Gora

Tiros (962 m)

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Joseba Astola Fernandez
Sarrera data
2016/06/23
Aldatze data
2016/06/23
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Los vigorosos relieves cuarcíticos que rompen la llanura de la comarca de La Serena por el sur, cerca ya de la provincia de Córdoba, aportan un toque de vistosidad, e incluso frescura, a una tierra llana y pobre, escenario de duras condiciones de vida, que soporta sobre su cubierta los rigores más extremos de las estaciones.

Se puede afirmar que cada sierra de La Serena posee su pueblo, y cada pueblo, por lo tanto, su sierra. En el caso de la de Tiros, una de las más importantes y elevadas de la provincia pacense, es la población de Helechal (590 m) la que se refugia al amparo de los peñascos que la rodean. Al igual que en los pueblos vecinos, la vida de los helecheños ha estado profundamente ligada a su sierra, pues de ella han recogido el agua, los frutos, la madera, la piedra y el pasto para alimentar al ganado.

La importante Navacerrada es, como indica su nombre, un prado cerrado de considerable extensión, casi a modo de poljé, situado en una especie de circo y rodeado por las principales alturas de esta pequeña sierra. Entre el abrupto Cerro Montón, o Montón de Trigo (867 m) y el cerro de la Morisca (887 m), la Navacerrada se desploma hacia Helechal, desaguando a través del barranco del arroyo de Navacerrada.

Sendos caminos, bien empedrados y sustentados por robustos muros para superar las dificultades que el terreno impone, penetran en esta amplia nava. Sin embargo, una vez más, el lado egoísta del ser humano, la más auténtica falta de sensibilidad por el duro trabajo que supuso para aquellos hombres de antaño la construcción de los viejos caminos y un nulo respeto hacia el derecho a la libertad de movimiento y tránsito de las gentes, se han adueñado de buena parte de la sierra.

La Navacerrada es, a día de hoy, una finca privada con fines cinegéticos. Las rutas de ascensión a sus montañas transcurren necesariamente, en parte al menos, dentro del recinto vallado que coarta el libre paso de los caminantes, incluidos los propios vecinos, aquellos descendientes directos de las gentes que supieron convivir en armonía con el entorno que les rodeaba. Todo por el antojo de alguien empeñado en sentirse poderoso como único dueño y señor de unas cuantas hectáreas en las que introducir algunas especies a las que terminará devorando a cañonazos.

El respeto por la montaña y la libertad, la certeza de que nada malo vamos a hacer allí, deben ser nuestras credenciales si somos sorprendidos por la guardería de la finca, la cual, seguramente, nos obligará a darnos la vuelta en caso de descubrirnos dentro de sus dominios.

Ascensión a Tiros desde Helechal

El risco de Tiros no es una montaña del todo amistosa, hay que reconocerlo. A la tensión de tener que caminar un buen trecho en una tierra donde, caso de ser descubiertos (algo fácilmente evitable, por otra parte), no seremos bien recibidos, se une la pelea con el terreno en el último tramo de ascensión, si bien una tímida veredilla nos será de gran ayuda para avanzar entre el abundante matorral que cubre las laderas de la sierra.

Comenzamos la andadura en la empinada calle Morisca, situada en la parte alta nororiental de Helechal, es decir, entre las primeras casas que encontramos si hemos llegado desde Cabeza del Buey, después de haber pasado bajo la torre del castillo de Almorchón.

Tras las últimas casas, el hormigón da paso a un viejo camino empedrado y vestido de florida vegetación, que corta la ladera del cerro de la Morisca, transcurriendo entre viejos muros por encima del Barranco del Arroyo de Navacerrada (margen izquierda orográfica). Enseguida, en un cruce, una flecha blanca con la inscripción “nava” señaliza la dirección a seguir, tomando el de la izquierda y pasando algunos metros por debajo de un gran y vistoso pino carrasco, que queda más arriba de nuestra posición, en las laderas del Cerro Morisca. Pronto nos topamos con el vallado de la finca, con una portilla abierta (en el momento en que se realizó esta excursión, al menos), a pesar de encontrar un viejo cartel que prohibe el paso. Valiéndonos del antiguo y bello camino que construyeran con sus propias manos las gentes del lugar, llegamos al borde de la planicie de la Navacerrada, cerca de una construcción blanca. Una pista recorre entonces la linde de un eucaliptal, atravesando la zona de pasto hasta su final. Si miramos hacia atrás en algunos puntos, divisaremos la casa de la finca en la lejanía, bajo la ladera del Montón de Trigo. Esperando que nadie nos esté observando con unos prismáticos, cruzaremos un ancho y herboso cortafuegos, del que también podríamos valernos para acercarnos a la base de Tiros. Sin embargo, para facilitar la orientación y tomar referencias más claras, recorreremos la nava hasta su extremo septentrional. Situados por fin en el Puerto de Navacerrada (734 m), punto en el que nos toparemos con la valla que cierra el perímetro privado, dejaremos a nuestra espalda el degradado Peñón de la Encomienda (882 m), al que se acerca un feo cortafuegos. Nuestra pista, entonces, comienza su ascensión en revueltas hacia la parte alta de la sierra. Caminando por ella, o bien, de forma más directa, por el recto cortafuegos que sube atajando las curvas, llegaremos a la parte superior del vallado, justo debajo de los riscos de la parte alta de la sierra, entre los que se encuentra la montaña de Tiros, coronada por una pequeña y vieja antena que, quizás, nos cueste distinguir todavía.

El punto clave para alcanzar el vértice geodésico con éxito (única opción, por otra parte, dado lo cerrado del matorral que cubre la inclinada ladera), es situarnos junto a una pequeña puerta del vallado (50´), la cual se encuentra cerrada con un candado. Obligados entonces a saltar la cancela, caminaremos inmediatamente después durante apenas unos pocos  metros hacia la izquierda, pegados a la valla, para dar así con el comienzo de la vereda “salvadora”. La senda trepa por la ladera, más o menos clara entre una tupida vegetación de jara, retama, aulaga y lentisco entre otras especies, que harían penoso el avance en ausencia de senderos. Después de una ardua aunque no demasiado larga subida, nos situamos bajo los bloques cuarcíticos que defienden la parte cimera, en un diminuto prado a los pies de las paredes.

Haciendo uso de las manos, buscaremos los pasos más sencillos que nos aúpen hasta la visible y pequeña antena que se alza (1,30), en franco estado de abandono, junto a un vértice de curiosa forma. La cumbre es bastante inhóspita, en cuanto a que no deja espacio ni comodidad para permanecer en ella de manera tranquila. Sin embargo nos permitirá descubrir el perfil de esta singular comarca de La Serena, salpicada de pequeñas y altivas sierras y de bellos castillos, como los de Capilla o Puebla de Alcocer. Nos preguntamos si el bueno de “Polín” (ver texto final) se sentaría alguna vez a disfrutar de la contemplación desde estos riscos con la pasión con la que, al parecer, vivía la naturaleza…

El descenso se ha de efectuar por la misma ruta de subida hasta, al menos, la cancela candada. Una vez dentro del recinto vallado, tenemos la oportunidad de recorrer la pista hacia la izquierda, por el pie de los riscos en paralelo a la sierra, para bajar de nuevo a la nava por el ancho cortafuegos herboso citado en la ruta de ascensión.

También es posible ascender por la pista hasta el Puerto del Oso, para trepar hasta la cúspide del Cerro Morisca y dejarnos caer después por un largo y algo incómodo canchal que nos dejará directamente junto a la entrada abierta al recinto vallado, en el camino empedrado, ya muy cerca de Helechal.

Durante el primer tramo de ascensión, hemos podido observar al otro lado del profundo barranco que desciende a Helechal, el trazado de un magnífico camino que servía para llegar también a los pastos de la nava. Si nos apetece, podemos acercarnos a su comienzo, con la consabida cautela al encontrarse dentro de la zona prohibida al tránsito,  y recorrerlo hacia el pueblo, disfrutando de su fabulosa robustez y diseño, antes de comprobar cómo desaparece engullido por la vegetación. Ello nos provocará una mezcla de admiración, por la capacidad de facilitar el paso por un paraje tan agreste, con una sensación de rabia al comprobar cómo el paso del tiempo y la desidia del poderoso de turno, que lo ha incluido en sus dominios, están echándolo a perder, dejando que la vegetación lo devore sin remedio.

Las pinturas rupestres y el entrañable “Polín”

Un cartel turístico a la entrada del pueblo (Las Calderas) advierte de la presencia en la zona de unas pinturas rupestres. Estas sin embargo, que al parecer se encuentran en el Cerro Morisca y en una zona conocida como Las Calderas, no poseen un acceso debidamente señalizado.

Se trata de varios abrigos esquemáticos (hasta nueve) descubiertos, al parecer, en la década de los años 30 por un arqueólogo francés llamado Henri Breuil, si bien el paso del tiempo hizo que se perdieran los datos de su ubicación exacta. Fue entonces, a principios de la década de los 80, cuando un vecino del pueblo llamado José Merino Martín (conocido con el mote de “Polín”), decidió retomar la búsqueda de las pinturas rupestres, llegando a descubrir incluso nuevos abrigos. En el año 1990, los datos recabados fueron puestos en conocimiento de la Junta de Extremadura para su catalogación y posterior protección.

Más allá de estos abrigos, merece sin duda una mención especial “Polín”, entrañable persona, a decir de sus vecinos, gran amante de la naturaleza y de su pueblo, que intentó mantener la dignidad de Helechal y los helecheños con su bondad y su peculiar filosofía de vida. Una coqueta calle, cercana al punto de inicio de esta ascensión, lleva su nombre. En ella, justo en la casa donde residió antes de morir hace ya nueve años, se halla un pequeño museo en su memoria.

Acceso: Helechal (1h 30min)

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  • item-iconJoseba Astola Fernandez
    2016.eko urriak 24a

    Muchas gracias por tus palabras, Sátur. El día que todas las montañas estén libres, más libres nos sentiremos nosotros también.

  • item-iconSátur Vila
    2016.eko urriak 17a

    Enhorabuena por el reportaje fotográfico y la descripción de la ruta. Esas sierras eran nuestro lugar de reunión, paseo, visitas, convivencias... durante toda la vida, hasta que llegaron y la cercaron. Hoy día está al servicio de unos cuantos adinerados que vienen a masacrar animales como el ciervo de las fotos.

  • item-iconRobín García Saiz
    2016.eko ekainak 24a

    Pobre animal. Quizás es uno que retuvieron en algún caserío, de pequeño, que se ha acostumbrado a los hombres, que después lo han soltado en la naturaleza, y que no sabe ya encontar ni grupo de semejantes, ni lugar.

  • item-iconJoseba Astola Fernandez
    2016.eko ekainak 24a

    Este ciervo, que llevaba colocado un precinto amarillo en la oreja izquierda, apareció de la espesura y no se inmutó por mi presencia. Además, me siguió a cierta distancia durante un buen rato, a pesar de intentar espantarlo en numerosas ocasiones. Desde luego, así se cazan hasta con los ojos cerrados.

  • item-iconRobín García Saiz
    2016.eko ekainak 24a

    Debe de haber algún secreto para poder acercarse tanto a un ciervo. ¿Cual es? Todos  los que yo he visto se escaparon corriendo al verme. Incluso los rebecos protegidos de los Picos de Europa, que te admiten confiados hasta un distancia de unos 10 metros. E hicieron bien los ciervos, podría haber sido no un montañero amigo sino un cazador.