Gora

Peñamián (1.466 m)

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Luis Astola Fernández
Sarrera data
2016/06/02
Aldatze data
2016/06/02
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Cuando aún no existía el Embalse de Vegamián (o de Porma, o de Juan Benet), el río Porma, que se nutre de los arroyos y torrenteras que manan en las montañas situadas entre el Puerto de las Señales y el de San Isidro, se encajonaba, aguas abajo de Puebla de Lillo, en una angosta garganta entre Peñamián, o Peña de la Vega, o Solapeña, o Peña de Armada (1467 m) y la Peña de Trasmonte o de Utrero (1374 m), en un paraje que aún se llama Cuevas de Armada. En el interior de esta hoz, por donde discurría también la carretera que enlazaba León y Boñar con Santullano y Campo de Caso (Asturias) a través de San Isidro y de Tarna, respectivamente, la fuerza del río había movido batanes y molinos y, en los últimos tiempos, las turbinas de la pequeña central de San Antonio, que abastecía de electricidad a los pueblos del entorno: Vegamián, Utrero, Armada, Lodares, Orones..., alguno más, quizá.

"A la parte setentrional de la villa y a ¼ de hora de distancia halla una roca calcárea que tiene otra de elevación, denominada hoy Peña de la Vega, y antiguamente Peñamian, como el concejo a quien sin duda dió su nombre. Esta Peña que por el lado del N. corresponde al pueblo de Armada, es por algunos puntos inaccesible: enfrente a ella por su parte occidental y a 50 varas de dist., se encuentra la peña de Trasmonte o Cuevas de Armada, perteneciente a Utrero, también calcárea y en gran parte inaccesible, formando entre las dos un estrecho o embocadura, que solo da paso de N. a S. al r. Porma y el camino de Asturias y Castilla". (Pascual Madoz, "Geográfico-Estadístico-Histórico de España y sus posesiones de Ultramar", 1850. En la acepción "Vegamián").

El pueblo de Armada (del latín "armata", campamento romano) se recostaba en la confluencia del Porma y del arroyo de Arianes, a 1079 m de altitud, a la sombra de Peñamián, luego Peña de Armada, que sin duda le privaría en invierno de muchas horas de sol; Armada, su origen cántabro (el Museo Provincial de León conserva dos estelas vadinienses halladas en la localidad), su humilde pasado agrícola y ganadero, al igual que su parroquial de Santa Cecilia y su racimo de casas de piedra, acabarían desapareciendo bajo las aguas.

"En las faldas del Susarón está Barbadillo y Utrero y la peña de la Ferradura y al otro lado y casi tocándose están las “Cuevas” y la peña de la Vega, esta tiene dos nombres, pues la cara que da a Armada se llama la peña de Armada o Sola peña. Esta peña no supe que le subiera nadie, no era atrayente, tenía unos cortes empinados y sobresalientes que solo subían algunas cabras con el peligro de despeñarse. (...) Según decía Agustín, en el contorno de esta peña siempre salía el arco iris". (Marysol García, vecina de Vegamián, recordando las montañas de esa zona en http://www.vegamian.net ).

A finales de 1968, cuando se cierra definitivamente la presa de 78 metros de altura construida entre El Bustio (1221 m) y el Alto de las Lunas (1271 m), el valle de Vegamián se anega, el paisaje se transforma bruscamente y, engullidos por las aguas del mayor embalse construido en León hasta ese momento (el de Riaño no cerró sus compuertas hasta 1987), muchos de sus pueblos dejan de existir: Armada, Campillo, Camposolillo, Ferreras, Lodares, Quintanilla de Vegamián, Utrero, Vegamián... Los habitantes del valle inundado, obligados a desterrarse, viven su drama con resignación y sin levantar la voz; el régimen dictatorial de la España de los "25 Años de Paz", inmersa en un proceso de desarrollismo feroz, no toleraba desacatos ni protestas. Aún sonroja leer los argumentos utilizados por las autoridades de la época y por el clero a su servicio para convencerles de la necesidad de su sacrificio "por el bien común de la patria grande", y de que, en el fondo, salían ganando con el cambio: "...en cuanto pasen unos años, los de edad se acordarán algo, pero los hijos ya no se acordarán de las pobres tierras que dejaron en la montaña, porque ya están acostumbrados a otras mejores allá en la ribera que os darán más cosecha, más dinero y más pan, y los duelos con pan son menos" (sic). ("Ofrenda de la provincia de León a Vegamián y sus pueblos". R.P. Casiano García, Agustino - Diputación Provincial de León, 1961)

Por lo demás, este valle inundado por las aguas embalsadas del Porma tiene importantes connotaciones literarias. Juan Benet (Madrid, 1927-1993), el ingeniero que dirigió la construcción de la presa del embalse, fue un reputado escritor, tan exquisito en la utilización del lenguaje como árido de leer y difícil de entender; parece que su novela más renombrada, "Volverás a Región" (1967), se inspiró en los paisajes y las gentes del Porma, aunque resulta bastante improbable reconocerlos detrás de su prosa erudita y oscura, donde se muestra una naturaleza siempre tenebrosa y hostil, llena de misterios y de peligros. Mucho más cercano, en el polo opuesto al del ingeniero que inundó el pueblo que le vió nacer, Julio Llamazares (Vegamián, 1955), añade a su extensa y sosegada bibliografía "Distintas formas de mirar el agua" (2015), donde reúne las reflexiones desapasionadas de varios personajes ante el embalse que sepultó las casas, el modo de vida, los recuerdos y las ilusiones de los habitantes del valle, representados por el abuelo fallecido, cuyas cenizas van a esparcir en el agua.

Tras la inundación, la mole de Peñamián, símbolo del valle, origen y heredera en su toponimia del recuerdo del antiguo Concejo del mismo nombre, pasó de montaña a península, rodeada de agua por todas partes menos por un istmo de 350 metros de ancho que la conecta con el resto del mundo. En la actualidad, a pesar de ser una especie de gran finca, con un cercado líquido en casi todo su recortado perímetro (más de siete km de contorno), donde las vacas pacen a sus anchas y mantienen transitables las sendas abiertas por ellas mismas a través del marojal y de los piornales, su propio aislamiento, la dificultad de sus accesos y la casi nula presencia humana han convertido la Peña de Armada en un valioso refugio de fauna. El buitre, el estridente halcón peregrino y otras rapaces colonizan el imponente farallón de su cara oriental; por sus peñas, vallinas y canales trisca, confiada, una gran manada de rebecos; sin duda, el lobo viene de vez en cuando a reclamar su parte; el delicado concierto matutino y vespertino del coro de pájaros y anfibios al borde del embalse resulta fascinante; se intuye la presencia constante de muchos otros habitantes del bosque: esta misma primavera, mientras atravesaba un bosquete camino de la cima, el gato montés me guiñó un ojo desde un claro entre los árboles...

Peñamián es un pequeño tesoro, encantador e irrepetible; si te decides a visitarlo, hazlo en silencio y con el respeto debido a los santuarios...

Desde la LE-331, Km. 17,500

El mapa del IGN nombra el punto de inicio como El Colladín (1129 m). El lugar es fácilmente reconocible, hacia el km 17,5 de la LE-331, carretera que circunvala el embalse de Vegamián, en dirección a Puebla de Lillo; es una amplia curva a la derecha, balizada con paneles direccionales, con espacio para aparcar 4 o 5 vehículos bajo el talud de la izquierda, que está recorrido por una alambrada y coronado por una torreta metálica del tendido eléctrico. Una sencilla portela de estacas permite trasponer el precario vallado que cierra por el este el perímetro de la península, dando paso a un camino ganadero que, tras cruzar bajo los cables de la línea eléctrica, tiende a descender. Abandonarlo y ganar a la derecha la cercana loma, donde se define enseguida una senda arenosa que continúa por ella con leve desnivel en dirección a la peña. Sin ningún problema de orientación, se interna en el marojal y, casi siempre por la suave cumbrera, progresa al ritmo sabio y cansino del ganado. Una pequeña y vistosa cresta de cuarcitas, un par de subidas y bajadas entre marojos y piornos, una cota despejada y el paredón oriental de Peñamián siempre enfrente, como un faro, son referencias más que suficientes para este cómodo paseo. En 25 minutos se alcanza el collado boscoso (1195 m) al pie de la imponente peña, donde evolucionan sin pausa los halcones con su penetrante reclamo.

A partir del collado aumenta el desnivel, las trazas se multiplican y pierden algo de nitidez, pero cualquiera de ellas sirve para alcanzar, con tendencia a la izquierda, las terrazas herbosas que van ganando la falda meridional del peñasco, al pie de las cascajeras que invaden la ladera boscosa. Hay que remontar enseguida, casi por cualquier lado, aunque un pequeño hito al borde de los robles pretende infundir confianza, y superar por la rampa de incómoda gravilla la breve barrera arbolada hasta salir al pie del cantil rocoso (0,45), recorrido horizontalmente por sendas trazadas quizás más por los rebecos que por las vacas. La trocha se adapta al contorno de la peña caliza y avanza por su base, en dirección general NW, sin enfrentarse aún a ella; al doblar un característico espolón rocoso (hay una pequeña grieta y un agujero en el suelo, como de madriguera), se multiplican las trazas en la cascajera para confluir junto al cantil, al pie de un canalizo (hito) cuyo final no se adivina, oculto por el cerrado coscojar que tapiza la pared (1,00).

La trepada, entretenida y trabajosa, a ratos se parece más al ejercicio de subir árboles que al de escalar; la pared, de unos 100 metros de desnivel, es bastante empinada y, aunque la sensación de patio se atenúa bastante gracias a la espesa vegetación, no se puede recomendar a todo el mundo (F). Algún pequeño muro, generalmente evitable, puede hacer dudar por momentos sobre la continuidad de la ruta; el trazado es bastante directo y el pequeño islote del embalse, siempre a popa, constituye la mejor referencia. Finalmente, con algún inevitable arañazo, se alcanza la horcada de la cresta, a la derecha de la cima (1,30) y se da vista a la amalgama de vallinas, corredores, chimeneas y muros que componen la aparentemente inaccesible fachada norte, que no parece atemorizar a los rebecos. Tras un corto recorrido a poniente por la atractiva cresta, una tiesa canal sin dificultad desemboca directamente en la amplia cima de Peñamián o Peña de Armada (1467 m), con la sensación de acabar de desalojar a los rebecos de su sesteadero preferido. El mejor mirador del embalse de Vegamián y de las montañas que lo rodean: Peña Utrero, Susarón, Pico Mahón, Peña Forcada, Pico Grande, Peñaruelo...

Se puede plantear una completa ruta circular, descendiendo por la arista occidental (F) y descolgándose, antes de su final, por alguna de las canales de su frente meridional, para regresar al punto de partida rastreando huellas de ganado por los antiguos prados de Vegamián, o contorneando largamente la cubeta del pantano por las sendas que trazan los pescadores. La fachada norte, por ahora, pertenece en exclusiva a los rebecos...

Accesos: El Colladín, Ctra. LE-331, km 17,5 (1h 30 min)

 

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  • item-iconLuis Astola Fernández
    2015.eko ekainak 18a
    LLANTO SOBRE VEGAMIAN (1961) Y cuando venga el río y su agua triste a hacerte noche y pueblo sumergido, dormirás bajo el lago. ¡Cómo viste ahora el sol tus calles casa a casa, y teje yerba y flores en los prados! Pero el río vendrá y serán borrados tu nombre y apariencia. ¡Ay, te arrasará para siempre! Tus casas de roca quedarán en las sombras del pantano, sin el calor del hombre, y en tus plazas morirán las canciones. Agua loca, cercada, te hundirá, y un llanto humano crepitará en los montes como brasas. (César Aller, poeta nacido en Trobajo del Cerecedo -León- en 1927)