Gora

El Cerco (319 m)

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Matilde Sanz Rebato
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2018/05/16
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2018/05/16

En el primer milenio antes de Cristo, los pobladores de Bizkaia se asentaron en aldeas o castros —recintos fortificados—. Uno de ellos fue el de Bolunburu, que estaba protegido por murallas de mampostería.

Desde Zalla.

Hay varias opciones para llegar al Castro de Bolunburu. La más cómoda tal vez sea desde el área recreativa de La Brena a donde se puede llegar en vehículo propio. Una vez allí, hay postes de madera y marcas de pintura que conducen hasta las excavaciones de forma sencilla.

Algo más largo es subir utilizando el bidegorri de El Kuku. Una vez que este traspasa un puente de madera para salvar una pequeña cascada, iremos atentos a un desvío (Kuku bidexka) conveniente señalizado, que sube unas escaleras de madera para llegar a un nuevo cruce. Cualquiera de las dos opciones (la referida como “al mirador” o la que dice “al Castro de Bolunburu) nos conducen hasta la cima. Quien guste de las marcas de pintura o se sienta más seguro cuando las hay, es preferible que coja la opción de la izquierda (al Castro) provista de círculos rosados que le guiarán hasta lo más alto.

Otra opción es desde el Bº de Sollano (Zalla) pasando por la depuradora. La descripción pormenorizada de la ruta se puede ver en la reseña de Zokita.

Accesos: Por el bidegorri (cogido a la altura de la Cruz Roja), utilizando la opción “Mirador”, 50 minutos.

El Castro de El Cerco Bolunburu fue un poblado de la segunda Edad del Hierro, habitado de forma estable por una pequeña comunidad rural entre los siglos IV a. C. y I d. C. Cuenta con un recinto amurallado y un foso exterior que recorren todo su frente sur, el de más fácil acceso. La muralla es obra de mampostería, de tres metros de anchura media y una altura que originalmente pudo superar los cinco metros. Se interrumpe en su extremos sureste para dar cabida a la única puerta con la que contó el recinto, angosta y elevada sobre las pronunciadas pendientes del lugar. En el interior del castro, el caserío se dispuso en una estrecha terraza inmediata a la muralla. Las viviendas con sencillas cabañas de planta rectangular, levantadas con materiales perecederos. Se han podido identificar varias de estas construcciones en el extremo occidental del poblado.

Durante la Edad del Hierro los castros eran los centros de poder desde los que, de una forma jerarquizada, se organizaba el territorio circundante. Se trató de un época convulsa, en la que las necesidades defensivas fueron determinantes a la hora de elegir los espacios de habitación, en lugares elevados y con un fácil control visual del entorno.

La única entrada con que contó el castro es del tipo conocido como “en esviaje”: se forma mediante la interrupción del trazado de la muralla en un punto en el que se crea un pasillo, defendido por los remates solapados de la cerca. Estos adquieren la forma de bastiones, uno entrante –de planta angulosa- y otro saliente, de contorno curvo, que en su momento quedaban comunicados mediante un puente de madera elevado sobre la propia puerta. El corredor de entrada conserva en su interior dos bancos de mampostería –levantados en una fase avanzada de la ocupación del castro- que servían para estrechar el paso. Aquí se situaba la puerta de madera, que era de una sola hoja. El apoyo de este cierre se hacía sobre una viga durmiente, cuya posición en el suelo se marca mediante piedras hincadas y cuyo encaje en las paredes se producía a través de dos oquedades practicadas en la parte inferior de los muros de flanqueo.

Las construcciones que encontraremos en el interior del poblado son de una notable sencillez. Las cabañas destinadas a un uso doméstico presentan planta rectangular y emplean cierres vegetales recubiertos con manteados de barro. De todo ello apenas quedan los restos correspondientes a los apoyos a nivel del suelo, en forma de agujeros de poste y alineamientos de piedra que protegían la base de las paredes. Las cabañas no presentan divisiones internas y cuentan siempre con un hogar formado por una o varias losetas de arenisca que descansan directamente sobre el suelo. Además de las viviendas, se reconocen otros recintos de planta angulosa adosados a la cara interna de la muralla, que sirvieron como cobertizos y talleres. Los habitantes de El Cerco de Bolunburu practicaban una economía bastante diversificada. Esta descansaba en la ganadería, en una agricultura de subsistencia que incluía el cultivo de cereales y leguminosas, en la recolección de productos silvestres –de la que dan testimonio las numerosas bellotas carbonizadas que han sido recogidas dentro de las viviendas- y en la metalurgia del hierro. En el interior del castro se ha hallado igualmente un elevado número de molinos de mano realizados con piedra arenisca local que hace pensar en su posible comercialización regional.

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