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Debemos al ubicuo gran colaborador Javier Urrutia el haber añadido recientemente (16/01/23) a la relación de montes riojanos de Mendikat la modesta cima de Portillejo (572m), que, muy poéticamente, describe como "lánguido cerro"; un "más alla" y acabose de la que, también en palabras suyas, sería la "última estribación septentrional de la Sierra de Moncalvillo o Cumbres del Serradero", a saber, La Dehesa o Cuento (819m). Aunque no pueda discutirse que, en efecto (y con permiso del Canto del Agua [676m] y el Cerro de Santa Daría [575m]), Portillejo constituye el punto culminante de una alargada y estrecha mesetilla que, declinando hacia el norte, viene a acabar muriendo a la vista del río Ebro, con todo, sería a todas luces injusto que no se recogiera en la mencionada relación la postrer sorpresa montañera que supone el abalconado repunte de Agudillo (542m), amojonada linde entre los términos municipales de Cenicero y Fuenmayor.
A unos dos kilómetros de distancia de Portillejo, de la que la separa un casi imperceptible collado, y a pesar de adolecer de menor entidad altimétrica, Agudillo encierra, no obstante, mayores encantos montañeros. Los sugieren su propio nombre. Contemplada desde la parte alavesa del río Ebro se nos muestra como una elevación con cierta esbeltez, dando la impresión, por momentos, por ese juego de perspectivas que siempre ofrece el paisaje, de sobrepasar a su hermana mayor, a la que parece ocultar sin remisión. Una impresión de modesta grandeur que confirma la magnífica panorámica de toda la comarca que ofrece su cumbre: por Cierzo, o sea, por el norte, a unos escasos cientos de metros, el río Ebro, sólo intuido merced a la alineada fronda de ribera que lo delata hasta que se hace visible un poco más hacia el este. Allende sus aguas, Álava, con sus ilustrados campos de viñas, sólo interrumpidos por algunos retazos de vegetación autóctona y poblaciones de singular belleza como la cercana Elciego y la más lejana Laguardia. En otros tiempos (Alta Edad Media) se descubriría ante nosotros el caserío de San Andrés de la Ribera, hoy un despoblado indetectable por el ojo a no ser la encumbrada ermita de San Vicente, varada sobre el risquillo homónimo. De fondo escénico, la muy teatral Sierra de Toloño o Cantabria, que, por Solano, a saber, el este, se prolonga hacia un afiladísimo Castillo de Lapoblación (1244m) tras el cual se descubre, imponente, la apartada mole de Kodes, y, por Regañón, o sea, el oeste, hacia, sólo en días de buen tiempo, su confín con los burgaleses Montes Obarenes. Desde aquí, algo tienen estas montañas de atracción hipnótica. Un deleite para la vista que bastaría por sí solo para justificar el ascenso a esta cima si no fuese porque el espectáculo prosigue a diestra y siniestra. Por la primera, o sea, por Regañón, de nuevo y abajo, la ciudad de Cenicero, tras la cual asoma, lejana, pero no tanto, ya más al sur, la imponente silueta de San Lorenzo (2271m), cumbre máxima de la Comunidad Autónoma de La Rioja. Por la otra, o sea, por Solano, la aproada meseta de El Plano (525m) nos señala el punto más meridional de la provincia de Álava, enseñoreándose sobre uno de los meandros más elegantes del Ebro. En dirección este-sureste se nos descubren otras insignes alturas y, también, otra vez, el Ebro, en espejeantes brillos, cerrándose el círculo en la mentada Sierra de Moncalvillo. Añade prestancia a esta cumbre el contar con un aparente vértice geodésico. Y decimos "aparente", no por su vistosidad, sino porque no nos consta su condición oficial de tal. Se halla rodeado de lo que, en medio de la campiña ribereña riojana, constituye uno de los oasis de vegetación original que salpican la comarca, en los que abundan carrascas y coníferas.
Desde Cenicero (T2)
Aunque la ascensión a Agudillo (542m) puede realizarse prolongando la de Portillejo (572m) (véase la entrada de esta cumbre) a través del evidente camino-pista cimero de dos kilómetros que une ambas cotas, llevarla a cabo por el norte resulta más montañero. Para ello, nos ubicaremos en la celebérrima iglesia de San Martín de la población viticultora, cuya inexpugnable torre exenta bien merece una mirada pausada (en 1834 fue protagonista de un encarnizado asalto frustrado de varios días por parte del general carlista Zumalacárregui) y tomaremos la calle-carretera principal que atraviesa la localidad en dirección a Logroño (Calle Gregoria Artacho-LR215). Pasado el viaducto contiguo, junto a las Bodegas Riojanas, doblaremos a la izquierda por la calle del Dr. D. Ricardo Ruiz de Azcárraga, que seguiremos sin interrupción hasta las últimas viviendas de la ciudad. Desde este punto, a unos ochocientos metros de distancia de nuestro punto de partida, proseguiremos de frente sin desviarnos, paralelos a la vía de ferrocarril que discurre a nuestra izquierda. En breve, pasaremos delante del fantasmal apeadero clausurado de Cenicero y, a manderecha, de la antigua "Fonda de la Estación", una de las más afamadas de toda La Rioja en el primer tercio del siglo XX (construida en 1910), testigo del paso de algunas personalidades de la época y en cuyo almacén aguardaban a ser embarcados en su correspondiente tren los vinos que una conocida bodega riojana expedía para la Casa Real. Avanzamos ya entre viñas sobre una pista agraria en toda regla. A un escaso kilómetro y medio desde las últimas casas mencionadas alcanzamos un paso a nivel a nuestra izquierda, que ignoramos. No así el desvío a la derecha que, a escasos metros del mismo, tomamos, abandonando la pista principal. El ramal, un carretil encementado en su tramo de mayor pendiente, desemboca, tras suave ascenso, en un pequeño portillo (464m) a casi tres kilómetros de la iglesia de Cenicero. En este punto, divisando al frente La Plana de Fuenmayor, nos desviamos, empero, por una nueva pista que se abre a la derecha, la cual nos conduce irremisiblemente, en tres sucesivas rampas, hasta la cima de Agudillo. Debe advertirse que la última de ellas, aunque de escasa longitud, es de las que facilitan el estiramiento de los gemelos sin presencia de fisioterapeuta alguno. Sin duda, aporta a nuestra ascensión un aderezo montañero que se agradece. Alcanzado el punto culminante de Agudillo, a casi tres kilómetros y medio de nuestro inicio, y después de deleitarnos con el merecido premio de sus vistas, podremos elegir entre retornar al punto de partida deshaciendo, sin más, el camino efectuado o prolongar nuestra salida en agradabilísimo paseo hasta Portillejo, desde donde descenderemos a Cenicero por el cementerio.
Desde la iglesia de San Martín de Cenicero (45/50 min)
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