción de la ermita que, por su calidad y su calidez, no me resisto a reproducir:

"Santa Catalina. Pueblo antiguo, pero olvidado y sin restos, hoy es un sabinar y una ermita de piedra obstinada: Lo llamaban Torralbilla. Hablo de recuerdos olvidados porque la Pesta Negra y una guerra entre Aragón y Castilla, entre otras calamidades, terminó con sus habitantes allá por mitad del siglo XIV. Antes, fue paso de peregrinos de Levante hacia Santiago. Alguien -un Petrus -, a petición de quienes allí vivían y a cambio de pan y cama o de algunas monedas, dejó su recuerdo y su agradecimiento grabado en piedra (1124-1180¿?). Un capitel muy bien trabajado sobre una columna para sostener la techumbre y, frente a él, otro capitel. Los canecillos que sujetan el alero podrían indicar el vino, el pan y las atenciones que recibieron, fuera allí mismo o en otros lugares por los que pasaron.
Incluso las carantoñas pudieron reproducir el rostro de algunos viejos, que dudaron de su bien hacer. Allí quedan esculpidas, igual que los pajarracos que espantaban y veían volar, en su imaginación, sobre las copas de las sabinas. Caminantes avezados idearon un pórtico columnado a la entrada del templo. Lugar de reunión, asamblea y refugio.
El pueblo de Hinojosa como vecino acogedor mantuvo la devoción y el peregrinaje anual manteniendo lo que ahora con satisfacción contemplamos. Hoy es parada obligada de caminantes, que a pie contemplan lo que desde las ventanillas de los vehículos no se vislumbra. Las sabinas lo esconden." (Mariano Marcos Yagüe)

Acceso: Labros (30 min)

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